1.El buen impresor. El sino del impresor amateur es la desdicha. Tenía que imprimir una Doctrina Cristiana que empezaba con la frase “Dios hizo el mundo en siete días”; y quería a toda costa emplear en el libro sagrado la mejor capitular que tenía: una hermosa mayúscula de misal, vestida de rojos y oros vivos, con ángeles azules y festones de flores, bandas y columnas simbólicas, pájaros vistosos.

Ahora bien, el libro empezaba por “D”, y la mayúscula historiada era una “F”.

El impresor se decidió a tocar levemente el original, e imprimió así:

“Francamente, Dios hizo el mundo en siete días”.

(Y es lástima que no fuera erudito en doctrinas heterodoxas, porque pudo haber puesto, con mayor sentido: “Finalmente, Dios hizo el mundo en siste días”. ¡El principio del fin!)

2. La basura (14-VIII-1959). Los Caballeros de la Basura, escoba en ristre, desfilan al son de una campanita, como el Viático en España, acompañando ese monumento, ese carro alegórico donde van juntando los desperdicios de la ciudad. La muchedumbre famularia —mujeres con aire de códice azteca— sale por todas partes, acarreando su tributo en cestas y en botes. Hay un alboroto, un rumor de charla desordenada y hasta un aire carnavalesco. Todos, parece, están alegres; tal vez por la hora matinal, fresca y prometedora; tal vez por el afán del aseo, que comunica a los ánimos el contento de la virtud.

Por la basura se deshace el mundo y se vuelve a hacer. La inmensa Penélope teje y desteje su velo de átomos, polvo de la Creación. Un barrendero se detiene, extático. Lo ha entendido todo, o de repente se han apoderado de él los ángeles y, sin que él lo sepa, sin que nadie se percate más que yo, abre la boca irresponsable como el mascarón de la fuente, y se le sale por la boca, a chorro continuo, algo como un poema de Lucrecio sobre la naturaleza de las cosas, de las hechas con la basura, con el desperdicio y el polvo de sí mismas. El mundo se muerde la cola y empieza donde acaba.

Allá va, calle arriba, el carro alegórico de la mañana juntando las reliquias del mundo para comenzar otro día. Allá, escoba en ristre, van los Caballeros de la Basura. Suena la campanita del Viático. Debiéramos arrodillarnos todos.

3. La marihuana de Valle-Inclán (9-VI-1958). —La marihuana —me decía don Ramón— me ahorra el trabajo de regresar a mi casa cuando salgo del café a las tres de la madrugada, porque simplemente ordeno: “Que se eche a andar la calle y que mi casa venga por mí”, y mi casa se me va acercando como un barco.

 

Fuente: Alfonso Reyes, La cosa boba. Prosa incidental, prólogo y selección de Jesús Silva-Herzog Márquez, Ediciones El Equilibrista, México, 2017.