8 de mayo, 1905. Te conté cómo me había fascinado Oaxaca, de mi excursión a Mitla y a Jojo. Será sin duda la página más bella de mi estancia en México. Los viajes, como los juegos de cartas, tienen periodos fatales de suerte o de mala suerte. No sé qué onda magnética se apodera de nuestra sensibilidad, de manera que no depende de nosotros mismos que todo salga bien, o por el contrario, que todo empiece a conspirar contra nosotros. En Oaxaca, el más mínimo detalle, el rostro más anodino, el objeto más mezquino, me eran favorables. No fui yo quien lo quería, fue un regalo del destino. No fui yo el que quería, sino el destino que me permitió ver sobre las ruinas de Mitla, la mujer más hermosa que haya encontrado en México. Era una aldeana de un pueblecito vecino a las ruinas. Nos ofreció restos de pequeños ídolos, que los indios desentierran de vez en cuando alrededor de las ruinas. Esa mujer reía toda completa, todo en ella parecía cantar, evocar los movimientos de la danza; nos pareció a E. y a mí una princesa egipcia. Advirtió nuestra admiración, recibió el contagio de nuestros sentimientos, sus ojos brillaban con un resplandor inolvidable, se parecía a la aurora, al arroyo primaveral. Durante un instante de este breve encuentro, E. se puso a mirarla como hipnotizada; la otra respondió con una mirada semejante, era un espectáculo ver a estas dos mujeres de razas distintas, inmaterialmente unidas por la curiosidad de la simpatía recíproca, y de repente ambas estallaron en una risa irresistible. Desde el presente resuena en mi alma la risa de esta princesa egipcia.

Fuente: Carta del poeta ruso Constantin Balmont (1867-1943), en: Luis Mario Schneider, Dos poetas rusos en México: Balmont y Maiakovski, SepSetentas, México, 1973.