Antonin Artaud, como es ampliamente conocido, gustaba de hacer la guerra a otros escritores, a sí mismo y en general al mundo (su desprecio a Breton y al surrealismo fue escandaloso). Llama mi atención que acerca de cierta obra de Lewis Carroll llegara a decir: “Es la obra de un hombre que comía bien, y esto es notorio en sus escritos”. Algo similar llegó a expresar el suizo Robert Walser acerca de Thomas Mann, ese sólido Führer de la literatura alemana: “Cuántos hay a quienes el fracaso lleva antes de tiempo a la tumba. Thomas Mann lo ha tenido todo desde su juventud: tranquilidad burguesa, seguridad, felicidad familiar, reconocimiento… A sus obras tardías se les nota un aire de despacho”. Walser respetaba, por supuesto, las novelas mayores de Thomas Mann, sólo que le parecía que el esfuerzo de éste por dominar cada detalle en su obra resultaba casi científico y, en algunas ocasiones, daba la impresión de que era más un experto en libros de contabilidad que en literatura. Es posible que interprete yo de manera exagerada las palabras de Walser (Carl Seelig, Paseos con Robert Walser), pero estoy seguro de que el decoro, pudor y humildad del suizo se contraponían a la poderosa disciplina formal y al éxito social del patriarca de la familia Mann  (incluso su hijo, Klaus Mann, intentó cavar una grieta para alejarse de la densa sombra que su padre le impuso a él y, también, a la literatura alemana; de ahí esa obra polémica y desparpajada cuyo título es Mefisto).

Ilustración: Sergio Bordón

Los escritores, si no los avasalla el espíritu de contadores, administradores o científicos, no pueden escapar de su mundo, de su historia personal y de su “esencia subjetiva” a la hora de llevar a cabo sus creaciones o ficciones. De ello, al menos, tenemos una infame cantidad de pruebas. ¿Pero qué sucede cuando se tiene que concebir no una ética —en el sentido estricto, filosófico o bíblico de la palabra—, sino una opinión del mundo contemporáneo, de los males que aquejan a este mundo y de su estado político? ¿Es posible llevar a cabo un ejercicio de tal arrogancia y envergadura como el diagnóstico del estado contemporáneo del mundo? El poeta Wallace Steven no estaba errado —según mi opinión— cuando ante la ausencia de certezas científicas para realizar un diagnóstico absoluto del mundo que nos rodea, pensaba que es preferible y deseable depositar nuestra confianza en las ficciones. Al respecto de las opiniones de Steven, John Gray, pensador inglés y también profesor en la Universidad de Oxford (aunque esto no quiere decir gran cosa), escribió un párrafo que creo vale la pena citar: “Admitir que nuestras vidas están conformadas por ficciones puede darnos un tipo de libertad, posiblemente el único tipo de libertad que los seres humanos pueden alcanzar. Al aceptar que el mundo carece de sentido —que es vacío— nos liberamos de la reclusión en él. Este vacío se puede convertir en nuestra posesión más valiosa, puesto que nos abre al mundo inagotable que existe más allá de nosotros mismos”. No me es ajena la, en apariencia, evidente ingenuidad o retórica de esta opinión cuando se le mira desde una posición que ha sido cimentada a partir de cualquier ciencia en donde la apreciación inferencial de los hechos, y la estadística, son herramientas vitales para comprender el mundo en su totalidad y en su devenir. Sin embargo, creo que cualquier lector que sea afín al relativismo inteligente o a la desconfianza como principio de conocimiento, le otorgarán alguna clase de significado —no el de aceptarla o refutarla a partir de argumentos o tradiciones de pensamiento—. En mi opinión es conveniente no rehusarse a admitir que los juicios morales provenientes de un sujeto no tienen por qué ser demostrados, sino sólo expuestos en palabras, metáforas o argumentos incluso disruptivos y poco lógicos. Lo contrario sí que sería torpe e ingenuo. Desde Humboldt a H. G. Gadamer (y me permito incluir a Vico y a Herder, para dar saltos en la historia, como ahora es normal) nos hallamos más ciertos de que el mundo humano y el lenguaje se hallan íntimamente relacionados y que, dependiendo de cada tradición o cultura, es posible apreciar de modo completamente distinto la totalidad desde la visión del sujeto individual. Por ello una instancia individual, un ser humano, puede hablar a través de una lengua (armado de cualquier corpus de conocimiento) de conceptos infinitos e irreductibles como humanidad y mundo. El lenguaje lo permite, pero ello no quiere decir que nuestros juicios sean reales, es decir, que sean espejo de los hechos. Lo son porque son expresados en un lenguaje reconocido por otros, mas no porque sean reflejos fieles o concretos de entidades abstractas tales como mundo, universo, paz mundial y demás locuras. La estadística que no contempla la relatividad de los valores y la circunstancia en la que ésta es emitida y considerada es sólo una opinión más que, a veces, corre con suerte a la hora de ser ratificada. Para terminar (no hay mucho espacio) y dar fuerza (o no) a lo que acabo de escribir cito un pasaje de mi diálogo platónico preferido, Protágoras o de los sofistas:

Aquí tienes, Sócrates, la razón porque los atenienses y los demás pueblos que deliberan sobre negocios concernientes a las artes, como la arquitectura o cualquier otro, sólo escuchan los consejos de pocos, es decir, de los artistas; y si otros, que no son de la profesión, se meten a dar su dictamen, no se les sufre, como has dicho muy bien, y es muy racional que así suceda. Pero cuando se trata de los negocios que corresponden puramente a la política, como la política versa siempre sobre la justicia y la templanza, entonces escuchan a todo el mundo y, con razón, porque todos están obligados a tener estas virtudes, pues de otra manera no hay sociedad. Esta es la única razón de tal diferencia.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.