El 8 de febrero de 1918, como parte de la serie “Francia y sus aliados en guerra: hablan los testigos”, Edith Wharton ofreció una conferencia frente a un auditorio compuesto por unos 400 franceses. ¿Por qué Estados Unidos había entrado a la guerra con tanto entusiasmo? ¿Por qué los estadunidenses, a los que sólo les interesaba hacer dinero estaban dispuestos a luchar? La conferencia, que acaba de traducirse por primera vez al inglés al cabo de un siglo, fue un intento por contestar estas preguntas. Revela el interés de Wharton por la contribución de los primeros colonos norteamericanos a la democracia, y despliega su vasto —y poco conocido— dominio de la historia americana.

Existe una diferencia profunda, una diferencia fundamental, entre los franceses y los americanos: una diferencia de lenguaje, mucho más grande de la que existe entre los pueblos de origen latino, cuyas lenguas comparten un fondo lingüístico común. Cuando un italiano o un español necesita traducir sus ideas a su idioma encuentra una equivalencia, o incluso un sinónimo, mucho más fácilmente que nosotros. Para una persona de origen puramente anglosajón existe la dificultad, más allá de la pronunciación, de encontrar equivalencias exactas en francés para sus pensamientos americanos. Si llamo la atención sobre estos obstáculos no es simplemente para pedir su indulgencia. Más bien es porque fui invitada a hablar ante ustedes sobre mi país, y una de las cuestiones más delicadas que conciernen a la relación entre nuestros dos pueblos es precisamente el problema derivado de la diferencia entre nuestros idiomas. Si Estados Unidos y Francia fueran vecinos, este obstáculo sería menos problemático, pero estamos obligados a conversar a través de los intermediarios de la prensa y las declaraciones oficiales. Cada vez que leo la traducción de un discurso o de una declaración del gobierno americano en un periódico francés, temo que haya un malentendido.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

¿Me permiten darles un ejemplo? Cuando llegó a París, el señor House dio un discurso ante los medios; un discurso sencillo, modesto y solemne, que fue leído en inglés. El señor House comenzó declarando: “América ya está movilizando sus millones en las fábricas, en los campos y en las trincheras”. Ahora bien, el genio del inglés es en lo esencial elíptico. Solemos dejar mucha información fuera, insinuamos palabras, incluso frases enteras, que en francés nunca podrían omitirse. Así que el señor House no especificó que lo que se estaba movilizando eran millones de hombres, ya que la palabra hombres estaba implícita en el sentido de la frase. Cualquiera que conozca bien el inglés no podía haberse confundido, pero muchos periódicos reportaron que el señor House había dicho: “L’Amérique a déjà mobilisé ses millions dans les usines”, etcétera, lo que en francés sólo podía significar una sola cosa: sus millones de dólares. Así que el pobre señor House fue retratado como un oncle d’Amérique que hacía sonar los dólares en su bolsillo nada más al llegar a su puerta. Este es un ejemplo pequeño, pero muy significativo, sobre el cual llamo la atención para mostrarles lo difícil que puede resultar traducirnos ya que, en este caso particular, el traductor siguió el texto original de manera rigurosa.

Ustedes podrían argumentar que, ahí donde existe un sentimiento común, los malentendidos de este tipo siempre se aclaran en el largo plazo. Aun así menciono el problema porque los desacuerdos léxicos son por lo general un síntoma de los desacuerdos morales. Aunque pueden tener orígenes comunes, las palabras experimentan transformaciones misteriosas tan pronto son absorbidas por otras lenguas, y esos cambios afectan el alma, así que las emociones también resultan alteradas.

Nuestro lenguaje es elíptico y a veces nuestros modos también lo son. Tomamos atajos y caminos secundarios, mientras que ustedes caminan por senderos trazados por una larga y gloriosa tradición. Por más de mil años ustedes han tenido caminos amplios, trazados por el imperio romano en toda Francia, mientras que nuestros padres fundadores tuvieron que talar árboles y arrancar arbustos para poder despejar un camino en los bosques vírgenes. Esa analogía ejemplifica con toda justicia la condición moral de nuestros tatarabuelos. La gran mayoría de ellos, al menos aquellos que influyeron de manera más profunda en la conformación del carácter americano, estaban cansados de los caminos de siempre, de las antiguas instituciones, pero sobre todo de los abusos de toda la vida. Dejaron Europa para darle rienda suelta a sus ideas —ideas que no eran demasiado interesantes en sí mismas, ya que seguían dentro del estrecho campo de las disputas teológicas. Para decirlo sin rodeos, eran fanáticos, el tipo de gente tediosa, desagradable e insufrible que la naturaleza parece producir de vez en cuando para echar a andar un movimiento popular o para despejar la tierra de un continente entero —porque, desde luego, la gente agradable y razonable nunca cambia nada en el orden del universo.

Esto me trae precisamente al tema que quiero ventilar: los orígenes de mi país y sus profundas raíces en el pasado. Me pidieron que hablara hoy de la “América en guerra”, de las razones por la cuales entramos en la contienda. Estas razones no se pueden encontrar en la necesidad de defender una frontera vulnerable, ni siquiera en la necesidad de defendernos militar o económicamente. Las razones deben buscarse en el pasado. Y desde que entramos en la guerra me he dado cuenta de que muchos franceses tienen un conocimiento bastante imperfecto de ese pasado.

No cometeré la injusticia de asumir que todos ustedes creen que mis compatriotas son lo que suelen llamar oncles d’Amérique —gordos terratenientes que andan por ahí aventando puñados de oro y que, en el último momento, resuelven las disputas y los malentendidos con la ayuda de sus dólares— aunque ahora, en este momento particular, no puedo pensar en otro papel mejor para ser interpretado por mi país… ¿Pero acaso ustedes están lejos de creer que nuestros abuelos fueron a América con la principal intención de hacer dinero sólo para que sus nietos pudieran gastarse alegremente sus dólares en los hoteles lujosos de la vieja Europa? Sólo algunos de ustedes se han dado cuenta de que también nos gastamos esos dólares en tiendas de antigüedades y galerías de arte, y que empacamos cuadros de Fragonard, tapices de Boucher y bronces de Rodin en nuestros baúles. “El botín de los bárbaros”, podrían argumentar. Pero poco a poco ustedes han moldeado nuestro gusto y ahora sabemos dónde comprar los objetos necesarios para decorar las mansiones de los ricos. Nuestra impaciencia para disfrutar de los refinamientos europeos es inmensa —y muy infantil, pero esa impaciencia, que ustedes han observado miles de veces y registrado con exquisita ironía, es también producto de nuestro pasado, de nuestro arduo y austero pasado sin alegría.

Norteamérica fue colonizada por gente de distintas razas y en momentos diferentes. La colonización, como bien saben, continúa hoy día, y durante los últimos 150 años nos hemos convertido en campo de prueba de la democracia. Sin embargo, la impresión más profunda sobre nuestra alma y nuestro país proviene de los ingleses. Tanto la Biblia inglesa como el derecho inglés han nutrido el alma americana. La Biblia, en particular, nos ha moldeado, y mi primera misión aquí es ayudarles a entender los sentimientos que animaron a los peregrinos del Mayflower —los peregrinos que dejaron la vieja Inglaterra en 1620 para fundar la nueva Inglaterra. Como ya mencioné, esta era gente fanática —dura, cruel y recelosa, ávida de escapar de la persecución de la Iglesia de Inglaterra, quizá para acabar persiguiendo a otros. Aquellos que fueron perseguidos por lo general se convierten, ay, en los perseguidores de mañana.

Dicho esto, no debemos olvidar que a los puritanos del Nuevo Mundo los sostenían motivaciones completamente desinteresadas. La colonización de los estados del Atlántico no fue una empresa de índole económica. Los puritanos no llegaron ahí en busca de dinero u honores, ni siquiera para ocultar un pasado depravado. Eran estrechos de miras pero también hombres respetables, honorables, muchos de ellos pudientes, que sacrificaron todo —fortuna, honor, amigos y bienestar— para fundar una colonia bajo el cielo inclemente, en tierras inhóspitas pobladas por hábiles y feroces nativos, donde cada quien sería libre de venerar a Dios de acuerdo al dogma de su secta, así como de denunciar a los vecinos sospechosos de profesar otra fe. Para lograr esto abandonaron los placeres de una sociedad organizada y todas las amadas tradiciones inglesas que giran en torno al palacio y la iglesia.

Y mientras esta teocracia se fundaba sobre las duras rocas de Massachusetts, los comerciantes holandeses —todos ellos prósperos burgueses y astutos hombres de negocios— establecieron un almacén para pieles en la boca del Hudson y comenzaron a comerciar con los pieles rojas de los grandes lagos y del norte. A estos holandeses intrépidos no les interesaba en lo absoluto fundar una teocracia. Habían llegado a América en busca de una nueva salida para el comercio holandés —en otras palabras, para hacer dinero. Después de algunos años de espantosas luchas y terribles desilusiones estos comerciantes tenaces se las arreglaron para establecer una administración estable e incrementar sus fortunas. Su colonia estaba gobernada por hombres distinguidos, y cuando Inglaterra tomó el control en 1664 los herederos de los antiguos gobernantes se quedaron en Nueva Ámsterdam, más tarde rebautizada como Nueva York, destinada a convertirse en el mayor mercado del mundo.

Así que desde principios del siglo XVII nos encontramos, codo con codo, con la oscura y fanática Massachusetts, fundada en 1620 para establecer “el reino del espíritu”, y con el estado de Nueva York, fundado siete años antes para establecer el reino del dólar. Por un lado, equidad democrática, desprecio por la riqueza material y aversión por cualquier recordatorio de los títulos y privilegios de la antigua Europa; por otro, una sociedad mercantil y patricia, descendiente de una oligarquía fundada por la Dutch West India Company. Así, codo a codo, tenemos a dos grupos que representan los dos principales motivadores de la acción humana: la voluntad de sacrificarlo todo por una convicción intelectual y moral, y el deseo de bienestar y gozo de la vida. Yo, que soy descendiente de los comerciantes holandeses y sus sucesores ingleses, confieso que me siento contenta de no haber sido criada bajo la sombra de la gris teocracia de Massachusetts. Sin embargo, debo admitir que aquellos que sacrificaron todo por sus ideas son quienes moldearon de manera más honda el espíritu de mi país, más profundamente que aquellos que afrontaron peligros similares por la riqueza material.

Nueva York y las ideas asociadas con Nueva York —una debilidad por las ganancias, respeto por el rango y la fortuna, un gusto por las comidas fastuosas y la comodidad que implica descansar bajo un edredón— le proporcionaron a nuestra perspectiva nacional un útil correctivo a la sombría ideología de los puritanos al contribuir al sano disfrute de los bienes terrenales. Pero está escrito que las ideas que sobreviven siempre son aquellas que nacen del sacrificio desinteresado, y fue el puñado de fanáticos arrojados a Plymouth Rock por el Mayflower el que ha servido para recordarnos nuestro espíritu nacional en cada tiempo de crisis durante nuestra historia. Imagínenlos luchando por su cuenta, y aun así no sólo capaces de defenderse a sí mismos sino también, incluso antes de haber desembarcado, de establecer un plan de administración municipal que fue la primera constitución escrita en la historia de los pueblos de habla inglesa.

¿Y qué tipo de sociedad crearon? Los colonos, cuyas ideas de gobierno se remontaban mayormente a tiempos lejanos, fueron innovadores en lo que se refiere a la organización municipal, y muchas de las ideas democráticas que estaban asfixiadas por las leyes de la madre patria prosperaron con rapidez en el fértil suelo del Nuevo Mundo. En la tierra salvaje, donde cada grupo de colonos formó un centro aislado, separado de su vecino por bosques habitados por enemigos, la única unidad política concebible era el municipio —un grupo de caseríos que corresponden grosso modo a la commune francesa. De acuerdo al acta constitutiva, cada hombre admitido como miembro de la colonia tenía derecho a formar parte del gobierno. Este plan resultó en las famosas asambleas ­—las reuniones comunitarias que darían origen a las libertades municipales en Massachusetts. De hecho, todas las ideas que fundaron el gobierno local en Estados Unidos estaban contenidas en esta acta constitutiva —todas menos la idea de libertad de culto, que Nueva Inglaterra alcanzó sólo tras una terrible lucha contra el poder de una Iglesia intransigente.

¿Y qué tipo de vida llevaban quienes vivían en los lúgubres caseríos, en los llamados municipios del Nuevo Mundo? Abandonadas en medio de bosques inmensos, construidas al borde de mares turbulentos y rodeadas por nativos siempre amenazadores, sus humildes viviendas permanecían sepultadas bajo la nieve seis meses al año. Los habitantes nunca abandonaban su hogar salvo para atravesar la nieve e ir a escuchar al ministro que reinaba en la parroquia. Nadie podía perderse el sermón, y en las endebles iglesias de madera, que ni siquiera contaban con una estufa para ahuyentar el frío, todos estaban congelados hasta el hueso mientras el ministro hablaba durante horas. Les enseñaba que, según el dogma de la Confesión de la Fe de Westminster, los niños que morían sin bautizar ardían por siempre en las profundidades del infierno, que los magistrados y los ministros tenían la obligación de examinar la integridad doctrinal de cada uno de los cristianos que acudían a misa, que cualquiera que juntara leña los domingos sería colgado, y que cualquiera que se atreviera a atribuirle siquiera el más mínimo pecado al elegido del Señor correría la misma suerte.

Los ministros predicaban durante dos o tres horas sin parar. El abuso fue tal que los magistrados trataron de remediar la situación, argumentando que la frecuencia de los servicios religiosos, que tenían lugar todos los días, obligaban constantemente a los colonos a interrumpir sus trabajos y a las mujeres a descuidar sus labores domésticas. La duración de los sermones y de las oraciones era tal que los pobres feligreses casi siempre tenían que regresar a casa atravesando un peligroso bosque en mitad de la noche. Los ministros contestaron que no había horas suficientes en un día y una noche para nombrar todos los peligros de herejía, ni para condenar públicamente los pecados de su grey. Los magistrados se vieron obligados a ceder, y las misas continuaron como siempre.

En lo que respecta a los miembros de la grey, al parecer respondieron de distinta manera al ininterrumpido aluvión de la elocuencia cristiana. En el diario del señor X leemos que acudía a una misa de seis horas en una iglesia sin calefacción bajo un clima que calaba los huesos, pero que no sentía frío gracias a la fuerza del sermón —por el cual daba gracias al Señor. Por otro lado, una pobre mujer llamada Úrsula Cole confesó haberle dicho a un vecino que prefería escuchar el maullido de un gato al sermón del reverendo Shepard, una blasfemia por la que fue condenada a pagar el equivalente a 750 francos o a ser azotada. Probablemente le dieron con el látigo. Los ministros podían servirse, y lo hacían, de la vara, la cadena, la culata, la horca y la estaca. Todos ustedes conocen las torturas infligidas a las llamadas “brujas”, muchas de las cuales eran simples mujeres histéricas, otras meras curanderas como las que aún se pueden ver en la campiña francesa. Otras aun formaban parte de la Sociedad de Amigos que estaban en contra de la tiranía clerical y que estaban seguras de que recibían la iluminación directamente del cielo. En ese clima prosperaron los delatores y los resentimientos privados se saldaban sin piedad. Si un régimen de esta naturaleza se las hubiera arreglado para asegurar su existencia continuada, los Estados Unidos no se hubieran convertido en el gran país que es hoy día.

Me he concentrado mucho en la desolación de esta imagen porque estos hombres de acero, y las mujeres que eran igual de estoicas, constituyen la semilla de la cual germinó nuestra civilización. Entre ellos, desde el principio, había algunos individuos, cuya voluntad era igual de fuerte pero cuyas mentes resultaban menos estrechas, que derrocaron a las todopoderosas parroquias y que fundaron escuelas y universidades, y que por lo tanto emanciparon el pensamiento. Unos cien años más tarde los americanos ya jugaban, iban al teatro, cuidaban de su apariencia, bailaban el passepied o la zarabanda  —y los ministros comenzaron a soltar sermones más cortos. Pero los largos inviernos de Nueva Inglaterra, el miedo a los pieles rojas y el temor constante a la muerte violenta y al castigo eterno, habían dejado una sombra sobre el espíritu americano. Los americanos bailaban, pero lo hacían sobre un volcán —el volcán del infierno presbiteriano.

Mientras que Nueva Inglaterra crecía con dificultad, otros colonos, que habían llegado algunos años antes, tomaron posesión del vasto territorio que hoy se extiende desde Nuevo México hasta Pennsylvania. Desde 1620 esta colonia, Virginia, llamada así en honor a la reina Elizabeth, estaba directamente ligada a la corona inglesa. Se dividía en grandes estados conferidos a ciertos aristócratas y caballeros que deseaban probar fortuna en el Nuevo Mundo. El clima era templado, la tierra fértil, así que las nuevas colonias prosperaron rápidamente. Bajo el dominio benévolo de la iglesia anglicana en esa zona se desarrolló una sociedad civilizada que hacía ver a los colonos de Nueva Inglaterra como bárbaros de la Edad de Piedra. Ay: un día un barco mercante holandés atracó en la costa y entre sus mercancías descargó algunos negros, que fueron vendidos junto al resto de los productos.

Ese día comenzó la esclavitud en Estados Unidos. Ese día también marcó el inicio de la ruina política y comercial de los estados del sur. Aquellos pobres y aturdidos africanos, como las Furias, llegaron portando el germen de la desintegración y la muerte. Como saben, no morimos, ni siquiera nos desintegramos, pero nuestra inmensa federación sobrellevó muchos momentos de peligro ya que la esclavitud introdujo uno de los elementos que contribuyeron, mucho después, a crear lo que llamaré “Estatismo” —es decir, el apego a los derechos particulares de un estado más que a los de la nación. El conflicto alcanzó su punto crítico 150 años después con nuestra guerra civil, una guerra que tenía dos causas, una remota e idealizada, la otra inmediata y práctica. La causa remota era el deseo de acabar con la esclavitud. La inmediata era frustrar las tendencias separatistas de ciertos estados que habían usurpado el derecho de retirarse de la Unión si sus intereses particulares chocaban con ésta.

Desde el inicio las colonias americanas, fundadas por diversos motivos por gente de distintas razas y con distintas ideas, sospechaban naturalmente unas de otras. La revolución, que por un instante las unió en contra de un enemigo común, no logró ponerle fin a la inevitable rivalidad. Y así fue que en cada crisis nacional había dos partidos: uno que defendía los intereses locales, la libertad de elección de cada estado; el otro defendía constantemente la idea de que una federación no puede durar y desarrollarse a menos que anteponga los intereses de todo el país a los intereses locales. Era natural que al principio los intereses locales fueran representados por los estados del sur, inmersos como estaban en el estado de bienestar de una existencia cuasipatriarcal, y por lo tanto reacios a cualquier perturbación. Los colonos de los estados del norte —Pennsylvania, Nueva York y Nueva Inglaterra— que habían comprado su vida y su libertad a precios tan altos, estaban más dispuestos a entender la necesidad de la cohesión nacional.

Muy bien pero ¿por qué durante la guerra civil los terratenientes patricios del sur eran llamados demócratas, y por qué el norte —más plebeyo en sus ideas si no es que en su origen— escogió un nombre como pensado para descalificar a sus oponentes? Para las mentes visionarias del siglo XVIII la unión federal guardaba reminiscencias de la monarquía, los privilegios feudales y el poder de la Iglesia Nacional. Los estados del sur declararon con cierta justificación: “Ustedes los del norte dicen representar a la república. Sin embargo nosotros somos los verdaderos demócratas ya que defendemos los derechos de los estados, incluso los derechos del individuo, contra la amenaza del poder centralizado”. A lo que los federalistas, naturalmente, respondían con una mayor noción del estado de las cosas: “Por el contrario, nosotros representamos a la república ya que defendemos el interés público en contra del egoísmo de los separatistas, cuya única meta es asegurarse de que sus intereses personales no sean lastimados”. A pesar de todas las distorsiones que han sufrido con el tiempo, los términos “demócrata” y “republicano” aún designan dos concepciones, o más bien dos influencias opuestas: una influencia centrífuga, inclinada a romper la federación bajo el peso de los conflictivos intereses estatales, y una influencia centrípeta, que continuamente sujeta dichos intereses a la idea de federación, la idea de unidad nacional.

Las ideas políticas de ambos partidos son opuestas en muchas otras cuestiones, pero afortunadamente, en tiempos difíciles, hay algo más que prevalece —el espíritu patriótico. Pueden comprobar esto hoy. Como representante de los demócratas el presidente Wilson estaba receloso de las alianzas europeas y de la intervención militar en el extranjero, y naturalmente influenciaba su entorno centrífugo. Tenía dudas de entrar en la guerra, y una vez que se decidió, pensaba que sus esfuerzos se verían frustrados por un partido que esperaba ver a nuestro vasto país buscar un desarrollo pacífico sin los riesgos que involucra una intervención en el extranjero. Todos ustedes saben lo que sucedió al final. El reclutamiento general, votado en cuestión de un par de días y aceptado sin emitir un murmullo. Militarización de los ferrocarriles, racionamiento de la comida y las materias primas, acuerdos con los sindicatos, que prometieron no ir a huelga durante la guerra.

Para una confederación poco definida, conformada por razas diversas, en ocasiones con intereses distintos, el resultado fue sorprendente sin duda alguna. Sin embargo, fue menos sorprendente para nosotros mismos que para nuestros aliados. Ya que los momentos críticos de nuestra historia nos han enseñado cuán intenso es el sentimiento patriótico en nuestro país. Dos grandes eventos han dejado su marca en nuestra breve historia. Luego de sacudirnos el yugo de un gobierno torpe (que no tiránico, como alguna vez se creyó), fuimos capaces de desarrollarnos y convertirnos en una nación. Para defender la integridad de esa nación vertimos lo mejor de nuestra sangre y peleamos contra nuestros propios hermanos. Cosas como esas no pueden ser borradas. Vienen a la mente cada vez que es necesario defender nuestra independencia o la independencia de otros países cuando ésta es amenazada. Sabemos que es nuestro deber pelear por la libertad de nuestros aliados porque pagamos un precio muy alto por la nuestra.

Podría parecerles increíble que un país tan lejano del escenario de la guerra como el nuestro haya aceptado formar parte del conflicto por supuestas razones idealistas. Debo aceptar que la palabra “idealista” me inquieta de alguna manera, pero cuando se trata de explicar las motivaciones del comportamiento humano no creo que exista mucha diferencia entre lo idealista y lo práctico, o entre las motivaciones interesadas y las desinteresadas. Ciertamente, tenemos intereses —y en gran medida; pero no porque queramos apoderarnos de su industria, no porque, como argumentan los alemanes, queramos, en pago de nuestra ayuda, tomar control del Mediterráneo. No, créanme, la verdadera razón me fue dada por un oficial del ejército, que como muchos otros se sintió conmovido por la manera en que ustedes recibieron a las tropas norteamericanas. “Dígales a los franceses”, me dijo, “asegúrese de decirles que no queremos que nos agradezcan por haber entrado en la guerra. Explíqueles que todos sabemos que, al luchar por Francia, estaremos luchando también por nosotros”. Ahí tienen ustedes, creo yo, la verdad —claramente entendida por los más inteligentes, y vagamente comprendida por todos.

Damas y caballeros, pueden ver por qué quise describir nuestros orígenes. Sobre todo quería ayudarlos a comprender por qué nuestro punto de vista, nuestras formas y nuestros hábitos no siempre se parecen a los suyos. ¿Cómo podría ser de otra manera? Piensen que mientras ustedes construían Versalles, nosotros estábamos talando bosques vírgenes, que mientras Descartes escribía El discurso del método nuestros académicos bosquejaban libros sobre demonología, que mientras el teatro real montaba Tartufo y Escuela de maridos, los feligreses del reverendo Shepard recibían azotes por criticar sus sermones, y que los esposos de Connecticut tenían que pagar una fuerte multa si besaban a sus esposas los domingos. Piensen que mientras sus tatarabuelos estaban puliendo sus modales en los aposentos de Madame de Rambouillet y en los salones hermosamente decorados de Madame de Sévigné, los nuestros, rodeados de bestias salvajes, viviendo en chozas para tramperos, hacían los posible por convertirse en obreros y mercaderes, herreros y abogados, comerciantes de pieles o profesores de retórica. Entre estos dos pasados, uno de completa improvisación, el otro sustentado bajo en larga tradición cultural, no existe medida común. Y aun así, de dos historias tan diferentes, el patriotismo y el amor a la libertad juntó dos naciones una vez y las ha vuelto a unir de nuevo.

Desde que nuestra espantosa guerra civil nos convirtió en nación, ni siquiera el continuo flujo de inmigrantes ha diluido alguna vez estos sentimientos. No deben olvidar la sabiduría de Lincoln al inicio de nuestra guerra civil. “Es de dudarse que una democracia pueda llevar una gran guerra a una conclusión feliz”, dijo. Pero puede dirigir una gran guerra si los autores de su constitución tienen la valentía de declarar que, en cuanto la nación se encuentre en peligro, todo el poder será puesto en las manos del jefe de Estado, y si la educación política de la gente ya tiene la madurez como para aceptar esta autocracia temporal sin sentirse acosada por el espectro de la dictadura. Esa es nuestra situación y eso explica por qué nos encontramos a su lado el día de hoy.

 

Edith Wharton
Escritora. Entre sus obras destacan La edad de la inocencia, El valle de la decisión y La casa de la alegría.

Traducción de César Blanco.