En El señor de las moscas William Golding enfrenta a un grupo de niños ingleses que, en su mayoría, apenas se conocen entre ellos, al endiablado problema de sobrevivir por su propia cuenta en una isla. Tratándose de estudiantes, tal vez habían leído a Aristóteles y su definición de nuestra especie como el único zoon politikón, pero Golding no lo dice y tampoco requerían ser peripatéticos ni contar con una patética Guía Filosófica de Supervivencia (o puede que sí, y que de haberla seguido estos niños perdidos se habrían evitado muchos descalabros) para, en cuanto se reúnen, buscar un jefe y el lugar de cada uno en su incipiente jerarquía social:

Jack empezó a protestar, pero el alboroto cesó de reflejar el deseo general de encontrar un jefe para convertirse en la elección por aclamación del propio Ralph. Ninguno de los chicos podría haber dado una buena razón para aquello; hasta el momento, todas las muestras de inteligencia habían procedido de Piggy, y el que mostraba condiciones más evidentes de jefe era Jack. Pero tenía Ralph, allí sentado, tal aire de serenidad, que le hacía resaltar entre todos; era su estatura y su atractivo; mas de manera inexplicable, pero con enorme fuerza, había influido también la caracola…

¿Cuáles eran esas “condiciones más evidentes de jefe” con que contaba Jack? Fuera de una isla y tratándose de escoger un jefe entre un grupo de adultos, ¿influiría “su estatura y su atractivo”? Dado que Jack también quería ser el jefe, ¿le bastarían a Ralph haber sido elegido “por aclamación” y la autoridad conferida por una caracola? ¿Son estas preguntas válidas sólo para nuestra especie? ¿Acaso el Homo sapiens está solo en su estatus de animal social y este comportamiento es meramente un producto cultural?

Aunque más de uno de nuestros congéneres se empeñe en marcar una raya que nos separe del resto del arca para distinguirnos como el único animal, además de social, político —entendido esto último como una especie que no sólo forma una miríada de diferentes estructuras sociales, sino que, además de exhibir una marcada ansiedad por su estatus social, está en búsqueda constante del poder y de la dominancia sobre otros mediante distintas estrategias, entre las que se incluye el engaño y la manipulación y la formación de alianzas—, es posible que se decepcione al enterarse que tanto entre individuos de especies evolutivamente próximas —como los primates—, como de otras mucho más distantes —como los peces—, está ya presente esta inteligencia maquiavélica, un término bastante descriptivo para quienes han leído o al menos escuchado hablar de El príncipe y su autor. La inteligencia maquiavélica fue propuesta en 1988 por los antropólogos evolutivos1 Richard W. Byrne y Andrew Whiten2 como definición no muy rigurosa del conjunto de habilidades cognitivas que permite a un individuo de una especie mantener o mejorar su nivel en la jerarquía social del grupo al que pertenece. Por el momento, digamos que esta inteligencia maquiavélica no distinguía ni a Jack ni a Ralph en su isla desierta y dejemos el tema para otro día.


Ilustración: Oldemar González

Otras interrogantes pertinentes cuando hablamos de dominancia y estatus social surgen si cambiamos de escenario de ficción al futuro apocalíptico de The Walking Dead, atestiguamos cómo el terror de los zombis palidece ante el horror más extremo de la política como dominancia: la imperiosa necesidad de hacer todo lo posible para mantenerse como jefe o tener un rango social alto dentro del grupo, para así poder apropiarse de alimento, refugio y otros recursos ante su escasez en un mundo rebosante de zombis. Es de la mano del sheriff Rick Grimes (la que aún tiene en el cómic creado por Robert Kirkman) que, además, podemos compadecernos de los cada vez más visibles efectos negativos que en su salud física y mental provoca ser el jefe de su grupo de supervivientes. ¿O es mayor el estrés que tiene que soportan líderes autoritarios como Negan, quien no titubea en dominar a fuerza de batazos sangrientos a los suyos? ¿O son los miembros con estatus social más bajo del grupo de Rick, como el supuesto científico y auténtico cobarde (al menos al inicio) Eugene, quienes tienen sus niveles de estrés al máximo? Si no los matan los zombis, ¿terminará aniquilándolos el estrés?

Especular mediante experimentos mentales como los sugeridos por la ficción literaria sobre dominancia, estatus y jerarquía social en humanos puede ser de gran ayuda si consideramos que carecería por completo de ética diseñar un experimento de laboratorio en el que reprodujésemos condiciones similares a las de El señor de las moscas o The Walking Dead (en cuanto a aislar a un grupo de individuos que no se conocen previamente, restringir su acceso a diferentes recursos y ver cómo pelean y crean una estructura social por dominancia; no importa que no sea en una isla, ni que no podamos introducir uno que otro zombi) para así observar y medir la influencia de la biología, el ambiente y el aprendizaje en la formación de jerarquías sociales en la especie humana, las características de los individuos que se encuentran en diferentes niveles de cada jerarquía social y los cambios (fisiológicos, emocionales, neurológicos) que sufren por conservar, querer ascender o, por el contrario, tener una pérdida de su rango social; lo que sí podemos es observar y medir todos estos aspectos en otras especies animales.

Mexicanos (y todos los demás), como los cangrejos

Así como los fisiólogos Alan Hodgkin y Andrew Huxley aprovecharon el gran tamaño de los axones del calamar (Loligo pealei) para estudiar el comportamiento de las neuronas, trátense de las de un invertebrado marino o de un humano (lo que los hizo merecedores de un Nobel), o los genetistas que se han valido de la corta vida de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) y de que cuenta con tan sólo cuatro pares de cromosomas para el estudio de características hereditarias (por ejemplo, enfermedades humanas asociadas a genes que tienen sus homólogos en el genoma mosquil) a lo largo de varias generaciones de estos insectos, que los cangrejos rojos de río (Procambarus clarkii) se enfrenten decenas de veces cada hora para establecer su dominancia (o la falta de ella) sobre sus congéneres puede ser invaluable al estudiar experimentalmente la formación de jerarquías sociales en animales, humanos incluidos.

De acuerdo con Anne Elizabeth Pusey y otros antropólogos evolutivos, cuando se reúne un grupo de animales sociales —sean humanos, chimpancés, elefantes marinos o cangrejos— que no se conocían previamente, siempre surgirá un conflicto entre ellos a la hora de repartirse un recurso (aunque comida es lo primero en lo que uno piensa, una pareja para poder reproducirse puede, en muchos casos, ser más apremiante) cuyo suministro es limitado. Este conflicto provoca que se forme una jerarquía social de dominancia (en palabras menos técnicas: hay una lucha por el poder) en la que cada individuo alcanzará cierto rango o estatus social. Esta jerarquía permite que los recursos sean distribuidos entre todos los miembros del grupo, aunque por supuesto esto no implica que el reparto tenga que ser equitativo.

Una típica interacción entre individuos de un grupo recién formado de animales sociales involucra lo que los etólogos llaman comportamientos agonísticos (conductas relacionadas con el enfrentamiento entre individuos) que, en especies como el cangrejo susodicho, involucran atacar, aproximarse, retroceder o escapar durante un encuentro (en otras especies, como en los babuinos, puede añadirse copular). Un experimento con estos rijosos cangrejos mostró que, al colocar diferentes grupos de cinco cangrejos en una pecera sin ningún lugar para refugiarse (lo que impedía a cada cangrejo evitar tener encuentros con los otros), el número de peleas entre cangrejos fue disminuyendo a medida que se establecía una jerarquía de superdominancia, definida como aquella en la que un mismo individuo domina a todos los demás. La jerarquía quedó bien establecida en cada quinteto de manera muy rápida, en los primeros 15 minutos de haberlos soltado en la pecera, y el cangrejo superdominante resultó ser siempre el de mayor tamaño, sin que su posición se viese amenazada seriamente durante los 30 días que duró el experimento.

Otra conclusión relevante para otras especies de animales sociales —la nuestra incluida— fue que, cada vez que un cangrejo ganaba, la victoria reforzaba su agresividad y, por el contrario, cada vez que un cangrejo perdía, esta experiencia inhibía su agresividad, lo que se traducía en que aumentaba la probabilidad de que en un encuentro los cangrejos que habían ganado antes siguieran ganando, mientras que los que perdían intentaran retroceder o escapar y siguieran perdiendo. Antes de recurrir a un psicólogo del deporte para explicar por qué algunos cangrejos rojos se comportan como ratones verdes de cierta selección, es posible que los fisiólogos puedan explicar qué es lo que cambia dentro del cuerpo de los cangrejos (y de los humanos) ganadores y de los perdedores cada vez que ganan y pierden, respectivamente. Más información al respecto dentro de unos párrafos.

Que entre cangrejos y muchas otras especies sociales el tamaño sí importa —y mucho, pues ser más grande es mejor en términos de alcanzar un estatus dominante— es entendible si tomamos en cuenta que en ellas los rangos altos de la jerarquía social se logran, literalmente, peleando por ellos, y no es lo mismo pelear cuerpo a cuerpo contra el Goliat que contra el David de los cangrejos (para no tener que partirse el caparazón o la cara al tratar de escalar en la jerarquía es precisamente que diferentes especies usan su inteligencia maquiavélica, pero ya dijimos que esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Un antropólogo evolutivo diría que Goliat tiene mayor formidabilidad física que David.

La estatura de un líder

A pesar de que lo usual entre humanos es recurrir a medios menos violentos que combates físicos para determinar quién es el jefe de un grupo, diversos estudios muestran que percibimos a aquellas personas que son altas como más dominantes e inteligentes, poseedoras de mayor estatus y más capaces de ser líderes; en sentido inverso, tendemos a considerar como más altas de lo que realmente son a aquellas personas con estatus alto, tanto si las vemos en persona como en una fotografía.3 Hay también evidencia de que, si cambiamos la percepción que una persona tiene sobre sí misma, esto hace que sobreestime (si se siente más poderosa) o subestime (si se siente menos poderosa) su propia estatura.

Nuestra asociación mental entre estatura y estatus social no resulta tan sorprendente si, nuevamente con ayuda de la ficción, consideramos el caso extremo del apocalipsis zombi en el que seguir del lado de los vivos al encontrarnos con un grupo de sobrevivientes depende de que determinemos lo más pronto posible —en algunos capítulos, en cuestión de segundos— quién es el jefe de ellos, y en este caso un rasgo morfológico como lo es la estatura puede ser un sistema de detección de estatus social efectivo, si bien no infalible (ni siquiera entre individuos de otras especies). Como alrededor de un 20% de la estatura que alcanza una persona depende de factores ambientales —la alimentación, entre ellos—, quienes crecen en un ambiente privilegiado aumentan la probabilidad de alcanzar su máximo potencial de estatura comparados con aquellos que crecen en ambientes más empobrecidos, lo que, de acuerdo con psicólogos evolutivos, significa que la estatura de una persona en verdad es una señal de estatus en general. Hay evidencia de que las personas más altas tienden a comportarse de manera más dominante (por ejemplo, es menos probable que hombres y mujeres cedan el paso en un pasillo angosto a personas de su mismo sexo que se dirigen en la dirección opuesta).

No es de extrañar entonces que, en cada elección presidencial de nuestro país vecino, haya sido el más alto de los candidatos quien recibiera 67% de los votos y ganara 58% de las veces, ni que incluso el más bajo de los nominados en cada elección tuviese una estatura mayor que la del ciudadano estadunidense promedio.4 A la vista de estas estadísticas, quizás no se equivoquen aquellos políticos de baja estatura que, en debates televisivos, hacen uso de un banquito camuflado para lucir al menos de una altura similar a la de sus contrincantes.

Ya que hablamos de elecciones políticas, ¿recuerdan el efecto que ganar o perder tenía en los cangrejos? Experimentos con estos invertebrados y con otras especies sociales muestran que la presencia en un individuo de niveles elevados de ciertos neurotransmisores (sustancias que permiten la comunicación entre neuronas) como la serotonina aumentan su dominancia y agresividad.

Aunque la relación entre la testosterona y la dominancia y el estatus social en nuestra especie es compleja (dado que, entre otros aspectos a considerar, su concentración influye en la de producción de diferentes neurotransmisores, con múltiples y distintos efectos en el cerebro), sabemos que esta hormona está asociada con la agresividad y la competitividad y que, cuando un macho de nuestra especie gana una competencia con otro, sus niveles de testosterona aumentan. Esto ocurre no sólo al ganar en confrontaciones tan violentas como una pelea de box, y no sólo al vencer en una partida de ajedrez; basta, de hecho, con que gane nuestro equipo favorito de futbol para que se incremente la concentración de testosterona en nuestro cuerpo y desciende en los cuerpos de los perdedores (jugadores y porra incluidos). Ignoramos si esto sucede también en el caso de las mujeres, pero sabemos que así ocurrió en la elección presidencial de 2008 en Estados Unidos: en una muestra constituida por 183 participantes, los niveles de testosterona de quienes votaron por Obama aumentaron, en tanto que disminuyeron en quienes lo hicieron por John McCain.5

Diferente a lo que sucede con la estatura, los humanos no percibimos que individuos más musculosos tengan un mayor estatus social, y dado que existe una asociación directa entre musculatura y testosterona, los émulos de Van Damme (¿todavía lo conocen los millennials? Es el ultramusculoso actor de 1.72 m de estatura que hizo del split o abrirse de piernas su sello personal) tienden a exhibir mayores niveles de agresión y a actuar menos igualitariamente, lo que no necesariamente es negativo ya que, como en el caso de Jack en El señor de las moscas, puede ser precisamente lo que buscan en su líder los miembros de un grupo de cazadores en una isla desierta, o un grupo de personas en tiempos de guerra.

La escalera del poder

Numerosas especies de crustáceos, peces, aves y mamíferos, incluyendo niños y jóvenes humanos, cuando hay menos de 10 integrantes en un grupo, forman jerarquías sociales de dominancia que son típicamente lineales, lo que significa que, por ejemplo y tratándose de cuatro individuos A, B, C y D, A domina a todos los demás, B es dominado por A y domina a C y a D, y C es dominado por A y B, y a su vez domina a D.

Observaciones y experimentos con animales sociales de diferentes especies han mostrado que la formación de jerarquías de este tipo es resultado en gran medida de la dinámica social; dicho de otra forma, es resultado del aprendizaje a partir de la interacción entre los individuos del grupo, no es un proceso automatizado grabado en los genes de la especie. Esta conclusión se comprobó experimentalmente, a principios de este siglo, en peces conocidos comúnmente entre los acuaristas como cíclidos africanos del lago Malawi (Metriaclima zebra), famosos por su agresividad y en los que se determinó experimentalmente el papel del aprendizaje en la generación de jerarquías lineales.6

Como bien enfatizan los autores del estudio, si los peces —con una antigüedad mucho mayor que la de aves y mamíferos— y otros animales aprenden cómo formar auténticas estructuras sociales a través de la convivencia entre los diferentes integrantes del grupo, esto significa que no hay una discontinuidad en la naturaleza entre estas estructuras y las que formamos nosotros los humanos: no tenemos la exclusividad como zoon politikón ni aprendimos a vivir en sociedad a partir de que los primeros humanos aparecieron en el mundo.

Ansiedad por el estatus social

Estar en la cima de la jerarquía social puede que garantice algunos privilegios, como comer bien y aparearse con más de una hembra (de hecho, siempre que han podido, los machos de nuestra especie han creado harenes, con lo que garantizan una amplia dispersión de sus genes e incrementan considerablemente la probabilidad de que éstos se transmitan a sus descendientes), pero también puede ser que el estrés asociado al rango influya de manera considerablemente negativa en la vulnerabilidad a muy diversas enfermedades. Y aunque el rango que mayor estrés físico y psicológico es el más susceptible a sufrir patologías relacionadas con esta tensión, no necesariamente son quienes están en los peldaños más altos o bajos de la jerarquía quienes lo experimentan; esto depende de las características sociales de cada especie, como el tipo de jerarquía o el estilo de crianza.7

Si la jerarquía es despótica, como entre los perros salvajes africanos, los individuos dominantes tienen que reafirmar continuamente su dominancia sobre sus subordinados a través de intimidación psicológica (por ejemplo, mediante contacto visual), por lo que individuos con alto rango e individuos con bajo rango son los que presentan mayor estrés.

Con todo y estrés, en babuinos se ha determinado que los machos alfa y beta (los rangos más altos de la jerarquía) se parecen a Wolverine (el personaje de los cómics de Marvel con factor de curación que le permite recuperarse de cualquier lesión) en tanto que la respuesta de su sistema inmunológico es considerablemente mayor que la de los otros machos del grupo y sus heridas sanan mucho más rápidamente.8 Aunque es posible que los altos niveles de estrés de babuinos alfa y beta terminen matándolos si otras defensas de su sistema inmune (contra parásitos u otras enfermedades, por ejemplo) se ven afectadas negativamente, los primatólogos especulan que este es el costo evolutivo que deben pagar para maximizar sus oportunidades de reproducirse (el epitafio de un babuino alfa bien podría decir: “Murió muy joven, pero lo sobreviven sus numerosos hijos”).

En cuanto al estilo de crianza, en especies de primates en los que hay una hembra dominante y otras que no ovulan mientras aquélla tiene a sus crías, las hembras subordinadas cooperan en la crianza hasta que les toca su turno de reproducirse y están sometidas a un menor estrés que los individuos dominantes.

Diferentes especies exhiben también distintas estrategias para evitar el estrés. Por ejemplo, si uno es subordinado y las condiciones del medio lo permiten, puede evitar en lo posible encontrarse con el dominante que nos trae ojeriza (si ambos son humanos y trabajan en la misma oficina, puede que esto no funcione). Por último, la personalidad de cada individuo, con independencia del estatus que tenga, influye también en su reacción (o sobrerreacción) a diferentes estímulos (como la amenaza de ser despedido en un recorte de personal) y, en consecuencia, en los niveles de estrés y el efecto de éstos en su salud. ¿Y cuáles pueden ser tales efectos? Hay evidencias de que un descenso en la jerarquía social predice un incremento en los riesgos de padecer enfermedades cardiovasculares, respiratorias, reumatoides y psiquiátricas y, en último término, la muerte; la relación causal pérdida de estatus-enfermedad predomina en este sentido y no en el inverso.

Antes de experimentar una aguda ansiedad por el estatus y buscar remedio en libros como el homónimo (Ansiedad por el estatus) de Alain de Botton (bastante recomendable para reflexionar sobre las causas y posibles soluciones de esta ansiedad en nuestra sociedad moderna), puede que sea conveniente mencionar que, además de que en nuestra especie la jerarquía social es mucho más compleja que la lineal descrita en párrafos anteriores, y además de que, al igual que otras especies, contamos con numerosas estrategias para evitar esta ansiedad.

Robert Sapolsky, quien sobre dominancia y estrés es uno de los mayores expertos en todo el mundo (para comprobarlo basta leer dos de sus libros: Memorias de un primate y ¿Por qué las cebras no tienen úlcera?) nos recuerda que no pertenecemos a una sola, sino a múltiples jerarquías —en el trabajo, en la escuela, en nuestro grupo de amigos, en el equipo deportivo, etcétera— y que tendemos a valorar aquella en la cual ocupamos el rango más alto: puede que estemos en lo más bajo del escalafón en nuestro trabajo, pero fuera de él puede que también seamos el hombre o la mujer de acero del mejor equipo de futbol siete del barrio. ¿Quién puede negar, ante esto, que estamos en presencia de un exitoso caso de empoderamiento animal?

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 La antropología evolutiva estudia cómo surgieron nuestro comportamiento, fisiología, morfología y habilidades cognitivas en términos de adaptaciones biológicas que se han traducido en ventajas para nuestra especie cuando de sobrevivir se trata. Como en evolución nada surge de repente, esta ciencia interdisciplinaria rastrea la presencia y los orígenes de todos estos atributos humanos en animales de otras especies.

2 En el primer capítulo de su libro Machiavellian intelligence: Social expertise and the evolution of intellect in monkeys, apes, and humans.

3 Salvo cuando así se indique, los estudios en que se basan los resultados aquí presentados sobre la influencia entre características morfológicas como la estatura y el estatus social son discutidos con mucho mayor detalle por Nancy M. Blaker y Mark van Vugt en el capítulo 6 de Cheng, J.T., J.L. Tracy y C. Cameron, “The Psychology of Social Status”, New York, Springer, 2014.

4 Murray, G.R. y J.D. Schmitz, “Caveman politics: Evolutionary effects on political preferences”, Annual Meeting of the MPSA Annual National Conference, Chicago, 2008.

5 Stanton, S.J., J.C. Beehner, E.K. Saini, C.M. Kuhn y K.S. LaBar, “Dominance, politics, and physiology: Voters’ testosterone changes on the night of the 2008 United States Presidential Election”, PLoS ONE, 4(10), e7543, 2009.

6 Chase, I.D., C. Tovey, D. Spangler-Martin y M. Manfredonia, “Individual differences versus social dynamics in the formation of animal dominance hierarchies”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 99(8), pp. 5744-5749, 2002.

7 Sapolsky, R.M., “The influence of social hierarchy on primate health”, Science, 308, pp. 648-652, 2005.

8 Archie, E.A., Altmann, J. y S.C. Alberts, “Social status predicts wound healing in wild baboons”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(23), pp. 9017-9022, 2012.