La estigmatización es una condición que seguramente nació con los primeros seres humanos. Quienes la sufren suelen ser excluidos y sometidos a ostracismo. En ocasiones el daño es irreparable y las heridas imposibles de borrar. Los suicidios por la crudeza con la que en ocasiones se ejerce la estigmatización no son infrecuentes; quienes la padecen entienden los significados de crueldad e  ignominia. Marcar con hierro candente a los esclavos era práctica común. Ahora no se utiliza el hierro pero sí otros agravios similares que duelen distinto pero matan igual. A los esclavos se les denuesta, se les excluye, se les margina. Algunas trabajadoras domésticas, empleados en fincas cafetaleras en el sur del país, niñas y niños en casas de prostitución son, sotto voce, ejemplos de esclavitud contemporánea. Algunos enfermos y homosexuales son también humanos mancillados.

Estigmatizar es una enfermedad vieja y vigente y altamente contagiosa. Defectos físicos, raza, tener tics, no jugar bien algún deporte, sobre todo en la infancia, o no ser afín a idearios religiosos o políticos son parte del mosaico de la estigmatización.

Ilustración: Kathia Recio

Los conceptos del Diccionario de la Lengua Española son inadecuados: 1. Marca o señal en el cuerpo. 2. Desdoro, afrenta, mala fama. 3. Lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional o hereditaria. Mejor la idea acuñada desde la sociología: “condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que la persona portadora sea incluida en una categoría negativa por lo que se le considera, desde el punto de vista cultural, como inaceptable o inferior”.

La estigmatización, a pesar de diferencias infinitas, hermana a los estigmatizadores. Dos ejemplos, homosexualidad y sida. Declaraciones “viejas” pero aún vigentes, de líderes como Fidel Castro y de Mahmud Ahmadineyad ilustran el problema. Castro, aunque aparentemente tiempo después se desdijo, persiguió a los homosexuales y les llamó “contrarrevolucionarios”, además de espetar frases insultantes, “nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones”. El ex presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, cuando visitó Estados Unidos, cosechó risas en la Universidad de Columbia al asegurar “en Irán no hay homosexuales como en su país”, comentario discordante con el código penal vigente en Irán donde se castiga la homosexualidad con la pena de muerte.

Ser enfermo y sufrir estigmatización es frecuente. Los médicos, desde siempre, han conocido ese fenómeno, unas veces como testigos y otras como protagonistas. Los enfermos víctimas de sida lo saben. Cuando se les señala y desprecia, algunos ocultan el diagnóstico y otros dejan de acudir a las clínicas. Hostilidad y violencia siguen siendo realidad. Rechazo, abusos y dificultad para conseguir empleo, impedir que se acepten en escuelas a niños con sida y la negación por parte de algunos médicos para atender a enfermos con VIH/SIDA son realidad. Amén de dañar al enfermo, los efectos negativos de esas conductas repercuten en la sociedad: si el afectado no se trata, la posibilidad de diseminar la infección aumenta.

La conducta estigmatizadora de la especie humana ha aumentado y se ha sofisticado. Uno quisiera pensar que el fenómeno de la estigmatización debería ser proporcionalmente inverso al del conocimiento. Y uno quisiera también pensar que la sabiduría humana/ética debería ser proporcionalmente directa al paso del tiempo. Ambos supuestos son erróneos. El hambre por la sabiduría nada tiene que ver con el hambre espiritual. En ocasiones, incluso, sucede lo contrario. 

Estigmatizar devalúa, produce rechazo, vilipendia. La deshumanización contemporánea favorece la estigmatización. La creciente epidemia de bullying, sobre todo en la escuela, crece, margina y mata. No hay grandes antídotos contra la estigmatización y el bullying. Los esquemas educacionales, las doctrinas religiosas y los preceptos familiares han fracasado en temas ingentes y omnipresentes como el respeto al otro. Ética y moral tampoco han servido. Sin embargo, apelar a la ética laica es imprescindible. Es el único espacio en donde cabe y se vive la idea del otro como un yo, en donde la alteridad es escuela.

La pregunta, mi pregunta, es la de siempre, ¿cómo contagiar la ética laica? Hablar de maltrato y denigración hacia los otros, hacia lo diferente, en casa y escuela, cuando el mundo empieza a abrirse es la única opción. Lamentablemente, esa alternativa, cuando se habla de pobreza, se estrella con la realidad: mientras no se alimente y eduque a la gente, mientras la urgencia sea sobrevivir, es muy complejo hablar de ética. A pesar de esa cruda realidad, buscar cómo inyectar dosis de ética laica, aunque sean pequeñas, en todos los ámbitos, es el único camino.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.