Nos hemos perdido en la política sin hacer política, en el escenario democrático sin hacer democracia. Todo en México parece relacionarse con la fascinación perversa por lo electoral que secuestró la posibilidad de un diálogo posterior a la competencia. Perversa porque se desprecia y, en simultáneo, se abraza con una pasión que pocas veces encontramos en otros aspectos de la vida pública. Furia en ocasiones frívola que no apunta a construir una sociedad sino a dividirla entre irreconciliables que, olvidaron, mañana tendrán que convivir juntos, cruzar la calle, habitar la realidad sin llamarse imbéciles unos a los otros.

¿Cómo discute un país en el que, al parecer, nadie tiene ninguna duda?

Qué tanto se desconecta de la realidad aquel que está convencido, siempre e infaliblemente, de tener la razón. A las ideas menos superficiales las frivolizamos. Incluso los que apuntan a ahondar un poco en ellas, son incapaces de tomar en cuenta el escepticismo de quienes podrían ser sujetos de convencimiento. Aquí no es necesario convencer a nadie si nosotros ya estamos seguros de las cosas. En este país si se cuestiona es porque se es un irresponsable, un cínico, un traidor, un vendido o un cómplice criminal. Hemos transformado el gobierno del diálogo en un monólogo. Lo nuestro con la democracia, con el ejercicio político, con la esperanza, es un problema novelesco más que republicano.


Ilustración: Víctor Solís

La política mexicana posterior a la transición se decantó en dos vertientes librescas, que dependen de las condiciones de verosimilitud con las que serán creíbles los eventos, las ideas y relaciones de los individuos. Mientras López Obrador ha amaestrado la creación de esas convenciones para ojos externos, los demás lo han hecho con singular voracidad para los internos. El primero ha logrado construir un escenario en el que sin importar lo que diga o haga, se encuentran las vías de relativización para justificarlo antes de aceptar la posibilidad de duda sobre su discurso. Los demás han despreciado la necesidad de construir un discurso que sea creíble. Hablan para sí mismos, convencidos que cuentan con la legitimidad suficiente y que las visiones contrarias se albergan en la credulidad de las masas, sin preguntarse por qué hay una inmunidad que le permite a la interacción que sea no afectar la verosimilitud previa.

La permanencia de un proceso electoral en la conciencia de la vida política mexicana permitió la institucionalización del lugar común como síntesis de vacíos que impiden la atención a los vicios de los actores políticos. Si bien ese vacío ha sido receta para su fracaso y exigencia de un cambio de fraseo, la noción de un López Obrador autoritario y populista se encuentra suficientemente establecida en el ideario de sus oponentes. El gran peligro de los lugares comunes es la imposibilidad de salir de ellos y atender lo que los rodea. La ascensión de Ricardo Anaya en la jerarquía de su partido podría anular cualquier duda acerca de su habilidad, tal vez inteligencia política y, casi por seguro, confirma la percepción de un talante autoritario gracias al que consiguió sus objetivos. La fascinante maquinaria del PRI, en términos de la otrora eficacia de su inmoralidad, no encuentra manera de entenderse sin la vocación dadivosa del populismo más tradicional que lo emparenta con casi cualquier otro actor político nacional. Es así como se aprendió a hacer cuadros en este país. Es una escuela. Así, ni populismo ni autoritarismo serán rasgos privativos de López Obrador, que a menudo muestra un elemento que me preocupa muchísimo más: el provincianismo.

Hay un cierto recelo que convendría evitar al usar el término “provinciano”. No se trata del menosprecio a los modos de vida distantes a las grandes capitales, tampoco una alabanza a la región francesa que dio origen a la palabra. El provincianismo es la visión que reduce los asuntos de Estado a su versión localista. O, en otras palabras, la visión provinciana busca resolver los asuntos de Estado como su fueran de rancho. En simultáneo, y a causa de lo anterior, el provincianismo en lo social y lo político tiende a pasar por alto los preceptos cívicos para usar una lógica previa al acuerdo de derechos y obligaciones ciudadanas que obligan la responsabilidad del Estado. La consulta generalizada puede ser provinciana, la omnipotencia también. En las primeras se evaden las responsabilidades de los acuerdos de representación, en la otra se niega su conformación.

Ocupados en defender su muy íntima visión de sí mismos, las contrapropuestas a López Obrador han ignorado las oportunidades de debate que éste les ha dado. Puede ser tan parecido a ellos que no van a tocarlo en lo que los golpearía de regreso. Por eso digo que son frívolos. Se van a lo mundano, a lo que no requiere un argumento que sin cuidado revelaría las carencias de ambos. No hacen política, hacen grilla y luego, todos, se quejan de lo burdo de nuestra democracia. Se dirigen a sus adentros, son campañas para círculo rojo que se sorprenden al no bajar a otros segmentos de la sociedad. Ni López Obrador, ni Anaya, y mucho menos el PRI, que busca su forma en el reflejo de un espejo convexo, se prestan a la menor de las interrogantes. ¿Qué entendieron por democracia? ¿Cómo piensan que se puede construir una sociedad mientras aseguran que cada uno de ellos y sólo ellos, tienen razón?

Se ha hablado abundantemente de la contradicción en las coaliciones de partidos. Hay ahí un desprecio, en ocasiones políticamente válido desde la perspectiva pragmática, por la obsolescencia ideológica de los institutos políticos. Cada una de las coaliciones ha olvidado que si bien ninguno de sus miembros representan una inclinación definida, ese ente abstracto que se entiende como el ciudadano, pide un cierto nivel de congruencia entre los aspectos privados de su vida y el desarrollo público de ésta. López Obrador, desde la construcción de una convención de verosimilitud tan sólida como el tiempo que le ha dedicado, ha sorteado la inconsistencia de sus alianzas hasta hacerlas prescindibles en un juicio elaborado. La fragilidad del Frente, en cambio, no sortea la falta de verosimilitud de quien comparte un objetivo, pero no una causa común, cuando la decepción con la política, entre varios elementos, surge de la ausencia de una causa con la que la gente se sienta identificada. Sólo que las causas no exigen un proceso reflexivo de altos vuelos, resguardan al componente pasional que ni el PAN ni el PRI han sabido explotar. Les arrebataron el dominio de la demagogia.

Hemos pervertido tanto las nociones de propuesta, que nuestra democracia es la administración del miedo. De la exacerbación de temores legítimos para llevarlos a un límite en el que las inquietudes ciudadanas parten de la oposición, no de la identificación. ¿En verdad quienes apoyan López Obrador desde el convencimiento previo a su alianza con el único partido evangélico del país, votarían por su coalición sino fuera por lo que implican las otras opciones?

Ignoro si al momento de escribir estas líneas la campaña de Anaya aún tiene tiempo para hacerse de la verosimilitud que no ha logrado en los distintos escenarios de los que ha tenido que defenderse. Mientras sigan dirigiéndose a sus semejantes, tendrán los votos de sus semejantes. Sólo que con ellos no se gana una elección.

Toda exaltación de los miedos requiere de un temor real, muy probablemente fundado. Le he preguntado a distintos panistas, ex panistas, priistas y ex priistas qué tanto les preocupa la fragilidad del Estado mexicano ante el posible triunfo de López Obrador. La respuesta se adivina. Sin embargo, algunas respuestas se han modificado al dejarles ver que si este Estado es suficientemente frágil como para estar en el riesgo que suponen, esto implica que su trabajo en los últimos dieciocho años ha sido un fracaso institucional mayúsculo. Prefiero creer que no estamos en ese punto de peligro, tal vez me equivoque y espero no hacerlo. De ser así, nuestro problema es más grave.

Por lo pronto, veo una incompatibilidad que se suma a mi preocupación alrededor del provincianismo. De mi tránsito por escenarios medio orientales y mexicanos, contra lo que creí en una etapa de mi vida, me he convencido y encontrado ciertas coincidencias sobre la posibilidad de recuperar y mantener la seguridad, o menguar la corrupción desde lo comunitario sobre lo individual. De trabajar desde lo pequeño de las comunidades para crecer hacia lo grande de los países. La verticalidad de López Obrador en estos temas es incompatible con dicha posibilidad. Quizá ahí su gran falla de verosimilitud. Una parecida a los planteamientos del Frente y el PRI, que bajo pretexto de los tiempos no pasan del titular de la propuesta, del título incuestionable de una serie de ideas que no se han desarrollado dando la impresión de que al estar tan convencidos de ellas, no ven porqué habrían de explicarlas a los demás. Esos que no somos ellos y que por más voluntad que tengamos, simplemente no caemos en esa trampa positiva de la literatura con la que podemos entrar en una historia hasta creerla cierta.

De seguir así, para bien o para mal, el PAN y sobre todo el PRI tendrán que vivir sabiendo que su legado después de casi dos décadas no serán las reformas constitucionales, como les gustaría. El legado de la administración de Peña será López Obrador.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.
Twitter: @_Maruan.

 

Un comentario en “Apuntes sobre la verosimilitud política

  1. Muy buena crítica comparada entre los aspirantes, cada uno en su terreno (derecha, izquierda y centro), con estos comentarios ojalá que ANDRES MANUEL pueda comprender amplia mente; que el trabajo individual debe sumarse a la integración de hacer equipo, porque sólo así sacaremos al país adelante, la amenaza norteamericana es latente es para llamarnos a la unidad. felicidades por el artículo