José Suárez, un minero adolescente de Asturias, dejó atrás su vida y su país en 1937. Había participado en la insurrección del 34 y tenía claro su camino al exilio. Lo conocí a sus 91 años risueños y lúcidos, y a él debo mi acercamiento a la Comedia, el único libro que verdaderamente importaba leer, según él. Acaso José se identificaba con el exilio político de Dante; veía rastros de su propia vida que espejeaban en el peregrinaje del poeta desde el umbral del infierno hasta la salvación. Tal vez asimilaba con claridad los Pirineos, que cruzó cerca de Vielha, en mitad del invierno, hambriento y desfalleciente, a la montaña del purgatorio. O bien veía en los horrores del Infierno una imagen de la sombra del fascismo que empezaba a cubrir Europa; dolores además tan parecidos a los que sufrió él, al llegar por fin a Francia donde lo hicieron prisionero dos veces, en esos espantosos campos a la intemperie.

Como lo fue desde entonces para José, la Comedia ha vuelto a ser moderna y novedosa. Podríamos pensar que el atributo de las obras clásicas es que remontan el río del tiempo y a cierta altura exigen su historicidad, la recobran. O los lectores la recobran por ellas. Cada época recupera para sí los significados que necesita hallar en ellas. Así, una coincidencia las actualiza y las hace volver, una y otra vez, desde el pasado. El problema viene cuando el presente es demasiado amplio y denso. En Por qué leer clásicos, Italo Calvino anotaba lo difícil que es sumergirse en la lectura de autores como Herodoto, en mitad del barullo informativo de los periódicos. Eran los años ochenta. El barullo, el espesor del presente, es considerablemente mayor ahora. Con todo, una de sus definiciones afirma: “es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo”.1 Asombrosamente, hoy, una herramienta tan enajenante como Twitter, ha logrado difuminar la distinción entre el ruido de fondo y lo que de ahí se desprende. Cientos de lectores han emprendido la lectura de la Comedia para aplacar ese molesto ruido de fondo y a la vez para unirse a su estática. Dante ha vuelto al cuchicheo de tantas sobremesas, digitales o no, y comprueba que, como escribió Gabriel Zaid, “la cultura es una conversación cuyo centro está en ninguna parte”.

Ilustración: Kathia Recio

La lectura de Dante, contra lo que decía Borges, no es cosa demasiado fácil. Aunque sí muy grata. Entre el bullicio mediático el lector debe abrirse paso por los tercetos, entre cientos de personificaciones, alegorías y símbolos, referencias bíblicas y mitológicas a granel, largas disquisiciones y elipsis, símiles, perífrasis y el uso constante del hipérbaton, en las versiones españolas, que retuerce la sintaxis. Pero ese andar lector, tan arduo como hermoso, en que seguimos a Dante y a Virgilio, significa una primera felicidad. Sabemos, gracias a Franc Ducros2 que la terza rima de Dante es una genialidad al punto de que mimetizó la forma de caminar humana: un primer paso en el verso A, un espacio vacío en el verso B que permite el movimiento, y ese movimiento que llega por fin en el paso del segundo pie en otro verso A. La rima siguiente empieza con B. De modo que, como al andar se encadena un paso tras otro sobre el equilibrio de un arco entre ambas piernas, los tercetos caminan así: ABA BCB CDC, y etcétera. Toda la marcha se asienta en el suelo firme del ritmo endecasílabo, que tantas bellezas creó en nuestra lengua cuando otros italianos después lo exportaron a España. La Comedia es un largo poema en que caminamos con placer. Al poema largo, como género, se le ha calificado de poema de largo aliento o poema-río, y aquí se trata en realidad de un poema-camino o poema-caminata. Esa caminata señala por evidencia a Stendhal y su definición de la novela como “un espejo que se pasea por un gran camino”. En esa definición hay un hombre que carga un espejo cuyos reflejos observan los lectores. Ese hombre, antes de Stendhal o cualquier novelista, es Dante, el autor, y también Dante, la voz poética, que nos lleva por esa vívida geografía y sobre el espejo de su terza rima. El poema-camino tiene tantos personajes y tanta cercanía con nosotros como una novela realista, tan adentrada en el corazón del hombre como en el conocimiento teológico, moral, político y cultural de su época, de manos de un flâneur anacrónico, curioso y enamorado, que platica con quien se le ponga en frente, así sean almas en llamas, santos o héroes de la antigüedad.

Pero volvamos a Calvino. Curiosamente, Dante no figura entre sus clásicos. Sí llega a él, aunque por otros dos caminos; uno, a través de la novela de caballerías, en el famosísimo canto donde Dante se conmueve ante la penitencia de Paolo y Francesca, y quiere saber cómo se enamoraron. El camino —la emoción, dice Calvino— de la lectura de un episodio de Lancelot los hace imitar el beso de Galehaut y Ginebra: “el deseo escrito en el libro vuelve manifiesto el deseo experimentado en la vida, y la vida cobra la forma representada en el libro”.3 De modo que ella es “el primer personaje de la literatura mundial que ve su vida cambiada por la lectura de novelas, antes que don Quijote, antes de Emma Bovary”.4 Al decir “vida” se refiere a la vida, en el “realismo dantesco”, de un personaje que ama aun en el Infierno. Para Borges el Dante de carne y hueso, al escribir, siente acaso envidia de los condenados: “Paolo y Francesca están en el infierno, él se salvará, pero ellos se han querido y él no ha logrado el amor de la mujer que ama. [Los adúlteros] están juntos, no pueden hablarse, giran en el negro remolino sin ninguna esperanza, ni siquiera nos dice Dante la esperanza de que los sufrimientos cesen, pero están juntos”. La eternidad los une y, a pesar de su condena infernal, su amor se corresponde.

Precisamente Borges es el segundo camino por el que llega Calvino a Dante. Calvino elogia la maestría del argentino por cómo interpreta el episodio del canibalismo de Ugolino que devora el cráneo del arzobispo Ruggieri eternamente (Infierno, XXXIII). Calvino refiere entonces la idea borgeana del tiempo plural: las alternativas que perdemos y las decisiones que tomamos sólo tienen consecuencias irreversibles en el tiempo histórico real, “no así en el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la esperanza y al del olvido. Hamlet, en ese tiempo, es cuerdo y es loco. En la tiniebla de su Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres, y esa ondulante imprecisión, esa incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho”, escribe Borges.5 El tiempo del arte no es lineal, tampoco lo es una parcela de ese tiempo que llamamos historia literaria. En cierto modo, la escuela estructuralista, a través de Kristeva, calificó esa existencia conectada de las obras, a lo largo de los siglos, con la etiqueta de “intertextualidad”. Sin embargo —y a sabiendas de cómo esos conceptos hacen odiar la literatura a cientos de estudiantes— el asunto ya había sido poetizado por el mismísimo Dante, y esa es otra felicidad del texto. Veamos.

Para bajar por los círculos concéntricos del Infierno, llegar a la playa del antepurgatorio y alcanzar a Beatriz, a Dante lo acompaña su poeta, al que ha resucitado, y al que le dice en el primer encuentro:

Oh luz y honor de los demás poetas,
válganme el gran amor y el largo estudio
que me han hecho indagar en tu volumen.

Eres tú mi maestro, eres mi autor,
el único eres tú de quien tomé
el bello estilo por el cual me honran.

Mucho le debe a su Virgilio, sí, entre otras cosas el tema central del descenso a los infiernos. Convertirlo en su guía es, ante todo, un sincero homenaje, un reconocimiento de las deudas que cualquiera tiene con sus autores de cabecera, o de caminata. Más aún, es Virgilio quien le permite a Dante establecer el diálogo con los muertos, así se cruce con Mahoma o Ulises. Es válida aquí la metáfora conocida de la literatura como diálogo con los muertos. Otra prueba de esto es que una de las primeras alegrías de Dante, después de haber visto las peores condenas imaginables, de haber llorado piadoso hasta el desmayo, es el “relámpago de risa” que le provoca el poeta Estacio. Sin reconocer a Virgilio a su lado, Estacio expresa toda su admiración por su obra: “quiero decir la Eneida, la cual madre/ fue para mí, y nodriza, poetizando:/ sin ella no valdría ni un comino”.6 Más adelante, Virgilio le admite a Estacio que ha apreciado su obra gracias a Juvenal, quien bajó también al limbo: “por ti mi bienquerencia fue de aquellas/ que más nos ligan a alguien que no has visto”. Antes de que se apropien los versos unos de otros, los actualicen y reescriban —práctica llevada al extremo en la poesía contemporánea—, los poetas reconocen sus deudas entre ellos y las versifican. Su condición de sombras los deja en pie de igualdad.

Los muertos piden también noticias del mundo real; Cavalcante, presa de la angustia, quiere saber qué ha sido de su hijo, el poeta Guido Cavalcanti, amigo de Dante. Otros quieren que su memoria, allá en el mundo real, sea honrada, como Sapia, la envidiosa, que le dice a Dante en el Purgatorio: “Y por lo que más quieras, te suplico/ que si la tierra de Toscana pisas,/ mi fama entre mis deudos me repares”.7 Dante nunca deja de ser el heraldo entre los mundos, esa función del poeta exaltada por el romanticismo donde el bardo liga el ámbito divino (cielo y naturaleza) con lo terreno (el individuo). Dante también aparece como cronista de su época; muchos de los personajes que cruza, como Sapia, fueron sus contemporáneos, por veces tan inmediatos como los de un periódico moderno.

Así es que la Comedia, fruto de la impresionante erudición de Dante y compendio de los conocimientos teológicos, históricos y cosmológicos disponibles en su momento, es una biblioteca en movimiento, una síntesis vivaz que abre y cierra volúmenes, entrecruza datos para reordenarlos y reescribirlos. Contra la “ansiedad de influencias” que pregonaba Harold Bloom, Dante no quiere desplazar a su padre Virgilio ni a ninguno de sus precursores. Su diálogo con ellos es tan necesario como el camino mismo porque, al fin y al cabo, ellos te miran escribir, te ayudan, como sugirió en una carta D. H. Lawrence.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Investigador y editor en nexos en línea.