En la reedición de 1996 de su célebre libro de ensayos Contra la interpretación (primera edición de 1966), Susan Sontag agrega un epílogo a modo de advertencia. Pese a que afirma mantener la mayoría de los juicios estéticos que vertió allí, sostiene que el mundo que los volvió posibles ya no existe. Lo curioso es que el nuevo mundo en el que Sontag escribe ese epílogo promueve “las mezclas culturales y la insolencia y la defensa del placer que yo respaldaba por razones bastantes distintas”. Entre una publicación y la otra pasaron apenas 30 años, pero la norteamericana no duda en situar ambos momentos como pertenecientes a épocas inconmensurables.

El primero de enero de este año comenzó un fenómeno insólito: miles de personas de distintas partes del mundo aceptaron la propuesta de Pablo Maurette de leer La Divina Comedia y comentarla colectivamente a través de Twitter con el hashtag #Dante2018. Sin duda influyeron en el éxito de la convocatoria la estructura peculiar del libro, dividido en 100 cantos breves cuya lectura no consume demasiado tiempo, y la periodización de la lectura en un canto por día. Leímos la Comedia, en definitiva, siguiendo el ritual de las series.

La obra de Dante Alighieri empezó a publicarse en 1307. Nos distancian de ella más de 700 años. Me divierte imaginar, siguiendo el modelo de Sontag, cuál sería el epílogo que Dante escribiría hoy. ¿Cuántos mundos diferentes sucedieron entre el del poeta y el nuestro? Si un libro depende en gran medida de sus lectores, ¿qué puede haber en común entre La Divina Comedia del 1300 y la de hoy? Probablemente poco. Y seguramente no sea ese resto el que permita entender su pregnancia ni el éxito de la propuesta de Maurette. Más allá del virtuosismo de Dante, del esfuerzo sobrehumano de escribir una obra de semejante magnitud en preciosas tercinas, la riqueza de metáforas e imágenes que aparecen en ella y su rol decisivo en el pasaje de la cultura del Medioevo a la del Renacimiento, el poeta florentino la escribió con un propósito eminentemente moral. El recorrido por los tres grandes estratos del trasmundo es una pedagogía de la redención. Su construcción ascendente pretende causar temor ante los pesares del Infierno, dar pautas de acción respecto de los vicios que pueden enmendarse en el Purgatorio y exaltar la plenitud y la belleza del Paraíso, objetivo que debe proponerse todo cristiano de bien. Esa dimensión moral de esta enciclopedia del futuro de las almas hoy no tiene sentido. Esto no significa que La Divina Comedia no suscite reflexiones éticas —las discusiones en Twitter dan prueba de ello— pero difícilmente promueve pasiones que nos inciten a cambiar nuestra conducta.


Ilustración: Kathia Recio

En sus Lecciones de estética Hegel presenta la tesis de que el arte pertenece al pasado. Con esto no quiso decir que las obras artísticas fueran a dejar de existir, sino que su función, que para el filósofo no es otra que manifestar la verdad, ya no podría darse de manera inmediata. Arthur Danto ilustra esta idea con las latas de sopa de tomate Campbell’s de Andy Warhol: cuando las miramos lo primero que nos preguntamos es si son arte o no. Su inclusión en ese universo depende, en última instancia, de un argumento; deben darse razones (históricas, estéticas, institucionales) que certifiquen tal pertenencia. En otras palabras: arte y filosofía del arte, obra y crítica se vuelven mutuamente dependientes. Sin la segunda no existe la primera. La conmoción, de producirse, es eminentemente intelectual. Hegel diría que el arte ha sido sustituido por la filosofía.

El paralelismo con la dimensión moral de La Divina Comedia es elocuente: su lectura nos lleva a preguntarnos por el bien y el mal, por la justicia, por la jerarquía de nuestros vicios, por la posibilidad de redimirlos. Pero aun el peor castigo del Infierno difícilmente nos provoque miedo. No fantaseamos con que sea un destino posible, no creemos que modificar nuestra conducta vaya a salvarnos. No leemos la Comedia para saber cómo comportarnos ni para dimensionar la magnificencia de Dios. Como dice Hegel, aunque no refiriéndose específicamente a la Comedia: “Por más que contemplemos la dignidad y la maestría con que están representados el Padre Eterno, Cristo y María, todo ello ya no es capaz de hacernos doblar nuestras rodillas”. La disminución de su función moral redunda, inevitablemente, en la exaltación de su condición literaria. Borges, lector genial de la obra, da cuenta de esto a partir del foco de interés de los comentadores: “En las ediciones más antiguas predomina el comentario teológico; en las del siglo diecinueve, el histórico, y actualmente el estético”.

El auge de las redes sociales se debe a una serie de motivos específicos de nuestra época. Pero el trasfondo de su éxito se asienta en dos deseos transhistóricos del ser humano: el de formar parte de una comunidad y el de ser reconocido. Por eso es que toda crítica que apunte a la ansiedad por acumular “likes” y sumar seguidores es superficial, salvo que uno se declare enemigo de la especie. La materia de la que suelen nutrirse las sentencias de Twitter es la coyuntura: se comenta sobre política, celebridades, deportes y cualquier acontecimiento social de cierta envergadura. Esos temas son el suelo común que permite que gente que nunca vimos pueda sentirse interpelada por nuestros comentarios.

La irrupción de #Dante2018 modificó ese suelo común. Muchos de los partícipes, al menos entre los argentinos, que son los que más conozco, confesaron haber reemplazado la lectura del diario por el canto del día, la información por la ficción. Si ese pasaje pudo hacerse sin mucho esfuerzo fue porque, evidentemente, respondió a un deseo. La sobreinformación puede resultar agobiante. Quizás la lectura masiva de la Comedia responda a la necesidad de introducirse en un universo absolutamente ficcional, de intentar comprender una lógica ajena, una trama cuyas reglas sólo podrían trasladarse a la coyuntura de manera forzada. En este sentido, hoy leemos la Comedia como un peculiar libro del género fantástico, que presenta un mundo extraño a nuestro modo de vida contemporáneo y que se aleja de nuestras mayores preocupaciones sin dejar de tematizar problemas universales que uno estaría tentado de juzgar eternamente vigentes.

El escapismo, a pesar de ser una dimensión constante de las obras de arte, siempre tuvo mala fama entre los teóricos de la estética. Curiosamente, muchos de los motivos con los que se celebra la importancia del arte son paráfrasis de aquél. En otro de los ensayos que integran su libro Susan Sontag da una de las definiciones más contundentes y, a mi juicio, más exactas de la ontología del arte:

Una obra de arte no es nunca simplemente (ni siquiera fundamentalmente) un vehículo de ideas o de sentimientos morales. Es, antes que nada, un objeto que modifica nuestra conciencia y nuestra sensibilidad, y cambia la composición, si bien ligeramente, del humus que nutre todas las ideas y todos los sentimientos específicos.1

Aunque hoy leamos y comentemos a Dante para alejarnos, al menos por un rato, de nuestra cotidianidad y penetrar un universo radicalmente extraño (una de las formas del placer), la lectura colectiva de la Comedia no nos resultará indiferente. Modificará nuestra conciencia y nuestra sensibilidad. Por lo pronto, ya lo ha hecho con el humus que alimenta a Twitter.

 

Alejandro Virué
Graduado en filosofía (Universidad de Buenos Aires) y maestrando en literaturas de América Latina (Universidad Nacional de San Martín). Es parte del Centro de Estudios y Documentación Jorge L. Borges de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.


1 Susan Sontag, Contra la interpretación y otros ensayos, Debolsillo, Barcelona, 2007, p. 381.

 

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