Dante murió en la noche del 13 de septiembre de 1321. Tenía 56 años. Desde una década y media atendía la composición de su poema. En las últimas horas fue presa de una fiebre malárica que contrajo en el viaje de regreso de una embajada en Venecia. El austero estadista florentino exiliado en la corte de Ravena, que había encarado al papa Bonifacio VIII y censuraba sin reserva la corrupción del clero, el erudito que razonaba con los sabios de su tiempo acerca de problemas de geofísica y astronomía, el poeta íntimo y doliente de La vida nueva y el filósofo diserto del Convivio, él, Dante Alighieri, estaba delirando. La Comedia había llegado al fin. Las humillaciones de la vida —el destierro, el despojo y la condena a muerte— encontrarían reparación en el mensaje de paz y justicia que su palabra había lanzado al mundo. Todo lo he metido en ese libro, pensaba. Se sacudió el torpor, bebió un vaso de agua. A mitad del camino de la vida, repitió tres veces.

He visto el estado de las almas después de la muerte, he oído sus historias, me confesé con ellas y las interrogué; sufrí, me complací de sus penas y de su gloria, me colmé de su recuerdo y lo conté a los vivos. En principio sentía compasión por tanto sufrimiento, luego mi vista se aclaró y comprendí que no podía recelar de la sentencia eterna, que el juicio inapelable no es exiguo como el juego precario del intelecto humano, que la pacífica espera es la suprema disciplina de la mente. Llegué hasta el fondo del abismo para acertar dónde comienza la buena voluntad, trepé por el cuerpo peludo del diablo para ganarme la vía del purgatorio… Descubrir que en el centro de la Tierra, en el punto que atrae todos los graves, subsiste la religión adúltera del mal, no ha sido placentero, pero fue aquélla la primera pisada hacia el rescate. Caída, humildad, conocimiento… ¿Y Virgilio? Virgilio mi maestro y mi poeta… Sin él yo no hubiera entendido, ni hubiera encontrado el camino para volver a contemplar la luz. Sin su promesa y paso firme, sin su ecuánime mirada, sin su pagana sapiencia no hubiera merecido la travesía del cielo. No. Yo no he condenado a nadie… Ya escucho lo que soltarán mis detractores… Él, un hombre, decide quién es digno del premio y del castigo. Qué soberbia, qué falta de misericordia, qué arrogante invención literaria… No, yo no he condenado a nadie. Leí en el gesto de cada individuo las plagas y los mimos de la ofensa y de la gracia, leí el orgullo y la contrición, el dolo y la piedad. Grabé en mi memoria las máscaras volubles de la envidia, la fábula, el talento, el sacrificio y las llamas que ofuscan la condición humana; recurrí al principio de justicia que dicta la ciencia divina. 1300 fue el año del perdón, el año del gran jubileo… Viajé al más allá en la semana santa, fui sólo un peregrino con la deuda de portar mi testimonio. Lo vi, oí y lo escribí. ¿O todo ha sido un sueño? Ahora que torno al más allá, ¿voy a probar otra verdad? ¿Existe otra verdad? ¿Me picaron, como ahora me picó este mosquito, los siete demonios y estuve delirando?

¿Qué pensará de la Comedia la gente del futuro? ¿Hay razones para creer que todavía habrá esperanza? Comencé el camino por tierra con una profecía, al principio del infierno, con otra profecía lo concluí al final del purgatorio. No son enigmas de la lengua, tampoco son palabras que yo pesqué al azar. Lo que vi en el eterno presente del destino, lo atraje en cada verso, en cada rima, y mi parábola calca un contorno real. Oculté algo por política decencia, algo por vocación del arte: jamás la superficie del poema sofoca el credo que me ha sido revelado. ¿Llegará ese tiempo sin estigma y profecía, cuando todo esté cumplido y no haya algún indicio del futuro? ¿Un siglo que renuncia a la oferta de la luz? No. Estoy delirando… la historia sin el argumento de la fe… es el contagio, el mosquito, el más allá me espera… Sería como un libro escrito a partir de las palabras, la falacia de la poesía inocente, en vez de la palabra esclava que libra la lógica del símbolo en acción. ¿Un mundo al revés? ¿El diablo en el centro de la Tierra dará un golpe a la armonía del cosmos? No, es el mosquito, el mundo no se hunde tan abajo… Pero ¿por qué me lo imagino? ¿Por qué acelera tanto esta tremenda fantasía? La palabra es la forma del significado, del significado, sí, el visionario de los nueve…

Maestro de Dante fue Brunetto Latini, autor de Los libros del tesoro, enciclopedia de vasta influencia en la Edad Media. El joven trovador de La vida nueva cantó su pasión por Beatriz, mujer transfigurada en criatura del cielo venida a la Tierra para mostrar un milagro. A su muerte, Dante cayó en una trágica y febril melancolía, de la cual lo redimió otra mujer: Filosofía. Es el origen del itinerario espiritual que lo condujo hacia las cumbres del Convivio y la Comedia. Afiliado al partido de los güelfos, Dante fue priore de Florencia en 1300 (el priorato era el organismo que regía el gobierno ciudadano, delegado a siete representantes de las artes y los oficios por un periodo de dos meses). Dante fue proscrito en 1302 y nunca volvió a su ciudad. Compuso la Comedia en las etapas del exilio, en distintas cortes del norte y del centro de Italia. En 1313 murió Enrique VII de Luxemburgo, en el que Dante veía encarnado su programa político imperial, idea vigorosa en el diseño unitario del poema: la separación entre la Iglesia y el Estado, el Imperio como garante de la paz y la concordia en la Tierra. Dante argumentó la tesis en La Monarquía, libro condenado por la Iglesia y rehabilitado a finales del siglo XIX. Algunos años después de la muerte de Dante, Giovanni Boccaccio calificó la Comedia de divina. En 1555, en Venecia, Gabriele Giolito de’ Ferrari imprimió una edición del poema con el título Divina commedia.


Ilustración: Kathia Recio

Del significado en la Comedia

¿Qué significa la Comedia? En la Carta al Can Grande, glosa de autor que proporciona claves e instrumentos de lectura, Dante nos avisa que el poema es un tratado de filosofía moral, que supone cuatro niveles de interpretación y que es polisemos, “es decir, tiene muchos sentidos”. La tradición del texto doctrinal que encubre, o devela, una evidencia tras otra, está sintetizada en un dístico de Agustín de Dacia, monje danés del siglo XIII:

Littera gesta docet, quid credas allegoria
moralis quid agas, quo tendas anagogia

que conviene parafrasear así: el sentido literal manifiesta los hechos, la alegoría las cosas en que tenemos que creer, el sentido moral las cosas que debemos hacer y el sentido anagógico las cosas a las que tenemos que aspirar. Los cuatro sentidos eran la clave exegética del Libro sagrado y Dante aplica el esquema a la Comedia. Lo concreta en la Carta con el análisis del Salmo 113:

Para que resulte más caro este procedimiento, consideremos los versículos siguientes: Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro, se convirtió Judea en su santificación e Israel en su poder. Si nos atenemos solamente a la letra, se alude aquí a la salida de Egipto de los hijos de Israel en tiempos de Moisés; si atendemos a la alegoría, se significa nuestra redención realizada por Cristo; si miramos el sentido moral, se alude a la conversión del alma desde el estado luctuoso del pecado hasta el estado de la gracia; si buscamos el sentido anagógico, se quiere significar la salida del alma santa de la esclavitud de nuestra corrupción hacia la libertad de la eterna gloria.

¿Tendríamos que aplicar este criterio —nosotros, ciudadanos del siglo XXI— a cada verso y a cada terceto? Como decía Ezra Pound en un ensayo dantesco, no podemos traducir al barroco la iglesia románica de Saint-Hilaire de Poitiers. No podemos mudar al sistema cultural que nos contiene, de forma mecánica y llana, conceptos e imperativos de una época que hacía del espíritu un objeto cotidiano y del dogma y la liturgia una moneda de curso corriente. En la Edad Media todo era materia de lectura y escalaba los grados del lenguaje sensible para elevarse hacia las áreas impertérritas de la trascendencia. El tópico del gran libro del mundo expresa el anhelo a recibir cualquier suceso como seña divina, el fenómeno físico y el paso de los días, la guerra y la cosecha, la hoguera y la locura. Todo se lee, todo significa, y significa, a través de la variada retórica del cosmos, la verdad eterna.

En tal estética y ética del fin, la historia determina el acuerdo de los hechos, su vigencia; no es el repertorio de los casos lo que ordena y motiva la historia. Descifrar en el Viejo Testamento un pronóstico del Nuevo era una experiencia común y necesaria en el mapa escatológico del tiempo. Erich Auerbach, en un artículo de 1938, denominó este procedimiento “interpretación figural”, aclarando cómo pasado y presente y futuro coexisten en una perspectiva vertical nutrida por la trascendencia. El modelo aplicaba también para el orbe pagano, que se cristianizaba en pos de afinar la consecuencia de las obras y sus alcances en torno a la bisagra de la redención. El Ovide Moralisé, un poema francés coevo a la Comedia, reivindica los mitos de las Metamorfosis de Ovidio como presagios del catálogo cristiano: Licaón coincide con Herodes, la caída de Faetón representa la de Lucifer, Tiresias encarna a los profetas, y así continuando… Donde Virgilio, en la cuarta Égloga, escrita hacia el año 40 antes de Cristo, por boca de la Sibila anuncia el nacimiento de un niño que traerá al mundo una nueva edad de oro, aludiendo tal vez a Octaviano, heredero de César y que más tarde sería Augusto y mecenas del poeta, la Edad Media admite el vaticinio como exacta profecía de la venida de Jesús. La apostilla remonta a otro emperador, Constantino, cuyo programa de legitimación del cristianismo es ostensible y porta secuelas milenarias.

El inventario propuesto baste para medir el contexto en el que opera la mente medieval, anclada en la creencia de la armonía del tiempo, de su término y su finalidad. La Comedia refresca y vigoriza este horizonte y nosotros, desde un afuera que dura siete siglos, contemplamos y medimos la distancia que la historia nos asigna. Tal brecha es el foco que ilumina el significado del presente. La sustancia que de un verso dantesco desechamos —alegoría o anagogía o profecía— es lo que nos define; la esencia que un hombre medieval rechazaría de nuestro credo —democracia o tolerancia o principio de igualdad—, que ni siquiera entendería, es la razón que lo acredita.

Al cruzar la selva oscura el camino de Dante es obstruido por tres fieras, primer encuentro pasmoso y primera figura cifrada. La pantera, el león y la loba son alegorías, coinciden los dantistas a lo largo de los siglos; la pantera es la lujuria, el león la soberbia y la loba la avaricia, de acuerdo a la definición tradicional. Razones no faltan para suscribir dicha conclusión. La pantera, u onza, “de una piel con pintas se cubría”,1 atributo de Venus. En la Eneida la diosa menciona a sus hermanas “con una piel de lince maculada”.2 El león se presenta “con la cabeza erguida y hambre fiera”3 y en los bestiarios se asociaba a la soberbia. La loba “que todo el apetito/ parecía cargar en su flaqueza” y “que nunca sacia su ansia codiciosa”,4 deja filtrar del enunciado la clave de la glosa: las tres fieras derivan de la visión de Jeremías5 y la exégesis bíblica fijaba el corolario.

Cristoforo Landino, a finales del siglo XV, argumentaba que la pantera es el placer, el león es el honor y la loba es la utilidad. Un informe moderno, propuesto por Guglielmo Gorni, alega que la fiera es una y trina, afín a Lucifer, que presenta tres caras en una cabeza cual parodia de la Trinidad. El crítico nota que después de la pantera Dante no ve al león, sino “la imagen de un león” y enseguida, sin ninguna transición que guiara la mirada de un animal a otro, describe a la loba, casi fueran presencias fantasmales surgiendo en progresión. Gorni hace confluir el sentido de la tríplice visión en la codicia, que compendia el significado de las tres.

Otra lectura colige las tres disposiciones del alma que ilustra la Ética nicomáquea de Aristóteles, obra comentada por Tomás de Aquino y de vasta difusión y autoridad en la Edad Media: incontinencia, la pantera; loca bestialidad, el león; malicia, la loba. De tal manera, en las tres fieras quedarían encarnadas las tres modalidades del pecado que fundan la geografía infernal, según lo explica Virgilio:

¿Ya no te acuerdas de aquellas palabras
que reflejan en tu ÉTICA las tres
inclinaciones que no quiere el cielo,

incontinencia, malicia y la loca
bestialidad? ¿y cómo incontinencia
menos ofende y menos se castiga?6

Los pecados menos graves —lujuria, gula y avaricia— son representados por la incontinencia; desidia e ira por la bestialidad; los últimos dos —envidia y soberbia, penados en el fondo del abismo—, por la malicia. Tal enfoque abarcaría una instrucción más consistente, orientada hacia el alcance general de la Comedia, solución que al beneplácito inmediato de un sentido antepone la fórmula geométrica del viaje.

La discusión no ha terminado, valga como indicio de la suma de variables que ofrece la interpretación.

 

Marco Perilli
Editor y escritor. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Este texto presenta algunos fragmentos de un libro de próxima publicación.


1 Infierno, I, 33. Las citas proceden de la siguiente edición: Dante Alighieri, Divina comedia, edición de Giorgio Petrocchi e Luis Martínez de Merlo, Cátedra, 2001.

2 Eneida, I, 323.

3 Infierno, I, 47.

4 Ib., pp. 49-50 y 98.

5 Jer., V 6.

6 Infierno, XI, pp. 79-84.