En diciembre pasado el profesor argentino Pablo Maurette convocó, con un éxito formidable, a comentar en Twitter, al ritmo de un canto por día, La Divina Comedia de Dante Alighieri. ¿Cómo un autor y una obra compleja pueden animar una conversación masiva con participantes de distintas edades, condiciones y formaciones? Acaso este logro inesperado ilustra la paradójica condición de muchos clásicos: por un lado, aparentemente inaccesibles, cubiertos de bronce, distorsionados por las ideologías y aplastados por una cantidad apabullante de literatura secundaria e industrias críticas y, por el otro, espontáneamente hospitalarios, elásticos y abiertos a nuevas interlocuciones. La capacidad de frecuentación de los clásicos implica, de entrada, sacudirse el miedo escénico y recuperar la confianza en el gusto y la apreciación personal. En efecto, es factible que cualquier lector se sienta iluminado por una obra clásica, como la Comedia de Dante, sin necesidad de tener una formación literaria, conocer el idioma en que se escribió o ser experto en la historia de la época. Por supuesto, un mayor conocimiento del contexto, de la trayectoria del autor, de la lengua y de la inmensa masa de símbolos y referencias que maneja tiende a incrementar el placer y mejora la intelección; sin embargo, frecuentemente el más ligero soplo de un clásico logra motivar y seducir, y lo demás viene por añadidura.

Nada extraño resulta, por otro lado, la fascinación que ejercía Dante desde que su obra comenzaba a circular y su fama en vida se acrecentaba. La historia que narra Dante en su Comedia, pese a su longitud y la complejidad de su elaboración e interpretación, es atractiva para cualquiera: se trata de una aventura ultramundana donde se combinan los motivos del amor, la enmienda moral y religiosa y la lucha entre el bien y el mal. El escenario de esta aventura es espectacular e implica una verdadera superproducción en la que aparecen centenas de personajes (mujeres y hombres reales, figuras religiosas y seres mitológicos), cuyos rasgos suelen revelarse en unos cuantos trazos y cuyas venturas y desventuras resultan estremecedoras. Así, el ambicioso relato teológico y filosófico de fondo es amenizado por los recorridos sorprendentes de los viajeros, las confesiones picantes o conmovedoras de los pecadores o bienaventurados, las apariciones de los monstruosos verdugos o las impresionantes escenografías infernales o celestiales. La calidad y fluidez de la trama, la originalidad e intensidad de sus escenas, la viveza de sus personajes, lo terrible y sublime de sus paisajes y la musicalidad de su factura son rasgos que atrapan al lector. Por lo demás, curiosamente la lectura de una obra tan monumental y a ratos hermética, como la Comedia, tiende a suscitar una honda simpatía con el drama y la grandeza humana de su autor-protagonista, pues su biografía consiste, en muchos sentidos, en la biografía de su obra.

Ilustración: Kathia Recio

Dante Alighieri (1265-1321) nace en Florencia, pierde muy joven a su madre y vive con el padre casado en segundas nupcias. A los nueve años conoce a Beatriz y se enamora para siempre de ella antes siquiera de haberle hablado. Jura que le cantará como a nadie se le ha cantado en el mundo. Tiene una curiosidad intelectual inmensa y logra una educación refinada: aparte de la lengua vulgar, habla latín y conoce provenzal; se acerca a las principales escuelas poéticas de la época, abreva de la filosofía, las ciencias y la teología, se une al gremio de los boticarios y participa activamente en la política de su tiempo. Escribe poesía y diversos tratados de retórica, política y filosofía, que exhiben rigor y originalidad y que por sí solos pudieron haberle otorgado la posteridad. Se casa y tiene varios hijos, sin que casi mencione a su mujer o su vida familiar. En 1302 sus actividades políticas provocan que lo exilien, vive a partir de entonces una existencia nómada, de conspiraciones, nostalgias y amarguras exaltadas; una existencia, a veces de paria, arrimado a cortes que solicitan su ingenio. Pese a su melancolía y afanes nunca volverá a su patria. La Comedia es su autobiografía velada en obra magna: con ella cumple su promesa a Beatriz y, al mismo tiempo, esboza sus cuitas de desterrado, despliega sus ideas políticas y filosóficas, expresa su devoción y lava sus rencores. Se trata de una obra insuperable de la imaginación punitiva y de la fantasía lenitiva.

Todos conocen la anécdota: un hombre de mediana edad, el propio Dante, se extravía en una selva oscura y es amenazado por fieras, cuando se siente perdido aparece el espíritu de un poeta admirado, Virgilio, quien ha sido enviado por su amada Beatriz, ya moradora del cielo, para conducirlo en sus primeras etapas por los reinos eternos. Dante y su guía cruzan el vestíbulo del infierno, el limbo donde habitan los desventurados que murieron sin bautismo o no conocieron la verdadera religión, luego, los diversos círculos habitados por lo que fuera la fauna humana más nociva donde confluyen lujuriosos, golosos, asesinos, falsarios, iracundos, aduladores, avaros, traidores o sembradores de escándalos. La clasificación de pecados es detallada y los castigos constituyen un dechado de rigor mental y crueldad. Los réprobos son deshumanizados grotescamente y sometidos a penas que potencian dolorosamente sus vicios y se los recuerdan por toda la eternidad. Por lo demás, muchos de los supliciados son personajes bien conocidos de la época, lo que sin duda genera cierto morbo. Tras su periplo por el infierno, Dante y Virgilio se dirigen a la montaña del purgatorio, donde se redimen los que se arrepintieron de último minuto y los culpables de pecados capitales. Con el recorrido por el purgatorio termina la misión de Virgilio y pronto aparecerá ante Dante la imagen luminosa de Beatriz, quien lo guiará por los nueve cielos donde habitan los bienaventurados, y donde, poco a poco, las palabras se agotan ante lo innombrable de la belleza y la felicidad eterna.

Esta obra puede acumular adjetivos antagónicos: alegórica y confesional, abstracta y anecdótica, compasiva y sanguinaria. Constituye un episodio de elucubración y ficción, tan creativa como vindicativa, en el que el autor manifiesta su saber enciclopédico y decanta su rica experiencia vital, inserta en el fragor político de la época. Porque si la Comedia es una suma de la sabiduría de su tiempo, también es un poema militante, lleno de filias y fobias políticas, en el que el poeta hunde en el infierno a todos sus enemigos y halaga a sus mecenas y amistades. Y, sin embargo, su fuerza simbólica, su belleza y su poder revelador se imponen sobre las tensas circunstancias de su hechura. La Comedia deja ver una ambición de conocimiento y una audacia teológica (con un puñado de condenas y salvaciones sorprendentes) que lindan con la herejía; una extraordinaria erudición filosófica y sentido común político; un conocimiento diestro del arte de la composición y el oficio poético y, por si fuera poco, un lenguaje inaugural, preñado tanto de la espontaneidad del habla popular como del toque del genio. Así, este fresco de lo más refinado de las culturas pagana y cristiana, este relato de transformación personal, este retrato de la bondad y la maldad humanas y este homenaje al amor y la mujer se reúnen en una prodigiosa aventura que, además, tiene una solución profundamente inquietante, pues al protagonista Dante no lo salva su propia fe, ni la misericordia divina, sino el amor y la infinita piedad de Beatriz. Es entendible que esta obra haya producido, y siga generando, reverberaciones infinitas en las artes y la cultura y que, ahora, se haya convertido por unas semanas en motivo de conversación de las más concurridas tertulias virtuales.

 

Armando González Torres
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Es el decir el que decide y Salvar al buitre.