Infierno, canto 24. A medida que Dante y Virgilio se adentran en el octavo círculo el aire se espesa y el terreno se vuelve cada vez más arduo, más rocoso y empinado. Malebolge, destino final de los fraudulentos, es una sucesión de fosas llenas de brea o de excremento, de arenas ardientes, de lenguas de fuego, conectadas por riscos y puentes, algunos de los cuales están en ruinas desde el terremoto que sacudió el universo en el instante de la muerte de Cristo. Para salir de la sexta fosa, en la que penan los hipócritas, los poetas tienen que escalar. Si bien Virgilio (ingrávido y fantasmal) lo alza y le da un envión, al llegar al confín de la séptima fosa, destino de los ladrones, Dante está exhausto. Es como si alguien hubiese ordeñado todo el aire de mis pulmones, dice el poeta —una de tantas evocaciones del mundo agropecuario en que abunda el largo trayecto por Malebolge—. Al verlo sentado Virgilio lo reprende con un discurso digno de un orador motivacional. “Ahora es preciso que sacudas tu pereza […] porque no se alcanza la fama en blanda pluma ni al abrigo de las colchas; y el que sin gloria consume su vida deja en pos de sí el mismo vestigio que el humo en el aire o la espuma en el agua”, traduce Ángel Chiclana. El efecto de la arenga es inmediato. Dante se incorpora y retoma el camino. La buena estrella que lo guía por el inframundo hacia el centro de la tierra, donde espera Lucifer atrapado en un lago de hielo, y que lo guiará durante la ascensión de la montaña del Purgatorio hasta el Paraíso, hasta Beatriz, hasta Dios, ilumina también el espinoso camino a la fama.


Ilustración: Kathia Recio

700 años más tarde miles de personas se congregan a diario en el ciberespacio para celebrar la poesía que le dio merecida fama a Dante Alighieri. El primero de enero se lanzó una lectura masiva y abierta de La Divina Comedia en Twitter. Se trata de una lectura a la vez solitaria y colectiva; leemos, en palabras de Walt Whitman, “alone together”. Primero, a solas con el Dante, se lee y se relee, se va y se vuelve de las notas al texto y del texto a las notas, se subraya, se toma, acaso, alguno que otro apunte. Luego, en el espacio virtual que se abre con el hashtag (#Dante2018) empieza el intercambio de impresiones, de preguntas y respuestas, los lectores expresan dudas, comparten ilustraciones, selfies, enlaces a videos de recitaciones famosas del texto, o a artículos sobre el canto del día, GIFS, videos y música alusiva. Contra todo pronóstico, contra todo prejuicio sobre la banalidad endémica en las redes sociales, la experiencia es enriquecedora y, me atrevería a agregar, profunda. Participan eximios dantistas y participa gente que nunca ha leído La Divina Comedia. Participan artistas y políticos, abogados y economistas, médicos y periodistas, físicos, matemáticos e ingenieros, profesores y deportistas, filósofos, cineastas, comerciantes, jueces, músicos, poetas, estudiantes, psicólogos, jubilados y desempleados. Participan lectores de todos los países de América Latina, pero también hay gente leyendo en Estados Unidos y Canadá, en España, Francia e Inglaterra, en Suecia y en Italia, en Australia, en Japón y hasta en Papúa, Nueva Guinea. El tiempo se cuenta en cantos (hoy, cuando escribo, es sábado 34 del Infierno). El espacio es abierto, cada participante decide a qué lectores seguir y con quiénes interactuar, haciendo así curaduría de su propia tertulia virtual. El espacio es horizontal de modo que neófitos conversan con especialistas, famosos con desconocidos, identidades ficticias con identidades reales, e individuos con instituciones. La propuesta es totalmente libre y cada quien decide cuán seriamente involucrarse, qué edición de la Comedia usar, en qué idioma leer, etcétera. Hay una sola consigna, tan simple como fácil de seguir: se lee y se discute un canto por día. Esto —y la extensión de cada canto, que nunca supera las cinco-seis páginas— permite algo cada vez más raro en esta era de la distracción: la lectura de cerca. Cada día los lectores se concentran en un canto, lo desmenuzan, describen su estructura, discuten palabras y referencias puntuales, intercambian interpretaciones, aportan detalles contextuales que iluminan (y a veces oscurecen) la lectura, establecen paralelos con cantos anteriores, con la mitología y la literatura clásica, con la Biblia y más. La ironía es estupenda: las redes sociales e internet, instrumentos de la distracción, fomentando la concentración.

Creo que esta red social se presta particularmente bien para el proyecto. De hecho, la experiencia de lectura colectiva me lleva a pensar en el tweet (o tuit), el TL (o “time-line”, es decir, la colección de todos los tuits de un usuario) y Twitter en tanto sumatoria total u horizonte último de todos los TL, como plataforma literaria y hermenéutica. El tuit como género tiene dos virtudes. En primer lugar, es heredero de una tradición antiquísima, el aforismo, que se remonta hasta la antigua Grecia y seguramente más allá. El aforismo tiene, gracias a sus orígenes oraculares, el don de la ambigüedad; tras un velo de simpleza sugiere un más allá semántico donde brillan distintos niveles de sentido que invitan a la discusión. Pero el atractivo se debe también a su brevedad, lo cual me lleva a la segunda gran virtud del tuit: la ley de los 280 caracteres (antes eran 140 y me atrevo a asegurar que #Dante2018 no habría prosperado con tuits tan cortos). Mucho se ha criticado esta arbitrariedad. A mí me parece la nota más interesante de Twitter, pues lleva al tuitero a sopesar lo que quiere decir aunque sea de manera rudimentaria y al vuelo, lo obliga a editar, a corregir, a retocar. La eficacia y el impacto son así una cuestión de estilo. En Twitter importa el cómo mucho más que el qué. Al igual que en la literatura, o en el arte en general, la forma precede al contenido y lo produce, no viceversa. Por último, Twitter está compuesto de usuarios que son a un tiempo escritores, lectores y críticos, que dialogan y monologan, vituperan y declaman, se agreden, se adulan, se cortejan y se acompañan generando un espacio que es, a la vez, género y obra, medio y mensaje, texto y contexto, una máquina autopoiética incontenible, un work-in-progress perenne que se autorregenera, se reformula y se renueva segundo a segundo. Su pluralidad abrumadora, su versatilidad y su perfecta horizontalidad, que se traduce en esa polifonía incesante y esquizofrénica, bastan para consolidarlo como un fenómeno lingüístico, discursivo y literario sui generis.

La Divina Comedia comparte algunas de estas características y tal vez también por eso sea Twitter el espacio donde este fenómeno se gestó y donde crece y gana en voces día tras día. No estoy sugiriendo que Twitter sea un medio ideal para comentar a Dante, ni mucho menos. La mayor virtud que tiene esta red, su brevedad, es también su mayor defecto. Abordar cualquier tema en profundidad, dar cuenta de la complejidad abismal del texto, sus sutilezas, sus múltiples capas de sentido, su asombrosa intertextualidad, es sencillamente imposible. Y los grandes ensayos sobre la Comedia (Borges, Mandelstam, Auerbach, Croce, Barolini y tantos otros) siguen y seguirán siendo las fuentes más ricas de exégesis dantesca. Pero hay algo en Twitter que se conjuga bien con esta obra. Su polifonía, por cierto, su vastedad y su variedad, su sincretismo desbordado, si consideramos el contenido. Pero hay, además, curiosas afinidades formales. La métrica dantesca está articulada en terzinas (unidades breves, de tres versos) que se suceden al ritmo de la terza rima, el terceto encadenado, la forma poética inventada por Dante para escribir su obra magna. La canción dantesca se va desplegando de manera tal que uno avanza retrocediendo; la rima anticipa un sonido que viene y refiere a uno que ya pasó, y los sonidos se van entrelazando a través de asociaciones rítmicas, musicales y semánticas, generando una prosodia exquisita y una narración que progresa vertiginosamente durante 100 cantos. En el largo viaje que es la Comedia las pausas que hace Dante el peregrino son breves, apenas el tiempo necesario para que el protagonista tome aire; más que pausas narrativas son cesuras. La sensación al leer es que el texto podría seguir ad infinitum. Pero, claro, el mundo de Dante (el real y el imaginado, o revelado) es finito. Hay Dios, hay Juicio Final y hay fin de los tiempos. Es un mundo con límites, a diferencia del nuestro. La Divina Comedia se cierra con el verso 146 del canto 33 del Paraíso. Nuestra lectura termina el martes 10 de abril. Twitter, en cambio, sigue. Y sigue.

 

Pablo Maurette
Escritor y profesor de literatura comparada en la Universidad de Chicago. Es autor de El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto.

 

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