Sería 1975 o 1976. La memoria es nebulosa, imprecisa. Eran mis primeros años como profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Le di un “aventón” a un estudiante. Una rutina en aquellos tiempos, antes de que viviéramos atrapados por la realidad y la fantasía de la inseguridad y la violencia. Se explicó sin que hubiese necesidad:

—No entran los camiones a C.U.

—Es que es 2 de octubre, le respondí.

—¿Y?

Estuve a punto de bajarlo del auto. No habían pasado ni 10 años de la matanza de Tlatelolco y a un estudiante universitario la fecha nada le decía. Hoy, luego de tantos años, me parece elemental y evidente que lo que para uno resulta significativo —en la memoria— para otros puede ser nada. Por ejemplo, cuando estoy en clase hablando de eventos electorales que me parecen importantes tengo que narrar el a,b,c de los comicios de 1988 o 2000 que a mi generación —creo— le dicen mucho, porque a los jóvenes de 18 o 20 años le resultan una referencia vaporosa si no es que una entelequia. Y es natural, decimos para consolarnos.

Ilustración: Jonathan Rosas

Lo que sucede es que:

• No existe lo que unos llaman memoria colectiva. Es una ficción. A lo mejor algunas efemérides, nombres de personajes relevantes, batallas o cierta tontería mayúscula, son recordados y compartidos por muchos gracias a los esfuerzos escolares, pero hasta ahí.

• La memoria es siempre individual. Hay tantas memorias como individuos.

• No hay vida sin memoria.

• Somos nuestra memoria. Ella nos modela, nos hace ser quien somos. Por ello, además de los atributos físicos, es lo que nos hace a cada uno de nosotros únicos e irrepetibles. Existimos con nuestras memorias a cuestas y ellas y nosotros somos lo mismo. Inseparables, hasta el momento de la demencia senil o el Alzheimer.

• La propia experiencia, en el sentido más amplio, construye nuestra memoria. Lo que vivimos, lo que hemos oído, visto, leído, gozado y sufrido forman parte de nuestra memoria.

• La memoria es decreciente, evanescente, además de selectiva.

• Unos más y otros menos hacemos esfuerzos por preservarla. Cuando recordamos, contamos, escribimos sobre eventos del pasado, conversamos, filmamos, estamos intentando que la memoria no se evapore. El afán por fijarla, transmitirla, es connatural a la existencia de los hombres en sociedad.

• Sin memoria la vida se seca. El presente perpetuo no sólo es imposible, sino carece de sentido. Ese sentido sólo es acuñado por el pasado en la memoria y por las ilusiones y proyectos.

• La historia (las historias), las crónicas, los testimonios intentan recuperar las memorias, que no se borren por completo, que algo del pasado sea transmitido al presente y al futuro. Es el rasgo más sobresaliente de eso que llamamos humanidad.

• Las comidas familiares (cuando las familias son medianamente armónicas), con amigos y compañeros suelen producir el gozo de las memorias compartidas. Esas memorias entrelazadas certifican que algo o mucho nos es común, y suelen forjar lazos de cariño.

• Todos hemos estado en reuniones en las que un subgrupo rememora emocionado estampas de su pasado. Inmediatamente se forma un cerco y quedan fuera los que no comparten memoria. Se sienten excluidos. Lo están.

• Esos intercambios de memorias son la constatación palmaria de que estamos solos y vivimos acompañados. Solos, porque nadie tiene una memoria como la propia. Acompañados, porque hemos forjado memorias comunes con un puñado de personas a lo largo del tiempo.

• No se puede viajar al pasado; pero la memoria es el pasado que nos escolta.

• La memoria puede desfigurar el pasado; pero ese pasado desfigurado es el que nos conduce.

• La jerarquía de los recuerdos la establece la memoria, muchas veces, a pesar de uno. Tiene, en ese sentido, vida independiente. Por ello lo que para uno es relevante para otro resulta insignificante o inexistente.

• La memoria es el espejo fiel o distorsionado de nuestro pasado. Casi siempre nos reconocemos en él, aunque en ocasiones quisiéramos romperlo.

• La memoria también inventa, protege, filtra. Es una herramienta dúctil, pero en ocasiones puede convertirse en una forma de tortura.

• De vez en vez hay que desempolvar la memoria. Y una fórmula probada es la conversación.

• “Hundirse en la memoria”, dice uno; y remite a perdernos en un laberinto sin brújula ni puntos de referencia.

• ¿Hay un momento en la vida en el cual la capacidad de atracción de la memoria se impone al presente y al futuro?

• La memoria muere con nosotros. Y saberlo no ayuda.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

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