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Carlos Fuentes: Una familia lejana. Biblioteca Era, México, 1980, 214 pp.

No es una hipótesis: es el tránsito terrible entre su cuerpo de ayer y su espectro de mañana; la presencia difícil, el enfrentamiento irremediable del que no todos vuelven como partieron: herencia y memoria, vida, extraviadas en los pasillos profundos de una historia personal, truncada como el mobiliario al uso para una obra de teatro: la realización del sueño o su fracaso. El encuentro que descubre, matiza, evapora, la inutilidad de fáciles o caprichosas conclusiones. «No tengo ni tendré los derechos ni los poderes para interpretar nada, variar nada, entrometerme en los túneles de esta historia soberanamente indiferente a mi persona», confiesa el narrador principal ya cerca, inevitablemente próximo e indefensos ante las últimas páginas del relato.

El precio por el que un hombre (el conde de Branly) se mueve enmedio de una vejez cómoda y sabia; el mecanismo que lo conduce a la conversación, más decidida que confiada -el eje discreto de Una familia lejana-, donde Fuentes queda convertido en el nuevo narrador de todo lo que en ella se le ha confiado. El camino por el que este Branly se descubre como un conocedor del mundo avant la letre («Hay más misterio en el gesto de una estatua que en el capricho de una reina», señala al paso en alguna ocasión), como una persona conciente de los hilos de cuanta trama exista; la lucidez que suele acompañarlo incluso en los momentos en que aparece más expuesto al escrutinio descortés de los otros. Es la habilidad para invocar una complicidad sin condiciones en el personaje narrador de Fuentes «Muchas veces le he dicho a usted que no podía anticiparle los hechos de esta narración aunque la hubiese vivido, porque una cosa era vivirla y otra narrarla»/ «El arte, ve usted, y sobre todo el arte de narrar es un desesperado intento por restablecer la analogía sin sacrificar la identificación»), la misma complicidad que después le permitirá a Branly escurrirse hacia la muerte, envuelto en una misteriosa historia por él contada. El cuidado, en fin, por el que a la edad de ochentaitrés años ya todo puede parecer tan distante y ajeno como el temor mismo, el verdadero motor de la vida y el relato de Branly, su familia más próxima de fantasmas.

Atrás de la historia narrada por este conde, atrás del relato que incluye al arqueólogo Heredia y a su hijo, se encuentra el tono fingido de un anciano que, dice, vivió «todas las épocas, bellas y feas, todos los años, locos y razonables, dos guerras mundiales y una pierna herida en Dunquerque, cuatro perros, tres esposas, dos castillos, una biblioteca fiel y algunos amigos». La voz de un octagenario incapaz de recordar (acaso algo más personal que su propia narración, ya no por el veneno natural de la nostalgia (poesía y error: onetti), sino por la parquedad de una vida gris regida por el temor y accidentada por otros. De tal forma que el relato de Branly se convierte en la última jugada, el desplazamiento final de su rey sobre el tablero «confiado en la sabiduría de su temor»), del lento ajedrez en el que su vida sólo buscó la virtud inútil de unas tablas. El relato que encierra la posibilidad de un trueque: la vida de Branly bien vale esa fantasía que el mismo Fuentes, interlocutor, ya sospecha: «Es la hora del sueño profundo y seguramente a ella pertenece la historia que me está usted relatando». El final ensayado, la inminencia de una muerte que Branly jamás tendrá el valor de sellar con el agua, que busca redimirse en un relato -esa historia referida minuciosamente por Fuentes- gracias al cual «soñó con una mujer a la que amó en el Pasado y aunque no la pudo identificar, sí pudo recobrar el sentimiento de un tiempo en el que le bastaba saberse enamorado sin esperanza para ser feliz. Recupero la soberanía de su ambición y las preguntas sin respuesta de su propia infancia». La ficción de una tarde emocionada y tranquila, muy cerca ya del verano de San Martín.

Una historia inmortal como en la película de Welles, ahora con un interlocutor versado en las repeticiones, comprometido, consignando la imaginación recuperada de Branly, así al final nadie sea capaz de recordar el relato. Branly, un personaje apoyado en su propia desesperación y, como una figura de Henry James, obligado a fracasar una vez más antes de poder descansar. Fuentes, un novelista en el tránsito terrible entre su obra de ayer y sus espectros de mañana.