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Ricardo Castillo: El pobrecito señor X. La oruga. Fondo de Cultura Económica, Serie Letras Mexicanas, México, 1980. 62 pp.

En El pobrecito señor X (la. edición en una editorial marginal: CEFOL, 1976) el trazo autobiográfico gusta de visitar la historia propia como conjunto de fracasos, de enfrentamientos campales con la realidad, de acometidas brutales, de rebeldías y sometimientos, en que se configura un personaje, el de Castillo mismo como poeta desenfadado, desafiante, a ratos incluso enternecedor, con alguna predilección por frases cargadas de tremendismo. Su aparición congregó fuerzas y pareció abanderar cierta poesía a que «los jóvenes» se volcaron como antes a la prosa de la Onda, su antecesor narrativo. Como una de sus fuentes, el rock, a ratos fue una poesía colectiva, indiferenciada. Las otras lecturas (poesía nacional y extranjera) siempre estuvieron presentes en diversa medida, y de su mayor o menor cultivo surgieron hondas diferencias, aunque en pocos casos se pudo ir más allá del eco en el que leíamos logradas o fallidas aproximaciones al modelo. El pobrecito señor X y su especial violencia aun en su ingenuidad y su inocente erotismo, pasaba revista al aniquilamiento con los ojos azorados de un adolescente.

Con La oruga nos preguntamos si los mejores logros de Castillo en su primer y excepcional libro (esa suma de actitudes generacionales, esa expresión que recuperaba formas compartidas, esa atinada integración de fino oído y eficaz recolección de sentires) continúan vigentes.

¿Qué nos da La oruga? Un nuevo recorrido por la desazón y el sentimiento de desarraigo, pero también el desgaste hasta el agotamiento de una expresión que ante el poema «de gran aliento» no encuentra aún ni impulsos suficientes ni precisión de objetivos (`porque tienes que hacerte dos o tres preguntas / que ni siquiera consigues precisar’).

Un infierno aún muy «grandioso» (infinitamente más vasto que el universo personal de su primer libro) por el que Castillo transita entre titubeos y fárragos y sobre el que proyecta antiguas luces que sólo aparecen como fogonazos aquí y allá sin producir luz suficiente para permitir una visión completa. El personaje de la oruga deambula por un ámbito impreciso aunque urbano bajo el peso de una atmósfera de intensa opresión. La inquietud conglomera signos de desaliento y perfila un horizonte en el que el cataclismo, inminente o reciente, impera un desplome de ángeles caídos.

La pregunta se desplaza hasta el origen,

dónde quedó el chasquido que

hizo del mundo la entraña más

grande del hombre,

cediendo ante arrebatos viscerales, versos rimbombantes y tremendismos a fuerza, que sólo nos dejan la experiencia de una sacudida. El desenfado logra impostarse y se convierte en estilo, y por querer bajarse de las nubes (sin abandonar la visión totalizadora), cae estrepitosamente. En fórmula: lo pedante al revés.

En realidad, el resultado parece el de un poeta precoz, con todos sus excesos y momentos prometedores, y no el de quien había dado ya un libro significativo. Tal condición posibilita una lectura así de poco intelectual, fija en arrebatos y desplantes, deslumbrada por la efectividad de imágenes desperdigadas, dominada por la fluidez de su curso accidentado. Pero un abatimiento tan excesivo, tan lastimero, quizá no pueda ser más que fingido y retórico, y también prematuro, otra vez precoz.

Popular hasta la reelaboración del refrán («canchas vemos y arbitrajes ya sabemos»), y elaborado hasta la complejidad, sus percepciones y aciertos oscilan igualmente. La carta más poderosa de Castillo es la de las tribulaciones de un alma pura en medio de la jodedumbre de la vida, de la transa y la corrupción, de la absorbente y aniquilante rutina:

cada quien con su tizne en la cara

cada cajón oscuro con su locura

y te das cuenta de que algunos

ya están acostumbrados

que de entre sus símbolos más

temen al día feriado

por el azar de tener tiempo para

ver la vida cara a cara

Lo que está ausente en este juicio radical de la existencia conformista, y su consecuente esfuerzo por permanecer al margen de ella, no es una encomiable rebeldía sino el desdén de mayores posibilidades de argumentación y de juego literario y conceptual. En el intento se improvisan objetables filosofías ready-made a partir de lo cotidiano («considerar a la poesía / como otra forma de patear el balón») que derivan en asociaciones demasiado fáciles y en totalidades demasiado burdas. Queda, sin embargo, además de momentos excelentes, lo admirable de una actitud y de un riesgo asumido ejemplarmente.