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Arnaldo Córdova. Autor de La formación del poder político en México (Era. 1972), La política de masas del cardenismo (Era. 1974), Ideología de la Revolución Mexicana (Era. 1973). Política de masas y el futuro de masas y el futuro de la izquierda mexicana (Era. 1979). El texto que presentamos fue leído en el simposio «Historia ¿para qué?» organizado por el Archivo General de la Nación los días 6 y 8 de mayo de 1980 en La Paz, Baja California.

La historia es, ante todo, memoria del pasado en el presente. Es una recreación colectiva, incluso cuando se la convierte en ciencia, es decir, en explicación, en respuesta a los por que del presente y en afirmación demostrable o sujeta a comprobación. Es el hogar de la conciencia de un pueblo, el contexto objetivo de su modo de pensar, de sus creencias, de su visión de la realidad, de su ideología, incluso cuando es expresión individual. No hay historia independiente de la conciencia colectiva del hombre. Por eso la historia aparece siempre como discusión y reelaboración del pasado; por eso tiende siempre al futuro, como explicación del pasado, en la formas de la utopía y del mito. De ahí su fuerza como forma que adquiere la conciencia social.

LA DIMENSIÓN DEL PRESENTE

La esencia de la historia, como análisis y enjuiciamiento de los hechos pasados, consiste en hacer del pasado mismo un problema del presente. Y entre más se remonta el horizonte del análisis mayor fuerza adquiere la conversión del conocimiento en problema. Nuestro actual horizonte, señalado por la formación del Estado nacional en nuestro país, abarca ya un siglo. Este es el trasfondo de nuestro presente, parte de él, la dimensión de nuestra conciencia histórica, colectiva, como pueblo, como nación, y también como individuos. Lo menos que ha ocurrido a quienes han intentado traspasar las fronteras de esa conciencia histórica ha sido pérdida de credibilidad, de poder de convicción, de sentido de la realidad. Desde este punto de vista, somos prisioneros de nuestro presente; pero ello es condición esencial de nuestra capacidad y de nuestra aspiración para hacer historia, para analizar nuestro pasado y proyectarlo del presente al futuro.

La historia es conciencia colectiva y en ello, más que en la determinación de los datos del pasado, reside su objetividad y su poder de convicción. El historiador, en el fondo, escribe lo que su tiempo impone como necesidad y como aspiración en el campo del conocimiento y de las creencias. No antes ni después, sino en el momento preciso que dicta el presente de los tiempos. Según sea la conciencia colectiva. vale decir. El conjunto de ideas y creencias a las que nos debemos, a las que respondemos, por las cuales actuamos o contra las que nos oponemos, así sería la historia que recreemos. Las elección temática, el vigor de las tesis sustentadas, el valor heurístico de la obra, su proyección al futuro, su capacidad explicativa del presente, el campo de su aplicación y su utilidad entran todos como expectativas de la dimensión del tiempo que el historiador vive, y constituyen, a la vez, sus estímulos personales y la fuente de su interés. 

La eficacia con la que el historiador responde a esas espectativas de su época -las cuales supone, de una o de otra manera, como comienzo y marco de su trabajo- da la medida y la identidad de sello particular de su obra, independientemente de cuál sea su materia de estudio, la que siempre será vista desde la atalaya del presente, desde aspiraciones y necesidades presentes.

El presente, empero, no constituye un «corte» en el tiempo, sino que es también una época histórica que surge y se hunde, a la vez, en un pasado inmediato del que forma parte y del que es resultado. El presente es precisamente dimensión histórica y no un momento de la historia. Los hombres responden, desde luego, a urgencias actuales; pero se forman, piensan y actúan a partir y de acuerdo con paradigmas ideales que resumen y expresan los valores de toda una época histórica y no de este o aquel momento en particular. Marx pensaba que «la humanidad sólo se propone los problemas que puede resolver» y ello hace referencia a los paradigmas ideales de un tiempo histórico que plantean y definen esos problemas.

LA ERA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

Nuestra época, nuestro tiempo histórico, está marcado por ese fenómeno de trascendencia no sólo nacional sino también continental que es la Revolución Mexicana. La problemática social que ella inaugura se eslabona, como resultado, con el período del Estado oligárquico porfirista (1876-1911) y define el período sucesivo, política, social, económica y culturalmente, que hoy, a través de grandes transformaciones sucesivas, seguimos viviendo. No es extraño que el problema de la historia que hoy hacemos sea, por antonomasia, el de la Revolución Mexicana: es nuestro referente, pensamos a partir de ella, nos movemos por ella o contra ella, en ella y por ella actuamos, sobre ella indagamos el pasado, incluso el más remoto, en ella fincamos nuestro desarrollo futuro, parecido o diferente a ella; por ella somos lo que somos, ella ha acabado identificándonos como un pueblo y una nación, estemos o no de acuerdo con ello, con lo que hemos llegado a ser.

Hubo un momento, a la mitad de los años sesenta, en que la Revolución Mexicana, como problemática de nuestro presente real, pareció perderse en el pasado, ocupados como estuvimos entonces en imitar a los anglosajones en el modo de estudiar e indagar nuestra realidad. Paradójicamente, aquel constituyó el inicio de un amplio desarrollo de las ciencias sociales en México; el estilo de la investigación cambió radicalmente; el conocimiento de lo social pareció dejar de lado la opinión y la interpretación e instauró el culto del dato objetivo. No faltó, por supuesto, quien fungiera como sacerdote nativo de la religión empirista e investigara y enseñara en el credo «científico» del «dato». Hubo quienes llegaron a profesar ante sus alumnos: «¿Para qué reflexionar sobre el dato si éste se halla bien determinado? íEl dato habla por sí solo!». También se dijo: «¿Estudiar la Revolución Mexicana? íPero si eso ocurrió hace medio siglo!». El 68 hizo saltar en pedazos la religión empirista en las ciencias sociales, recordando, cruentamente, a propios y extraños, que la nuestra es la era de la revolución Mexicana. Muchos de los sacerdotes del empirismo social, algunos de los cuales habían llegado a afirmar, por ejemplo, que la filosofía (y aquí se contaba, entre otras corrientes de pensamiento, en primer lugar al marxismo) estaba ya «pasada de moda», con lo cual querían indicar que la reflexión sobre la realidad social o, dicho en su jerga brutal y directa, la «especulación histórica», no tenía ya nada que hacer en este mundo industrial y tecnológico, se vieron inmiscuidos por una u otra razón en el desarrollo de la rebelión juvenil y ellos mismo experimentaron la pesada prueba de tener que responder a cuestiones históricas que el credo empirista no había contemplado jamás: ¿ qué clase de Leviatán nos gobierna?, ¿qué es la política y, en especial, nuestra política? (¿qué está pasando y por qué?, preguntaban a su modo cada mañana los jóvenes en revuelta), ¿de dónde venimos y qué fuerzas nos han gobernado hasta ahora?, ¿por qué una bandera tan aparentemente incolora y genérica como la democracia y la libertad política desencadena la violencia inaudita y salvaje del poder establecido?, ¿por qué los jóvenes estudiantes y quienes tuvieron el valor de seguirlos, por sí solos, estuvieron en condiciones de desatar un terremoto que conmovió a la sociedad entera?, ¿cómo fue que el gobierno, metido en un callejón sin salida, por su estúpida y obstinada intolerancia, recuperó casi instantáneamente su consenso en el pueblo? A los que habían olvidado la historia ésta se les hizo presente dramática y brutalmente: las tropas marchando contra los jóvenes, las calles y las plazas ensangrentadas, las cárceles atestadas de prisioneros políticos, un gobierno que rehacía rápidamente su prestigio, la hazaña libertaria y democrática ahogada por la eficiencia del discurso populista y, unos meses después, la amnesia total de aquella amarga y sangrienta experiencia que el país acababa de vivir y que dejaba a la sociedad, ello no obstante lacerada y mutilada, física y espiritualmente.

LA LECCIÓN DEL 68

El 68 volvió a impartir cátedra sobre una vieja lección, casi olvidada: que el problema fundamental de toda sociedad organizada nacionalmente lo es el poder que sobre ella se ejerce y la mantiene unida y que sólo hay un modo para estudiarlo y comprenderlo: recurriendo a la historia y encuadrándolo en ella. Esto fue decisivo para nuestras ciencias sociales en su conjunto, pero sobre todo para la ciencia política que entonces descubrió que estudios tipo decisión making, voting o politicial participation, que por lo demás ni siquiera habían tenido tiempo de afianzarse en nuestro medio, no garantizaban la comprensión de los grandes problemas nacionales replanteados por el movimiento estudiantil. No puede decirse, sin embargo, que éste haya sido un descubrimiento para el país. aunque lo haya sido para nuestra inteligencia universitaria. El día que llegue a escribirse lo que una vez Pablo González quizá pueda comprobarse que el nuestro es un pueblo que jamás olvida las lecciones de la historia y que sus grandes momentos son siempre reivindicaciones claras y oportunas de su pasado y de su proceso de formación como una nación.

Si podemos hablar de la Revolución Mexicana como un fenómeno que funda una nueva dimensión histórica, principio de una época decisiva, es siempre debido a la singular participación de las masas populares en el evento que hizo -de golpe y por la vía de la violencia, de la lucha armada- que la nuestra se convirtiera en una sociedad de masas, hecho que se impuso a todo el mundo y, en primer término, a los constructores del nuevo poder político, los cuales, hay que decirlo, fueron los mejores alumnos de la historia. Nuestro pueblo desde entonces contó con un futuro en el cual creer y se le hizo saber que era la fuente del poder establecido, de lo que nadie hizo jamás un secreto, y por ello hoy lo acepta y también cree en él; podremos no estar de acuerdo con él, pues, obviamente, la suya es una conciencia enajenada, pero es al mismo tiempo un hecho que nos envuelve y se nos impone día con día. Todos los pueblos tienen un pasado al que se deben y del que se sienten orgullosos: pero un pueblo que ha hecho una revolución de masas, en la que todos sus hijos han participación de uno u otro modo, se siente, además (inclusive en medio de la más terrible miseria), capaz de dictar el rumbo de su destino. Con un pueblo así, los opositores de un sistema económico, político y social tienen una doble ardua tarea: convencerlo de que está equivocado y, sobre esa base, conquistar el poder. Nuestro pueblo sabe que no ganó nada, o por lo menos muy poco, con la Revolución. Sobre ese punto nadie lo podrá engañar. Pero sabe también que, de cualquier forma, esa revolución la hizo él mismo, pagando un precio colosal en sangre, sufrimiento y miseria. Nadie podrá «dialogar» con él negándose o disminuyéndole un pasado que objetivamente, por lo demás, resulta glorioso y heroico.

LA «VOLUNTAD DE CRECER»

La Independencia, la Revolución, la expropiación petrolera, la reforma agraria; Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Carranza, Zapata, Villa, Obregón, Cárdenas, no son únicamente temas manidos de políticos demagogos e inescrupulosos que mantienen las riendas del país, sino también momentos y nombres clave, emblemas de una tradición popular gloriosa que conserva como blasones de orgullo y de identidad nacional la memoria colectiva del pueblo como eventos y figuras de la historia que sabe propia. A un pueblo con un pasado glorioso, resulta evidente, no se le puede someter sólo por la fuerza, en realidad, no por la fuerza. Como recordaba Rousseau: «El más fuerte no lo es jamás por ser siempre el amo y señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber.., La fuerza es una potencia física y no veo moralidad que pueda resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; cuando más, puede ser, de prudencia. ¿En qué sentido podrá ser un deber?», Ya antes Maquiavelo había anticipado el principio del poder político cuando recomendaba a su príncipe hacer que los demás hicieran lo que él quería que hicieran, advirtiéndole que ése era el poder al que debía aspirar. La historia mexicana del siglo XX es, ciertamente, la historia de los hechos sociales de un pueblo, pero es, antes que nada, la historia de cómo se construye un verdadero poder político sobre los hombros de esos gigantes de todos los tiempos que son las masas populares.

¿Por qué pudo llegarse a ello? La razón parece ser evidente: la Revolución Mexicana no sólo fue una gesta de nuestro pueblo, sino también una lección para quienes se pusieron a su cabeza, sus dirigentes, y que, sin haber leído probablemente a Rousseau ni a Maquiavelo, por supuesto, pero persiguiendo el dominio sobre los demás, como hombres modernos que eran, comprendieron que el poder se funda en el consenso del pueblo y en nada más que valga la pena de tomar en cuenta, sobre todo cuando se trata de un pueblo armado y movilizado. Desde: entonces, parte esencial del discurso político en México consiste en mantener viva y activa la credibilidad del pueblo trabajador y los éxitos del sistema establecido se miden por su capacidad para renovar el consenso popular, fundado en la memoria histórica colectiva de la Revolución Mexicana. Que el Estado mexicano actual haya surgido de una revolución hecha por el pueblo tiene su importancia, no siempre reconocida. Las masas trabajadoras creen en ese Estado; lo sienten suyo y lo han hecho suyo sin reservas cada vez que ese mismo Estado se ha declarado en peligro y apela al consenso de las masas populares y, a decir verdad, sin ofrecer mucho a cambio ni comprometiéndose demasiado. Difícilmente podrá encontrarse otro Estado en el que las masas del pueblo crean tanto y en el que tengan fincadas tantas esperanzas como el Estado de la Revolución Mexicana. Nos ha costado trabajo reconocerlo, pero resulta una enseñanza de la historia, dolorosa, ni duda cabe, como toda las que la historia proporciona.

El gobierno por el consenso del pueblo, y la experiencia mexicana lo demuestra con toda evidencia, no es necesariamente un gobierno democrático; puede tratarse, incluso, del gobierno más autoritario, y justo por el apoyo que le dan las masas trabajadoras. Lo que define el poder, desde este punto de vista, no es la democracia, sino la adhesión de los ciudadanos al sistema establecido. Es verdad que, en términos generales, el Estado más poderoso y duradero es el Estado democrático, pero no porque funcione democráticamente y en él la voluntad de los ciudadanos sea respetada, sino porque en él la adhesión de los ciudadanos al régimen político bajo el cual viven es también duradera, estable y pacífica: eso es el consenso político. Esa adhesión tiene otra razón de ser en un sistema político no democrático o autoritario y se funda en lo que Mariátegui llamó, siguiendo a Sorel, una «voluntad de creer» y a la vez mítica y multitudinaria, una fe, una esperanza o, para decirlo con un término típico de la actual ciencia política, una espectativa en algo que se identifica como propio y que no es otra cosa que el mito de la época o mito histórico.

ESTADO Y MITO

El mito de nuestra época es el mito de la revolución popular: no de la revolución como tal como realmente ocurrió (fue algo más que eso; por ejemplo, fue también una revolución de clase, burguesa), sino de la revolución concebida como hecha, en especial, por masas populares, o mejor aún, del levantamiento y la participación de las masas populares en una revolución que, por eso mismo, tiene sus signos propios, su identidad y su unicidad. Independientemente de cuál haya sido la participación real de las masas en la lucha de clases del México del siglo XX, la política ha buscado siempre, a partir de la Revolución (y dependiendo en cada momento del grado de desarrollo del sistema político mismo, de sus instituciones, sobre todo de aquellas que tienen que tratar con el pueblo), orientarse a través de y apoyarse en esa voluntad de creer que es patrimonio eminente de las masas trabajadoras. Obviamente, el mito de nuestra historia reciente no es obra exclusiva de la conciencia autónoma de las masas ni se trata de un modo de pensar la propia historia idéntico a sí mismo, sin rupturas o transformaciones a lo largo del tiempo. Dejado a sí mismo, como asunto exclusivo de las masas, en realidad es probable que se hubiese agotado rápidamente. Sucedió en cambio que aquella fe en la Revolución se rehizo casi de golpe como fe en el Estado de la Revolución en la medida en que, éste resultaba ser la encarnación de los ideales revolucionarios y, a la vez, el heredero ejecutor de los programas de la propia Revolución. Esa fue la verdadera herramienta de la construcción del Estado moderno en México, fundado en el consenso popular.

El Estado de la Revolución Mexicana necesitó más de veinte años, luego de que culminó la lucha armada, para acabar de constituirse en una auténtica potencia social soberana, en el representante real de la sociedad. Y en cada etapa que lo acercaba a ese objetivo decisivo, las masas trabajadoras volvieron, una y otra vez, a protagonizar hechos heroicos, a entablar batallas gloriosas, siempre a favor del Estado, encarnación tangible de su voluntad de creer. Ahora bien, tan cierto es que el mito hace a la historia, como que la historia hace al mito, lo que en nuestra época equivale a decir que si bien el Estado se construyó sobre la acción y la conciencia militante del pueblo trabajador, el mismo Estado en la medida en que fue edificando su poder soberano, estuvo cada vez más en condiciones de modelar y dar un rumbo preciso al mito popular, en todo momento, como un componente esencial de su desarrollo y de su identidad como potencia autónoma. Siempre ha sido más fácil encontrar el carácter «popular» del Estado mexicano que su carácter «de clase», dilema con el que han andado permanentemente a la greña los doctrinarios de todos los credos políticos e ideológicos. Ello no debería parecernos extraño si nos atenemos al testimonio de nuestra historia. El mérito del Estado mexicano, en términos políticos, la clave de su éxito, para decirlo con Maquiavelo, radicó desde el principio en rechazar toda identidad que no fuera la de su origen histórico, la revolución popular, y la de las masas populares, lo que constituyó una innovación política que sin duda alguna era permitida por el atraso del país, y que dejó muy atrás a la concepción liberal y democrática del orden político de la sociedad. El Estado era de la sociedad en tanto se debía a las masas populares, a los trabajadores. Ningún otro emblema ideológico habría permitido el ejercicio de un poder tan ilimitado ni el dominio tan completo sobre la sociedad entera como cuando se presentaban simultáneamente como bandera y como dictado del pueblo trabajador.

DENTRO Y FUERA DEL TIEMPO

La nuestra pareciera ser, si es legítima la expresión, una historia fuera del tiempo, única, sin paralelo, sin alternativas, sin otra posibilidad de desarrollo que no sea la que hasta ahora ha experimentado y que supone que México vive aislado y aparte del mundo. En esa forma de ver las cosas se ha inspirado la ideología dominante expresada por los grupos gobernantes: í»socialismo a la mexicana»!, í»ni capitalismo ni socialismo»! También ha determinado la posición de muchos estudiosos, y entre ellos de una gran parte de los historiadores que buscando lo que es «peculiar» en la historia de nuestro país, persiguen demostrar, en el fondo, esa antigua vulgaridad de que «ícomo México no hay dos!». Por supuesto que no se puede negar que México ha seguido un camino que es sólo suyo y que no se parece, sino en muy poco, al que otros pueblos han recorrido; ello le ha dado su identidad propia como nación y como sociedad políticamente organizada.

Pero ese no es sino el modo particular en el que México se inscribe en la corriente universal de la historia del mundo. Dicho de otra manera: México cumple, a su modo, objetivos universales. La historia política de nuestro país nos enseña el modo particular en el que México fue construído el Estado moderno, a través de la conquista del consenso popular, como Estado soberano y autónomo, lo que constituye una auténtica ley del desarrollo político de todos los pueblos del mundo moderno y de ninguna manera la formación de un poder fuera del tiempo o de la historia. Probablemente un día lleguemos a descubrir que entre más pudimos ser nosotros mismos en mayor medida fuimos más universales y mayor fue nuestra identificación con el hombre de hoy.