Siempre es buen momento para decir que todo anda mal. Quien celebra la bondad de sus tiempos cae rápidamente bajo la sombra irónica del personaje de Voltaire, el invencible Pangloss quien, en medio de guerras y desastres sin fin, creía siempre estar viviendo en el mejor de los mundos posibles.

 La novela de Pangloss, que lleva el elocuente nombre de su discípulo, Cándido, es una mordaz demolición del optimismo que acompaña al espíritu del progreso.

El progreso existe, sin embargo, pese a Voltaire.


Ilustración: Víctor Solís

El progreso material se prueba por sí solo en la calidad, la productividad y la duración de la vida comparadas con las de hace cien, quinientos o dos mil años.

El progreso moral también puede probarse moral por el extraordinario hecho de que el hombre, el animal más peligroso del reino zoológico, es hoy menos sanguinario y cruel de lo que ha sido nunca en su historia.

Un autor seminal de esta visión del hombre como un animal perfectible fue el sociólogo vienés, radicado en Inglaterra, Norbert Elias.

Como Pangloss en medio de las guerras que devastaban su mundo, Elias dedicó sus estudios sociohistóricos, durante las entreguerras del siglo XX, a leer los secretos de lo que llamó el “proceso civilizatorio”.

Elias mostró que el cambio lento de las reglas del trato de todos los días podían diluir las conductas bárbaras que parecían consustanciales a la naturaleza humana.

Descubrió, por ejemplo, que los modales de mesa introducidos en las cortes francesas en los siglos XVI y XVII pusieron fin, poco a poco, al uso cotidiano del cuchillo, y a la plaga de los banquetes cortesanos que terminaban en grandes cuchilladas.

No es el mejor momento del estado de ánimo global para hablar de estas cosas, y menos aún del mexicano, pero siempre es buen momento para desafiar las creencias equívocas que oprimen nuestro ánimo, especialmente si hay alguna forma de mostrar que, en efecto, se equivocan.

No vivimos en el mejor de los mundos posibles, como quería Pangloss, pero es un hecho que vivimos en el menos violento de los mundos conocidos. Nunca ha habido menos violencia en la historia que ahora, nunca las sociedades han sido menos bárbaras y los seres humanos menos sanguinarios.

Esta es la materia, asombrosa y sólida, del libro de Steven Pinker: The better angels of our nature. Why violence has declined? (Penguin, 2011). El título refiere al pasaje del discurso de toma de posesión de Lincoln como presidente de Estados Unidos en 1861. Con ese discurso Lincoln trataba de conjurar el fantasma de la guerra civil que se cernía sobre su país por la secesión de los estados del sur. Luego de dejar claro que llegaría a la guerra si era necesario para impedir la ruptura de la Unión, terminó su mensaje con estos altos registros líricos:

No somos enemigos, sino amigos. No debemos ser enemigos. Aunque las pasiones se hayan desatado, no deben romper nuestros vínculos de afecto. Las notas místicas de la memoria, llegadas de cada campo de batalla y de la tumba de cada patriota hasta cada corazón y cada hogar de esta ancha tierra, se sumarán al coro de la Unión cuando sean tocadas de nuevo, y lo serán, por los mejores ángeles de nuestra naturaleza.

A este discurso siguió la guerra civil más cruenta imaginable. Voltaire habría sonreído.

Pinker ha escrito, sin embargo, un libro largo, denso, fascinante, que explica cuánto y por qué ha disminuido la violencia en la historia.

Sus hallazgos no sólo contradicen nuestra percepción de vivir en el peor de los mundos posibles, sino que la niegan del todo. Desde el punto de vista de la violencia, el pasado del hombre es efectivamente “un país extranjero”, un mundo muy distinto del nuestro.

Seis tendencias históricas y cinco fuerzas civilizatorias son responsables de la disminución de la violencia, según Pinker.

Primero, el “proceso de pacificación” que trajo consigo el paso del nomadismo predador a la agricultura sedentaria.

Segundo, el “proceso de civilización”, inducido por la monopolización de la violencia en el Estado.

Tercero, la “revolución humanitaria”, sembrada en la cabeza y en las emociones de los hombres por los ideales de la Ilustración.

Cuarto, la “Larga paz” que vive el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Quinto, la “Nueva paz” que siguió al fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín.

Sexto, la “revolución de los derechos” que empieza en 1948 con la declaración universal de los derechos del hombre, y abre la era de la revolución moral que se extiende imparable hasta nuestros días bajo la forma de la paulatina universalización de los derechos civiles, los derechos de la mujer, los derechos de los niños, los derechos de la comunidad lésbico gay y, cada vez más, los derechos de los los animales.

Las cinco grandes fuerzas civilizatorias, dice Pinker, son el Estado, el comercio, la feminización de las costumbres, el cosmopolitismo y el ascenso de la razón.

Los cuatro ángeles protectores, los mejores ángeles de nuestra naturaleza son la empatía, el autocontrol, el sentido moral y, una vez más, la razón.

 Los cinco demonios anticivilizatorios son, en cambio: la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología.

La visión de Pinker es cualquier cosa menos un recetario de optimismos históricos. Es una exploración científica de sólidos fundamentos estadísticos sobre la disminución de la violencia humana. Puestas las cifras juntas, es un hecho que nunca ha sido la humanidad menos violenta que en los años que vivimos. Nunca ha muerto menos gente en campos de batalla, ni la guerra ha cobrado menos vidas como en los últimos cincuenta años. Nunca la especie humana ha compartido valores civilizatorios tan altos, en tantos países y como segunda naturaleza de tantos millones de seres humanos.

Me extenderé un poco sobre las cifras, porque son contraintuitivas, y vale la pena oírlas con algún detalle

El lugar más seguro para vivir que ha existido en la historia de la humanidad es la Europa Occidental de hoy, donde el índice de homicidios es de uno por cada 100 mil habitantes.

La zona más peligrosa que ha existido nunca es la comunidad de Kato, California, en los años 1840, donde la tasa de violencia llegó a ser de mil 500 homicidios por cada 100 mil habitantes.1

La exploración forense de sitios arqueológicos ha permitido medir, por las lesiones de los esqueletos, la increíble proporción de seres humanos que morían violentamente en la prehistoria.

En promedio, 15% de las muertes totales: 524 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El primer gran arco de disminución de la violencia es el fin del nomadismo primitivo, esencialmente predador, y la aparición de las sociedades agrícolas sedentarias, que dieron paso a distintas formas de Estado.

El Estado fue el gran pacificador. También fue el origen de las guerras subsecuentes de la historia: las pequeñas, las grandes y las “hemoclísmicas”.

La violencia que el Estado redujo fue superior a la que creó. El muy gobernado mundo azteca tenía una tasa de 250 homicidios por cada 100 mil habitantes. Una tasa muy alta, pero la mitad de la tasa promedio de las sociedades sin Estado.

La Francia postabsolutista de la revolución y de las guerras napoleónicas al final tuvo un promedio de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes, cifra sorprendentemente baja comparada con la de siglos anteriores.

Las guerras mundiales del siglo XX arrojaron tasas de violencia de 144 muertes por cada 100 mil en Alemania, 135 en la URSS, 27 en Japón.

Los mexicanos sabemos algo sobre esto de los homicidios por cada 100 mil habitantes. Teníamos ocho por cada 100 mil en 2007, 23 por cada 100 mil en 2011. Luego de unos años de descenso estamos volviendo a esas cifras increíbles en 2017.

Los mexicanos de hoy podemos imaginar lo que fue vivir bajo las cifras del imperio azteca: 250 muertes violentas por cada 100 mil. El tamaño del horror que media entre unas cifras y otras es el tamaño del proceso civilizatorio.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial entonces el número de muertos en guerras, guerras civiles, guerras étnicas y religiosas, y actos terroristas, no ha hecho sino descender, al tiempo que asciende en todos los órdenes algo parecido a la “paz perpetua” imaginada por Kant, en la que triunfan paso a paso, los mejores impulsos de la naturaleza del animal moral que es el hombre: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón.

Pinker ofrece a este respecto un ejercicio revelador. Trae a valor demográfico presente el número de muertos de las grandes matanzas de la historia y ofrece un ranking de letalidad relativa.

El punto de referencia es la Segunda Guerra Mundial que costó 55 millones de muertos. Traídas a valor demográfico presente pueden citarse al menos ocho guerras más sangrientas.

La ignota Revuelta de Lushan, en la China del siglo VIII, tuvo 36 millones de muertos, equivalentes en las proporciones demográficas del siglo XX a 429 millones.

Las conquistas mongólicas del siglo XII costaron en su momento 40 millones de muertos, equivalentes a 278 millones del siglo XX.

El comercio de esclavos hacia Medio Oriente, de los siglos VII a XIX, costó 19 millones de muertos, equivalentes en el siglo XX a 132 millones.

La caída de la dinastía Ming en la China del siglo XVII costó 25 millones de muertes, equivalentes en el siglo XX a 112 millones.

La caída de Roma, entre los siglos III y V, trajo consigo ocho millones de muertos, equivalentes en el siglo XX a 105 millones.

Las conquistas de Tamerlán, en los siglos XIV y XV, costaron en su tiempo 17 millones de muertos, equivalentes en el siglo XX a 100 millones.

 La aniquilación de los indios americanos, entre los siglos XV a XIX, calculada en 20 millones de muertes, hubieran equivalido en el siglo XX a 92 millones.

El comercio de esclavos hacia el Atlántico de los siglos XV a XIX provocó 18 millones de muertos, equivalentes a 83 millones del siglo XX

La Segunda Guerra Mundial costó 55 millones de muertos. Es la última guerra hemoclísmica que registra la historia.

La melancolía social no se rebate ni se disipa con estadísticas, ni con ejercicios de letalidad histórica. El hecho es que en los años en que menos seres humanos mueren en conflictos bélicos, estos años en que vivimos, tenemos la sensación térmica de un mundo violento como nunca.

La caída del Muro de Berlín puso fin a la Guerra Fría y abrió paso a un momento de paz y prosperidad cuyo trofeo mayor fue, quizás, la unificación de Occidente en los valores de la democracia, la prosperidad, el libre comercio, la cooperación entre las naciones, la globalización y el fin del fantasma de la hecatombe nuclear.

La construcción del muro de Trump resume y representa lo contrario: la llegada al poder, en la potencia hegemónica de Occidente, de un presidente cuya utopía regresiva (Make America Great Again) está construida con el viejo discurso de la discriminación racial, el rechazo al libre comercio, el unilateralismo diplomático, el aislacionismo estratégico y la amenaza nuclear, vertida en estos días sobre Corea del Norte.

Apenas puede exagerarse la intensidad con que se abren paso en los países centrales de Occidente los viejos demonios aislacionistas, nacionalistas, xenófobos, racistas y aun antisemitas.

Es una oleada de regreso a lo peor del pasado ante la frustración por lo peor del presente. Explica por igual el Brexit, el ascenso del nacionalismo, la xenofobia y la derecha en Europa, así como la victoria de Trump, vocero de la parte más vieja, menos abierta al futuro, de su sociedad.

La paradoja no deja de ser inquietante: la sociedad más moderna del mundo ha elegido como presidente al emisario de una utopía regresiva que quiere volver el reloj de la historia atrás y hacer América grande de nuevo: con riesgo nuclear, con exclusión migratoria, con discriminación racial, con proteccionismo comercial, con bilateralismo diplomático, con aislacionismo más que con responsabilidad de gran potencia.

Regreso a Pinker y a su visión de la civilización. Si algo falta en ella es la sospecha trágica, probada por la historia, de que los mejores ángeles de nuestra naturaleza suelen ser vencidos por nuestros peores demonios. La Primera Guerra Mundial interrumpe una de las más largas eras de paz y civilización conocida hasta entonces por Europa.

El proceso civilizatorio de los últi-mos 50 años tiene sólo un riesgo, uno solo, de tornarse súbitamente su contrario. Es el riesgo de una confrontación nuclear. Es el riesgo con que Trump juega en estos días en su batalla de amenazas contra Corea del Norte. Si sus amenazas tienen efecto, si el increíble dictador de Corea del Norte llega a convencerse de que efectivamente será, junto con su país, borrado del planeta, ¿qué incentivos tendría para no lanzar su propia bomba?

La deriva de Trump no sólo representa un acoso a la civilización, sino un riesgo civilizatorio.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

Palabras para el Simposio “Acosos a la civilización. De muro a muro”, UNAM, 21 de noviembre de 2017. Una versión reducida de este texto apareció en El país, 28 de enero de 2018.


1 Steven Pinker, The better angels of our nature, p. 53.

 

Un comentario en “En el menos peor de los mundos posibles

  1. Yo creo que así será, el razonamiento del periodista Camín es excelente, la violencia a existido quizás fue más terrible con el tiempo ha ido disminuyendo.