1. Las elecciones deben seguir siendo observadas como lo que son: una solución y no un problema. Una solución que permite la competencia civilizada de la diversidad política que cruza a nuestros países. Una fórmula para la convivencia de la pluralidad que fomenta la participación ciudadana y construye gobiernos y legislativos legítimos.

2. Pero en efecto, una cuestión es que se realicen elecciones y otra que las mismas llenen los requisitos necesarios para ser consideradas como libres y justas. Cinco grandes temas ayudan a pensar qué tan imparciales, equitativas, ciertas, representativas e incluso pertinentes resultan nuestras elecciones.


Ilustración: Jonathan Rosas

3. Imparcialidad en la organización de las mismas. Todos sabemos que las elecciones son producto de un proceso. No se circunscriben al día de los comicios. Y para que las mismas puedan calificarse de justas es imprescindible que todos los eslabones del proceso electoral estén construidos bajo el principio de imparcialidad: desde la confección del padrón hasta el cómputo de los votos, pasando por la organización, los materiales, la integración de las mesas receptoras de los sufragios… todo ello y más debe de estar diseñado y operado sin sesgo alguno. Porque si uno solo de los eslabones de esa cadena se encuentra dislocado suele suceder que la cadena entera se convierta en facciosa. Así, la organización y cada uno de los procedimientos que la integran deben ser edificados bajo el insustituible principio de imparcialidad.

4. Equidad en las condiciones de la competencia. Las elecciones son una disputa; una disputa que mide el número de adhesiones ciudadanas que reciben las diferentes fuerzas políticas. Y para que esa disputa sea tal y no una simple escenificación, es necesario que existan un mínimo de condiciones de equidad en la contienda. Dos grandes temas suelen discutirse: los recursos financieros con los que cuentan los partidos y candidatos y el comportamiento de los grandes medios masivos de comunicación. Si en ambos terrenos no existe un “mínimo” de equidad es difícil hablar de una contienda justa. En general se trata de edificar un “piso” que haga que la competencia sea auténtica, que las diferentes ofertas tengan posibilidades reales de conectar con franjas destacadas del electorado, en fin, que las condiciones en las que transcurren las campañas merezcan el calificativo de equilibradas.

5. Certeza en las decisiones de las autoridades. El marco normativo y los tribunales electorales son los encargados de ofrecer certidumbre en un proceso que por su propia naturaleza se encuentra marcado por la incertidumbre de los resultados. Ofrecer conductos para que las resoluciones de la autoridad puedan ser revisadas por órganos jurisdiccionales parece ser un buen recurso. De esa manera se construye un sistema de contrapesos que tiende a redoblar las garantías en el cumplimiento de las prescripciones. Recordemos, como si hiciera falta, que los procesos electorales entre nosotros suelen desencadenar fuertes litigios, acusaciones y contraacusaciones. Lo importante entonces no es buscar exorcistas que los conjuren, sino construir normas e instituciones que los encaucen y resuelvan. Si esa vía no se encuentra pavimentada y es reconocida por los partidos y candidatos, lo más probable es que los diferendos quieran ser resueltos en la calle y por medio de la negociación política.

6. Sin exclusiones. Resulta estratégico que en los comicios no se produzcan exclusiones de fuerzas políticas relevantes. El sentido profundo de las elecciones es que por esa vía la diversidad de ofertas que existen en la sociedad pueda convivir y competir de manera civilizada y pacífica. De tal suerte que si alguna corriente significativa no aparece en el escenario electoral, los comicios seguramente resultarán deficitarios.

7. La traducción de votos en escaño. Existen diversas formas de traducir los sufragios en representación (sistemas uninominales, plurinominales con diferentes fórmulas de asignación, mixtos, etcétera). Es una necedad intentar pontificar sobre la superioridad intrínseca de un sistema sobre otro. Todos ellos suelen responder a historias y coyunturas específicas. Pero por supuesto debe existir un mínimo de coherencia en el sistema que construye representación. Si una minoría de votos produce una mayoría de escaños o a la inversa es que algo malo (muy malo) está pasando. El último ejemplo de las elecciones estadunidenses (creo) es elocuente.

 8. Hay otros temas que no son estrictamente electorales sino de contexto y que de hecho modulan el ambiente en el que transcurren las elecciones. La inseguridad y violencia que azota a determinadas regiones. O los fenómenos de corrupción que desgastan la confianza en los gobiernos, los partidos, los políticos y los parlamentos; el déficit de crecimiento económico que nubla las posibilidades de un trabajo formal a millones de jóvenes; las ancestrales desigualdades que impiden lo que la CEPAL ha llamado un mínimo de “cohesión social” o el déficit en el Estado de derecho. Se trata de temas que rebasan y con mucho el “asunto” electoral pero que sin duda lo impactan.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

Fui invitado al IV Foro Internacional de Santo Domingo: “El estado de la democracia en América Latina”, en el cual se trataba, entre otros asuntos, de evaluar la integridad de nuestros sistemas electorales. Se me pidió un guion para discutir ese tema y estas notas son un resumen apretado de lo que presenté. El evento organizado por IDEA Internacional y la Fundación Global para la Democracia y el Desarrollo se realizó en la República Dominicana.