Durante mucho tiempo el régimen posrevolucionario mexicano se apropió del liberalismo. Al hacerlo lo desnaturalizó como experiencia histórica y como expediente de futuro. “Liberales” eran Cárdenas y Calles, López Mateos y Alemán, Salinas y  Echeverría. No siempre fue así. En la primera mitad del siglo XX el liberalismo fue una mala palabra en el mundo. Los años treinta fueron su nadir. Sin embargo, para los cincuenta el ambiente político e ideológico había cambiado radicalmente. El triunfo de los aliados en la Segunda Guerra reivindicó a la democracia liberal. Fue el fin de las “terceras vías”: a partir de entonces ya no habría alternativa entre la democracia liberal y el socialismo. Las doctrinas antiliberales, excepción hecha del marxismo, estaban en retirada. Las “débiles” y “decadentes” democracias habían finalmente prevalecido. En la Guerra Fría México se alió con el bloque occidental. La Revolución había perdido su atractivo radical. Se vivía en México, después de la polarización social generada por las reformas del cardenismo (1934-40), un periodo de moderación y conciliación ideológica. El lema era la “unidad nacional”. Es precisamente durante esta era de consenso que Jesús Reyes Heroles escribió El liberalismo mexicano. Ahí Revolución y liberalismo fueron cabalmente unidos e “institucionalizados”. Se forjó un mito según el cual la Revolución era la consecución necesaria del liberalismo decimonónico, interrumpido por el porfirismo. Por eso, el ideólogo proponía que “para comprender la Revolución Mexicana, su constitucionalismo social, tenemos que considerar nuestra evolución liberal”: la Revolución estaba preñada de liberalismo. Reyes Heroles veía en el programa revolucionario cumplimiento y continuidad liberal. El liberalismo se convirtió así, como señala Charles Hale, en uno más de los mitos nacionales que conformarían el panteón oficial del nacionalismo mexicano.


Ilustración: Belén García Monroy

 Este modo de apropiación del liberalismo entró en crisis hacia finales del siglo XX. La tesis de la continuidad del liberalismo naufragó junto con el nacionalismo revolucionario en los noventa. El punto culminante de esa crisis ideológica ocurrió cuando el presidente Carlos Salinas (1988-1994) intentó botar al mar la parte revolucionaria y reconstituir el elemento “liberal” de la ideología del PRI. El resultado fue un breve periodo durante el cual el “liberalismo social” reemplazó al nacionalismo revolucionario. Tal vez esa operación estiró demasiado la liga de la ideología oficial de un régimen autoritario. Cuando, defenestrado Salinas, el PRI restauró al nacionalismo revolucionario en su sitio, el liberalismo quedó en una especie de limbo. Los tecnócratas en el poder eran firmes partidarios de la economía de libre mercado, pero el liberalismo —como legado ideológico o filosofía política— les tenía sin cuidado. En el discurso inaugural de Enrique Peña Nieto el liberalismo hace apenas una fugaz aparición de cortesía: un mero tic ideológico.

El descalabro del liberalismo social tuvo el peculiar efecto de “liberar” al liberalismo de la camisa de fuerza impuesta por el mito oficial. El término se emancipó así de la historia de bronce. Dejó de ser un elemento de consenso y se convirtió en lo que fue en un principio: una ideología de combate. Como resultado de este proceso muchos intelectuales y políticos finalmente se desmarcaron del liberalismo. Las crisis económicas producidas por los tecnócratas y el fin del consenso de Washington ayudaron a este desenlace. En la contienda ideológica y política de la última década del siglo XX el “neoliberalismo” se convirtió en uno de los blancos preferidos. El liberalismo se había liberado del mito.

En este año de definiciones políticas hay pocas cosas tan notables como la reaparición de ese viejo mito priista encarnado, no en el candidato del PRI, sino en el último verdadero priista del país: Andrés Manuel López Obrador. Es él el anticuario de un tiempo caduco. Resucita los fantasmas del cuento ideológico y acusa a sus críticos de “conservadores”. Mote que en los buenos tiempos se aplicaba lo mismo a Lucas Alamán que a Manuel Gómez Morín: villanos y enemigos por igual de la “Revolución liberalizada”. Esta segunda venida del mito tiene todos los visos de farsa. Pocas cosas tan antiliberales ha habido en México como el régimen de partido único. La Revolución mexicana constituyó una poderosa fuente de inspiración antiliberal para el resto de América Latina. Como afirma Javier Garciadiego: “resulta innecesario insistir en que ni la Constitución de 1917 ni el Estado mexicano posrevolucionario pueden ser definidos como liberales. Difícilmente podrían serlo, como que fueron resultado de una revolución antiliberal. En efecto, una vez derrotado el proyecto maderista triunfó una revolución que tenía como sus principales objetivos la creación de un Estado fuerte, interventor e ideologizado, así como la recreación de las comunidades y corporaciones, a partir de las cuales se reestructuraría y ordenaría el país…”.

La estampa del Anticuario no tiene desperdicio: al ser objeto de una crítica liberal, como la de Jesús Silva-Herzog Márquez, el Candidato lo acusa de ser un conservador embozado, un falso liberal. El verdadero liberal, el continuador de esa ínclita gesta histórica, que corre del siglo XIX hasta el PRI, es Él. No es absurdo: cuando la impostura ideológica del liberalismo revolucionario se encuentra con el liberalismo no puede ocurrir otra cosa más que rechazo. Jorge Cuesta lo sabía muy bien en los treinta. El ardid ideológico del pasado ya no genera consenso. Y en ningún aspecto es más palpable la presencia del pasado en México que en la figura del Anticuario.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.