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Cualquier entiende por qué, cuando triunfa una revolución en un cierto país, se produce el éxodo de un sector de la población cuyos intereses económicos o ideológicos no coinciden con los de los rebeldes que ocupan el poder. El dictador Batista fue el primero que abandonó Cuba, dejando a la burguesía celebrar el inicio del año 1959 mientras él tomaba un avión con destino a su dorado exilio madrileño. Después salieron los privilegiados del régimen depuesto, abandonando las suntuosas mansiones del Vedado que hoy sirven como escuelas o restaurantes para turistas. Más tarde, las emisoras norteamericanas bombardearon a los cubanos descontentos invitándolos a abandonar la isla. Se trataba de atraer a los técnicos y profesionistas para dejar sin «cuadros» a una revolución a la que se comenzaba a poner cerco. (Todavía hoy se puede encontrar multitud de casos penosos de hombres y mujeres bien preparados que arrastran existencias miserables en los ghettos de Miami o en los comedores de caridad españoles).

Para responder a aquel intento Fidel Castro prohibió la salida de cubanos de la isla, considerando que la sangría era excesiva. Durante años sólo se permitió el retiro en casos de reunificación familiar. Finalmente, en 1980 se le extendió el permiso a los presos políticos que iban siendo liberados. Y hace pocas semanas el gobierno revolucionario anunció su disposición de permitir la emigración de cuantos la solicitasen. Pero entonces ya no era solo la burguesía arruinada que quería huir del país, sino también un sector de trabajadores que no estaban dispuestos a pagar el alto precio que todos sabemos cuesta cambiar una sociedad desde sus raíces.

Fidel Castro, hace ya diez años, intuyó el problema cuando dijo: «el pueblo está un poco inquieto… tenemos muchos problemas… habremos de batallar duro durante uno o dos años para superar estas dificultades». La ola de inquietud popular que Fidel Castro reconocía entonces se ha expresado ahora en la desesperación de diez mil cubanos que buscaban salir del país a través de los jardines de la embajada peruana. Las promesas de mejoría que periódicamente han venido reiterando las autoridades cubanas (fin del racionamiento, aumento, aumento de la producción, humanización de la burocracia, etc. no se han podido cumplir hasta ahora. Y muchos cubanos temen ya que las carencias existentes no se deban sólo a las dificultades de cualquier gran revolución, que tiene que trastocarlo todo antes de rehacerlo, sino a algo consustancial al sistema socialista, que nunca podrá ser bien resuelto.

Mario Zapata. Periodista español. Es articulista de asuntos internacionales en el periódico El Día.

EL «MALESTAR CUBANO»

El cerco exterior contra Cuba ha dado sus frutos, aumentando las limitaciones de una economía ya gravemente lastrada por el monocultivo y condenada a depender sustancialmente de los mercados exteriores. El bloqueo comercial dictado por Estados Unidos ha obstruido las posibilidades de una mejor distribución de la riqueza dentro de la isla, ya que fue el origen básico de la escases que condujo al racionamiento. Sin embargo, lo que se tolera con resignación al principio, uno, dos, seis o diez años, puede llegar a hacerse insoportable veinte años después, cuando se pierde la esperanza y erosiona la moral. A esta erosión natural hay que agregar el hecho de que miles de miembros de lo que ahora se denomina comunidad cubana en el extranjero (antes llamados despectivamente gusanos) han regresado de visita a su patria cargados de regalos y decididos a gastar generosamente sus ahorros con sus familiares, dando una imagen envidiable y produciendo un inevitable efecto de anticlímax tras los años de carencias sufridos por la población. No todo el mundo forma parte de una vanguardia capaz de despreciar durante veinte años la falta de clavos, de pintura, de focos, de zapatos, de carne, de refacciones eléctricas, de adornos, de cinturones o carteras. Frente a los visitantes, la insistencia de la épica revolucionaria en todos los mensajes de la propaganda gubernamental causa vacío y desconcierto. Así, junto a la incomprensión por la llegada de los cubanos del exilio entre los más fieles a la revolución, se estimuló masivamente el deseo de los descontentos a seguirlos fuera de un país en el que no se vislumbra cambio posible en un régimen cuya solidez está fuera de dudas.

Pero a propios y extraños ha sorprendido que en un país tan intensamente controlado por el aparato de seguridad y por los Comités de Defensa de la Revolución, una simple noticia sobre la supresión de la vigilancia frente a la embajada de Perú haya bastado para hacer acudir esa masa de fugitivos dominados por el deseo de emigrar. Por otra parte. Las contradicciones del sistema cubano han ayudado a la extensión de lo que se denomina con insistencia el «malestar cubano». La incompetencia burocrática es un hecho reconocido por el propio Fidel. Y los privilegios de los funcionarios están a la vista de cualquiera en la isla: viajes, automóviles, mejor alimentación, ropa y zapatos, viviendas, etc. Hace apenas cinco meses, la dirección del Partido estimuló por boca de Raúl Castro un amplio debate crítico desde las organizaciones de base, cuya consecuencia más espectacular fue la serie de cambios gubernamentales del pasado mes de enero. A todo ello se añade la falta de opciones políticas fuera del sistema y la escasa credibilidad de una prensa mucho más tímida y subjetivista en sus afirmaciones que las propias jerarquías revolucionarias.

LAS RESISTENCIAS DEL APARATO

Pero el régimen cubano, aunque empeñado en algunas concepciones voluntaristas de Fidel Castro que han producido evidentes fracasos y, sobre todo, lastrado por una burocracia poderosa enviciada en tendencias autoconservadoras, es cualquier cosa menos un sistema esclerotizado. Al contrario, de todas las sociedades socialistas conocidas la cubana es la más viva y en la que el gobierno cuenta aún con mayor y más visible respaldo popular. El propio gobierno es consciente de que los medios de comunicación deben contribuir a evitar un divorcio decisivo entre la dirección y el pueblo, esclareciendo las causas de todas las insuficiencias y criticando abiertamente los defectos del sistema. Sin embargo, se enfrenta a la resistencia de poderosos sectores de las maquinarias partidista y estatal. Las recomendaciones de Raúl Castro para una actuación crítica de la prensa no han podido ser llevadas a la práctica. Cuando la revista Bohemia, que tiene un curioso historial de esfuerzos por elevar el techo crítico, enfrentándose con los cuadros medios, organizó hace poco un debate sobre la necesidad de una mayor libertad de expresión, su director, Angel Guerra, vio cómo su nombre desaparecía del staff, aunque no llegara a ser cesado.

En este contexto, la actual explosión de descontento se ha producido en el momento en que Fidel Castro, preocupado por la gravedad de la crisis económica, se disponía aparentemente a cambiar otra vez de política. Tras reconocer a fin de año el mal funcionamiento de las instituciones, concentró el poder en manos de sus más fieles seguidores y decidió introducir un nuevo sistema salarial, susceptible de incrementar la productividad, verdadero talón de Aquiles del sistema. Al mismo tiempo, parece decidido a independizarse ligeramente de la Unión Soviética en el plano internacional. Así ha evitado, por ejemplo, comprometerse directamente en el asunto de Afganistán y predica la moderación en Nicaragua y en El Salvador. De fortalecerse estas actitudes, no resultaría extraño encontrar a Cuba más próxima a una Europa no beligerante que a una Norteamérica agresiva y a una Unión Soviética irritada. El nuevo papel internacional de moderación que Cuba se ve obligada a jugar como cabeza del Movimiento de Países No Alineados ha entrado en conflicto con algunas de las posiciones cubanas en Africa y Oriente Medio. Para no renunciar al liderazgo de los países pobres, Fidel tendrá que aminorar el intervencionismo ejercido hasta ahora. Sacrificio en recursos financieros y humanos -por otra parte- que empieza a no ser comprendido por los habitantes de la isla, quienes sufren en su carne y en su estómago las carencias derivadas del papel de «gendarme de izquierda» ejercido en el pasado en ciertas zonas conflictivas del mundo.

EL VIRAJE Y LA PROVOCACIÓN

Estos factores, unidos a la liberación de más de tres mil presos políticos, a las conversaciones y convenios con las organizaciones de cubanos exiliados, a la normalización -en suma- de una sociedad dividida mediante una inteligente política de reconciliación destinada a aislar a los sectores más violentos de la ultraderecha cubana en el exterior, han servido (paradójicamente) para estimular a la oposición interna, desorganizada pero innegable, al mismo tiempo que la propaganda de los círculos interesados en mantener el aislamiento castrista se refuerza por momentos. Para el imperialismo es cada vez más urgente desacreditar la revolución cubana, cuando en América Central la llama insurreccional se extiende cada vez más y consume la vieja madera del hig stick, el gran garrote de la política estadounidense que ampara todavía a sangrientas tiranías. Si Fidel es consecuente -y ya lo está siendo- con su cambio de política hacia los cubanos que quieren abandonar la isla (no sólo elementos «antisociales» y «lumpen», como simplificadamente los han definido los funcionarios castristas), parece visible la maniobra de Estados Unidos de favorecer el agravamiento de un problema como el surgido en la embajada peruana. La maniobra ha encontrado el eco oportunista del Chile de Pinochet y de un gobierno español siempre dispuesto a acoger a quienes digan escapar del comunismo, sean cubanos o asiáticos, y siempre reticente a apoyar a quienes luchan por la libertad en América Latina y deben huir de los regímenes de terror. Pero también Fidel Castro debe sacar la experiencia de que los problemas de la isla no se resolverán mientras él y un pequeño grupo de colaboradores sean quienes decidan todo lo que es bueno o malo para los cubanos, y que ya es llegada la hora de que los ciudadanos participen plenamente en la dirección de sus propios asuntos.

Algo huele a podrido, pues, en el asunto de los «refugiados» cubanos, especialmente si se recuerda la reciente provocación de Washington al «descubrir» que en Cuba había técnicos soviéticos a los que de forma sensacionalista se presentó como una unidad militar. Todo el mundo -y mejor que nadie los norteamericanos- conocía de antiguo la presencia de esos técnicos y asesores; convertirlos de golpe y porrazo en una unidad ofensiva perseguía el objetivo de desacreditar a Cuba y de asestar un golpe bajo al movimiento de Países No Alineados. El presidente Carter ha montado sobre ese pretexto una provocación anticubana, con desembarco de marines en Guantánamo y espectaculares ejercicios navales en torno a Cuba. Precisamente, el 8 de mayo iban a desembarcar en dicha base -que es territorio cubano- tres mil marines, en un acto claro de hostilidad activa. Que esto haya coincidido con los incidentes de la embajada de Perú, es bastante sospechoso: parece como si se quisiera crear en el mundo la impresión de que la revolución cubana se está desmoronando para justificar… ¿qué? En la duda, uno puede imaginarse lo peor y no descartar que ciertos gobiernos latinoamericanos (con la honrosa excepción de México) estén haciendo el juego, sin apercibirse, a planes que pueden resultar sumamente peligrosos para sus propios países e incluso para la paz.

Cabe preguntarse si el presidente Carter no trata de cubrir los efectos deprimentes que los acontecimientos de Irán pueden producir en la opinión norteamericana con esta operación contra Cuba, e incluso si en el Pentágono no hay algún loco que está acariciando la idea de crear una tensión para alinear al paso yanqui, más firmemente que hoy, a los países del continente americano.

MÁS ALLÁ DE LA EMBAJADA

Doscientas cincuenta mil personas parecen dispuestas a abandonar Cuba en embarcaciones. Es mucho. La cifra le otorga al asunto de la embajada de Perú la proporción de un drama que afecta vivamente a los cubanos. Que los disidentes intenten trasladarse a un país capitalista, es lógico. Que algún delincuente quiera probar su arte en Miami, es normal. Pero que gentes ordinarias -obreros, campesinos, profesores- también se lancen al éxodo, demuestra que si bien la capacidad del Estado cubano para redistribuir los productos es impresionante, los fracasos económicos del castrismo en el campo de la agricultura y la producción de los bienes de consumo no son menos notables. Los dos aspectos paralelos de la actuación revolucionaria han sido el éxito en la redistribución y el fracaso en el desarrollo económico. El Producto Nacional Bruto ascendió bajo Batista en forma continua hasta 1957, pero su régimen agravó las diferencias económicas entre el campo y la ciudad, entre los ricos y los pobres, e incluso entre las distintas régimes de la isla. En este aspecto el cambio realizado por la Revolución ha sido notable. El desempleo descendió desde un 8.8 por ciento en 1962 al 1.3 por ciento en 1970. Los salarios aumentaron en forma constante hasta 1969. Las tarifas de electricidad, teléfonos y otros servicios, fueron drásticamente reducidas desde 1959. La reforma urbana distribuyó las viviendas abandonadas por la burguesía entre las familias más necesitadas. La educación y la atención médica gratuita extendieron sus beneficios a la totalidad de la población. La mayoría de estas medidas igualitarias fueron adoptadas en el período de transición de 1959-61 y constituyen hasta hoy, sin duda alguna, el elemento mas positivo del cambio revolucionario. Pero a pesar de todo ello, la producción ha sido incapaz de conseguir en veinte años un standard de vida medio, sin agobios ni preocupaciones en el consumo de artículos de primera necesidad.

Parece inútil tratar de convencer a los fugitivos de que es muy probable que vayan a vivir peor en Lima, por ejemplo, donde la mitad de la población vegeta en la más completa miseria. Las colas permanentes ante los almacenes vacíos de productos esenciales; el racionamiento de artículos de primera necesidad (comprendidos el café, el azúcar y el tabaco, principales productos de exportación de Cuba): la burocracia, los «jefecitos» y funcionarios; la vigilancia y el control cotidianos; el boleto que hace falta poseer para comer, para divertirse, para viajar; la idea de no poder salir del país, de no poder ir donde se quiere y cuando se quiere: todo esto no crea necesariamente una dictadura policiaca o un «Gulag» tropical. Pero puede ser, a la larga, motivo de inquietud, de intranquilidad, de hastío y (de desesperanza.

LA PAJA EN EL OJO AJENO

¿Qué papel han jugado en esta crisis las expediciones cubanas a Africa, la presencia de más de cien mil cubanos en otros países, donde los jóvenes se juegan la vida o sufren dificultades materiales difíciles de cuantificar? No se puede responder a esto. Pero los combatientes regresan menos entusiasmados de lo que fueron: todas las guerras son horribles y desagradables. Y los combatientes se encuentran con una zafra azucarera que no alcanza los objetivos del Plan y con precios internacionales de venta en frecuente disminución. El tabaco ha sido golpeado por las plagas. El desarrollo industrial sufre la inercia burocrática, el escepticismo de los obreros, la incapacidad de muchos cuadros. ¿Cuándo acabará todo esto? Después de veinte años, muchos cubanos comienzan a desesperar…

Pero lo que más nos interesa destacar es la facilidad con que algunos gobiernos capitalistas se han complicado en todo este asunto, estimulando a los cubanos que se lanzar a las plazas para desembarcar en cualquier lugar del mundo donde haya un puerto. Pues debe quedar claro que no se trata de exiliados políticos, perseguidos en Cuba, sino de gentes que no se encuentran a gusto y que desean emigrar. ¿Está el mundo capitalista tan sobrado de puestos de trabajo, de viviendas y de otros recursos? Parece obvio que no. Si hay cientos de miles de cubanos desencantados de la Revolución, hay millones de seres humanos en Venezuela, en Perú, en Santo Domingo, en el Salvador, incluso en los Estados Unidos, no precisamente encantados con la política de sus gobiernos. ¿Han pensado esos gobiernos lo que sucedería si sus ciudadanos creyeran que encerrándose en una embajada extranjera va a haber naciones que les aseguren viaje gratuito, acogida, trabajo y bienestar? Sucedería probablemente que millones de desempleados y sus familias, millones de campesinos hambrientos de todo el mundo, se exiliarían en las embajadas. creando problemas al lado de los cuales el que tiene ahora el gobierno de La Habana sería poco más que un juego de niños. No hay nada casual en la afición de los países capitalistas a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

LA VIGA EN EL PROPIO

Para que cada quien se haga cargo de su propia viga, admitamos que el desastre en la economía cubana tiene por base fundamental (como sucede en otros países socialistas) los defectos inherentes a un sistema caracterizado por la ausencia total de discusión democrática y por el sometimiento resignado de la base a las decisiones personales del líder. Un orden piramidal preside hoy la vida política cubana. Los sindicatos se han convertido en una simple correa de transmisión del partido. Los obreros no gozan de derecho de huelga ni de negociación colectiva. Los ministerios respectivos imponen desde arriba, condiciones de trabajo, salarios, horas, beneficios marginales, sin tener en cuenta los deseos de los trabajadores. La instauración de las libretas de trabajo) en las que se comenzó a registrar el ausentismo, retraso, pereza o actitud negativa del titular constituye un instrumento de presión formidable por parte de las autoridades y asegura el férreo control de éstas sobre la vida trabajador.

Naturalmente, todo esto ha desarrollado poco a poco una singular y obstinada resistencia de «clase» aunque de forma «individualista». Cada uno ha tratado de defender como puede su fuerza de trabajo, incluso sin saber que es una mercancía, ya que este tipo de marxismo no se explica en las escuelas cubanas. Los dirigentes han tendido a garantizar los trabajadores un cierto número de bienes y servicios absolutamente indispensables y a dejar que cada uno se las arregle por su cuenta en todo lo demás. Así se han formado dos economías: una, oficial, con sus precios y argucias distributivas; la otra, paralela, regida por las leyes de la de la oferta y la demanda. Para vivir es preciso recurrir a la economía número dos (la del cambalacheo, el trueque, el mercado negro), cuyos mecanismos de precios son totalmente imprevisibles. Naturalmente, la escasa productividad y el ausentismo surgen de aquí, de la necesidad de ahorrar fuerzas. El débil rendimiento en el trabajo del obrero cubano no proviene de su carácter «tropical» o de su «comportamiento preindustrial». Refleja simplemente la necesidad de defenderse de una burocracia que no garantiza los niveles de vida reales, y de adaptarse al sistema de racionamiento, de cartilla, de escaseces y de carencias: a una realidad que, en suma, es contradictoria con la imagen que el régimen da oficialmente de sí mismo.

LA SIERRA MAESTRA Y VEINTE AÑOS DESPUÉS

Pero a pesar de la distancia que separa el proyecto revolucionario (de los combatientes de la Sierra Maestra de la compleja y contradictoria realidad que han creado veinte años de gobierno castrista, en Cuba hay millones de ciudadanos orgullosos de los avances conseguidos. Fieles y disidentes, escépticos y apasionados, apáticos y entusiastas, son dos caras de una misma moneda: la primera gran revolución contemporánea en América Latina. Por un lado, resulta claro que la revolución ha conseguido éxitos espectaculares (sobre todo en su etapa inicial) en aportar a las clases más desposeídas de la isla lo que podríamos denominar «primeros auxilios a un accidentado»: alojamiento decente, escuelas gratuitas, socorro médico, etc. Su balance en ese terreno se sitúa muy por encima de los restantes gobiernos de América Latina (incluso de la próspera y democrática Venezuela). Por otro lado, planteamientos políticos e ideológicos erróneos, así con lo ineludibles realidades económicas y geográficas, la han conducido) a una situación paradójica. Pero puede alguien mostrarnos en la historia de la humanidad alguna revolución (triunfante o fracasada) que no haya vivido contradicciones similares? Porque las sociedades no las crean santos, dioses ni genios, sino hombres falibles enredados en las complejas leyes del desarrollo, no siempre bien conocidas o manejadas. Esta es una cuestión sobre la que debieran reflexionar los revolucionarios cubanos. Pero un millón de cubanos desfilando en La Habana, enfervorizados con su revolución, también cuentan.