“Los gatos de Ulthar” (“The Cats of Ulthar”) resalta la poderosa influencia de Lord Dunsany sobre la obra de H. P. Lovecraft (1890-1937). Apareció publicado en la edición de noviembre de 1920 de la revista Weird Tales. Para H. P. Lovecraft, los gatos y los humanos coinciden en la misma atracción por el horror, salvo que los felinos, en ningún caso, se convierten ellos mismos en algo horroroso. El cuento está incluido en Una sombra en el andén. Relatos fantásticos de gatos y trenes (Cal y arena, prólogo, selección y traducción de Sebastián Beringheli, 2017).


Se dice que en Ulthar, más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo al que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda lo que ella ha olvidado.

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercaba a la cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después del ocaso, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar.

Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer, debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros y porque su cabaña era pequeña y estaba oscuramente escondida bajo unos robles en un descuidado patio trasero. La verdad era que, por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían; y en vez de confrontarlos como asesinos brutales solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles.

Cuando por algún inevitable descuido un gato se extraviaba, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el dueño se lamentaba, impotente; o se consolaba agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que había desaparecido, ya que la gente de Ulthar era simple, y no sabía de dónde provienen los gatos.

Cierto día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se los vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. El líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un curioso disco en el centro.

En esta singular caravana había un niño pequeño, sin padre ni madre, que sólo tenía consigo un gatito negro. La peste no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor. Cuando uno es muy joven puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.

Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión y finalmente a la plegaria. Abrió los brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las siluetas inusuales que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados.

La naturaleza está llena de ilusiones como ésa para impresionar al imaginativo.

Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Los dueños de todas las casas se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había quedado ningún gato. De cada hogar habían desaparecido; gatos pequeños y grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado.

Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.

De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer: ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros el suceso y se maravillaban. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa.

Durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que en la cabaña bajo los árboles no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras.

Cuando hubieron echado abajo la frágil puerta encontraron dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.

Posteriormente hubo muchos rumores entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el médico, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.

Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber: que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

 

H. P. Lovecraft
Escritor. Se embarcó en un viaje sin retorno hacia una nueva dimensión: el “miedo cósmico”, el “terror de los espacios infinitos”, que estremecía a Pascal.

Traducción de Sebastián Beringheli.