Un estremecimiento recorre cada relato de Misterios de las noches y los días (Galaxia Gutenberg) de Juan Eduardo Zúñiga. Publicamos un cuento incluido en el libro, destinado a la irrupción de un enigma que gravita sobre la vida del protagonista.


Un día tras otro iba con mi madre de paseo al parque y para llegar allí cruzábamos el puente, por encima de las grises aguas del río, en cuyo pretil de piedra se alzaba una estatua renegrida por las lluvias y arañada por el tiempo. Una tarde, señalándola, pregunté a mi madre por qué un perro tenía cabeza de persona, y ella, por toda respuesta me dijo que se llamaba esfinge. Luego exclamó: No la mires.

Meses y meses pasé por delante de la estatua e intenté comprender por qué un animal sentado, con alas y enormes garras alzaba su orgullosa cabeza varonil, pero nadie a quien se lo dije supo explicármelo. Muchas tardes me detenía ante su basamento de piedra verdinegra y reflexionaba sobre tan extraña fi gura y comprendí que su cola recogida, aguzada como lengua de serpiente, terminaba en una punta de flecha, y sus alas eran de águila, o acaso iguales a las de un demonio que estaba pintado en un cuadro del museo y que parecía dispuesto a volar.

Entonces ya no preguntaba a mi madre sino al profesor, que tanto sabía, y él afirmaba con la cabeza pero no me daba ninguna respuesta y sólo llegaba a decirme que era una esfinge muy antigua traída de un país lejano, puesta allí como adorno hacía dos siglos.

Hasta que cierto atardecer, cuando pasaba cerca, oí que la esfinge murmuraba unas palabras que se fundían con el ruido del agua en el río y los soplos de viento que arrastraban hojas caídas junto a mis pies. Incomprensibles, sordamente pronunciadas, sin duda en una lengua ya muerta, estuve seguro de que era a mí a quien la esfinge hablaba.

Al confiar a mi profesor lo que me pareció oír junto a ella, me respondió esta vez con firmeza y me dijo que me había hecho una propuesta peligrosa, y que debía elegir otro camino y no volver a cruzar el puente.

Pero desobedecí. Año tras año estuve atento a aquél enigma el cual gravitaba ya sobre mi vida pero yo no renuncié a pasar junto a la esfinge. Otras veces me habló con iguales palabras de piedra y yo seguía sin comprender su significado.

Cierto día, un atardecer de niebla y aguanieve, entré en el patio de una casa y de pronto vi a la esfinge entre unos montones de leña y ladrillos abandonados, emergiendo de las confusas basuras y desechos que hay en todos los patios. Era la misma que estaba en el puente, con su cabeza erguida, soberbia e indiferente a las idas y venidas de las personas, al fluir de la existencia cotidiana, igual a como la vi siempre dominando el panorama de la ciudad desde su alto basamento.

Más tarde encontré a la esfinge en el umbral de la casa donde habitaba la mujer que me amaba; y en la alcoba donde moría el último miembro de mi familia. Vi su piedra oscurecida entre la muchedumbre de una feria, en las filas de butacas de un teatro y también me pareció ver sus rígidas formas en la lontananza de la riqueza y el poder, en los jardines de los palacios y en las sucias tabernas de los malhechores.

Poco a poco hice mías las partes de su cuerpo: supe que tenía garras para despedazar, poderosas patas replegadas para el asalto, altiva cabeza alzada como en un desafío a quien la mirase, y ojos vacíos que no veían a nadie.

Al fin, una tarde, estando junto a su pedestal, sentí que mi cuerpo se endurecía y se hacía el suyo y en un instante fui ella, granito milenario con manchas de verdín, erguido en la penumbra de la soledad. Con ojos vacíos, con alas adheridas e inmóviles, incapaces de volar, con los labios cerrados, pero dejando oír las terribles palabras que ahora yo entendía.

 

Juan Eduardo Zúñiga
Escritor. Ha publicado Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria, Brillan monedas oxidadas y Desde los bosques nevados, entre otros libros.