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PEDRO Y EL EDITOR

El restorán es un panóptico al revés. Hay que localizar los puntos centrales, dominar el terreno de los saludos y las sonrisas casuales, ser visto desde cualquier punto, en todos los extremos centrarse en las miradas del recorrido, incluirse por lo meno en el telón de fondo que -por ejemplo- Hugo Permanenti no desprecia; lo consiente, lo mina y el riesgo no oculta la seguridad de esa noche casi definitiva; revisa la escenografía de las ambiciones a la medida. Desde el pasillo Permanenti calibra entradas y salidas, critica la opulencia y el derroche, «hacienda colonial seguramente.» Se da prisa, dispara rápidos saludos a los críticos, aconseja a los editores, explica el titulo de su último libro, se presenta sobre el hombro de los personajes. La noche le da la oportunidad de olvidar nuestro diario provincianismo, asistir a la cultura de veras, a los proyectos en serio, aunque le moleste el constante o ver shoulder de las presentaciones, siempre desde atrás, mejor manosea su vaso y recoge otro whisky de la charola, se desplaza sobre la alfombra roja del salón, mira de reojo en los espejos de plata manchada para memorizar las posiciones, se coloca bajo la araña de la entrada y recibe al escritor Corchetti, se identifica, lo cuida de los saludos ajenos. Los mejores, se sabe, llegan después; el crítico García Costelo tiene mala suerte, entra enseguida de Corchetti, el efecto de la tardanza se pierde y pasa de largo hasta el fondo, se va en banda, y reconoce en revancha amistades entrañables a cada paso, detiene al mesero mientras intercambia dos o tres cortesías con un critico práctico; la ironía también es su fuerte, la usa como puede, comenta algo incisivo sobre las empresas culturales.

¿TÚ ESCRIBES O TRABAJAS?

En la terraza los nombres se confunden, los personajes intercambian posiciones, se deciden los acuerdos y la anécdota es el espacio de la sinceridad; Covarrubias se da vuelta, se dice que compró para su casa la edición completa de su primera novela para que el viejo le publicara las otras dos. Se intercambian copyrights como apellidos para la hora de los acuerdos. Costelo reconoce de lejos a Corchetti, se acerca y le tira un «extraordinario el texto que leíste, me dijeron», Permanenti asiente y se lanza a decir algo sobre los muertos ilustres y los otros, los verdaderos; Corchetti se quiere sacudir el elogio y lo acepta, discuten rápidamente sobre su obra, el compromiso, la función cuádruple de la literatura. En las mesas se distribuyen los criterios y los personajes, el duelo de tarjetas de presentación mientras el escritor anota para los viajes. Al fondo, en una de las mesas el crítico práctico juega al enfant terrible de cincuenta años, es antisolemne, critica en voz alta, llama la atención con la novedad más escandalosa, «a Gus lo ha perdido una mujer, como al profesor Unrath…», arregla polémicas desde lejos, parafrasea sin querer las últimas declaraciones de Borges, es siempre superior a las circunstancias, las domina como quiere durante la noche, no se echa para atrás frente a la editora, la identidad es su fuerza y también lo es la indiferencia a las caras conocidas.

-¿Ernesto, te acuerdas de mi?

-Sí, sí, de Francfort…

-No, aquí en México.

-…sí, claro.

Esa noche no es como las otras. Hay en ella la posibilidad de asistir al encuentro de los tirajes masivos, a los proyectos gigantescos o a la idea de que el cosmopolitismo es la única identidad de la gran cultura. Las cámaras alfabetizan a los personajes como si fueran derechos de autor, los catálogos de las relaciones públicas, los contratos se deciden en el cuarto whisky; de cualquier modo, llegan siempre estos días decisivos, y si tardan, no es sino el pérfido engranaje de una ausencia, porque sería injusto después de tantos cocteles, conferencias, exposiciones, presentaciones. Un día los intereses empresariales coinciden con los proyectos personales, los aciertos oficiales preparan el camino para colarse en algún corredor del éxito, acercarse a los guiños de la fama, los escenarios de las presentaciones, las amistades improvisadas. Después viene el contacto, el acuerdo, la cita y, por qué no, finalmente la edición -y si poco-, algún premio no sería difícil tras el exhaustivo trabajo de los días editoriales.

UN CORAZÓN SIMPLE

Permanenti se descuida, se enfrenta sin querer con un despistado en uno de sus paseos por el salón, no resiste, «la obra de Corchetti ha cumplido su función, el profundo compromiso de su obra es insoslayable, los lectores lo confirman, las ventas también… es el mundo urbano el que descubre su obra… esa voz personal que levanta cada relato dentro de su obra…»

-Sí, a mi de él, me gusta La vida breve y, sobre todo, El astillero…

-íNo… por favor, ese es Onetti!

Y Permanenti se da una tregua, avanza entre las mesas, sonríe y confirma alguna cita, se inclina para despedirse, abandona el salón, cuenta y resume las caras y los nombres, los telefonazos que vendrán Sale rápido; en su ya larga carrera de escritor siempre le han molestado los mayordomos de la celebridad, los elogios fáciles. El pasillo de salida guarda todavía algunas despedidas efusivas. En la reunión alguien dijo -¿o lo había leído?- que el éxito era femenino, como una mujer: Si uno se humilla, te pasa por arriba, te pisa; la mejor manera de tratarla era mostrarle el puño, entonces tal vez sería ella (¿lo había leído?) quien se humillará.

Se revisó el puño antes de parar un taxi en Avenida Revolución.