A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

1. El primer impulso de genuina preocupación por el pasado suele ser el que pregunta por la historia de la propia familia; en particular, por lo de los abuelos. No hay nada en ese impulso que no esté presente después en la intimidad del impulso que pregunta por el pasado de una ciudad, una región o un país.

2. Huya de las compilaciones y cronologías, pero no de la fascinación que puedan tener ciertas fechas o ciertos documentos, v. gr.: la fecha -si existiera- en que alguien se sintió por primera vez mexicano… y el documento que lo expresa.

3. Al revés de lo que suele exigirse en su enseñanza, el verdadero terreno de la experiencia histórica no está en las fechas y hechos del pasado, sino en las hendiduras del presente que pregunta por su origen y por su sentido; no es una disciplina de o la memoria, sino de la curiosidad; no de la precisión y el rigor documental, sino de la búsqueda imaginativa de aquello que satisface nuestras urgencias actuales de identidad y fantasía.

4. Desconfíe de todo libro de historia que ocupe la mitad del papel en bibliografía y notas al pie de pagina; también del que carezca por completo de estos aditamentos.

5. Prefiera las obras históricas que se empeñan en propósitos narrativos sobre las que se ofrecen como explicaciones generales de las contradicciones de una época. (Siempre y cuando los empeños narrativos no se inicien con frases como: «En las frugales mañanas de la gélida ciudad de México, don Benito Juárez solía levantarse con ganas de tomar unos huevos tibios»).

6. Descrea de los trabajos históricos centrados en la exaltación obdenostación de un personaje, v.gr: los que demuestran que Santa Ana fue un lenón y que vendió Texas para jugarse el excedente en los gallos.

7. Desconfíe de historias que no parezcan capaces de aceptar que a los próceres mexicanos podían gustarles los burdeles y los gallos.

8. El estudio de la historia no ofrece por sí mismo ninguna garantía de comprender el presente. Pueden contarse por miles los especialistas en el pasado y los ávidos lectores de historia para los que el presente resulta incomprensible, o lejano, o deleznable. Pero no hay posibilidad ninguna de entender a fondo el presente, sin una visión histórica de su desarrollo anterior.

9. En tratándose de la historia política nacional nunca olvide que gira por lo común en torno al punto de vista de los triunfadores.

10. Acostúmbrese a pensar en los historiadores profesionales como en un gremio de chismosos irremediables: gente que, insatisfecha con las ya muy prolijas vidas de sus contemporáneos, va a expulgar en libros y archivos las infamias y necedades de otras épocas. Y piénsese usted como el confidente de estas indiscreciones.

11. La historia es cada día más el juguete obsesivo de los círculos académicos que la han expropiado del gran público a fuerza de notas al pie y de refinamientos eruditos. La única revancha que los lectores pueden tener contra esta arbitrariedad especializada, es desespecializar la arbitrariedad y acercarse a esos libros con el único criterio de si lo divierten o no.

12. No hay mejor modo de acercarse a la historia que con la gratitud amistosa con que uno se acerca a una novela o a una leyenda, exigiendo de ella algo más y algo menos que explicaciones y conocimientos -ambos vendrán por añadidura-; exigiéndole fuerza evocativa y capacidad de trasladarnos a un mundo que solo la simpatía y la recreación del historiador pueden volver próximo.

13. En tratándose de biografías, todas las escritas por autores mexicanos son previsiblemente malas -justamente lo contrario de lo que sucede con los biógrafos ingleses.

14. No se pregunte por la historia sino por los temas históricos que la atraen, por los personajes que le atraen de ese tema, y hasta por las anécdotas que le atraen de un personaje. Nadie se acerca en verdad a la historia si no es para satisfacer un impulso de curiosidad personal. Para el efecto vale tanto estar interesado en la Revolución Mexicana, como en los usos sexuales de Café Colón. Lo que cuenta es la intensidad de la atracción; si la actracción es intensa, los temas se irán ampliando solos, por la misma fuerza de su lógica interna o por su obligatoria vinculación con otros hechos.

15. Desconfíe de toda obra que forme parte de una colección que celebre centenarios o aniversarios de hechos heroicos nacionales.

16. Lo que suele haber en libros de historia escritos por políticos profesionales, no es historia, sino discursos disfrazados.

Lo que suele haber en sus discursos solo es historia en la medida en que sirve para comprobar de qué modo sus autores la simplificaban y la deformaban.

17. Al reves de lo que ocurre con su utilización política e ideológica -bajo la forma de la evocación acartonada de próceres y grandezas- la historia no es el terreno de la consagración de los individuos, sino el del trayecto de los pueblos y las sociedades; no la construcción de modelos biográficos magnificados e inalcanzables, sino el de la lucha, la crisis permanente y la escasez, la imperfección y la provisionalidad.

18. La historia es un ejercicio que empieza después o antes- en todo caso lejos- de las efemérides, las cronologías, los discursos, las abusivas compilaciones de documentos, las fichas y notas al pie de página. Acercarse a ella no supone fatigar los gruesos e infinitos volúmenes que en su nombre se han compilado y apilado, sino sospechar el sentido de los hechos que se ahogan bajo todo ese papel.

19. No hay ninguna razón -excepto la de los especialistas y los profesionales- para imaginar la historia como una disciplina de enterados, como una sucesión de precisiones y hechos irrebatibles, como una disciplina del método y no como un estímulo de la imaginación.

20. La verdad en la historia es, pasado cierto número de hechos y situaciones decididamente comprobados, una cuestión de temperamento y convicción personal. Al revés de cosas como la matemática y la física, en cuestiones históricas la verdad es sobre todo un estado de ánimo.

21. El 15 de octubre de 1764, un desconocido autor inglés cuyo primer libro, Essai sur l’étude de la littérature, había sido recibido en Inglaterra con esa indiferencia que prologa al rápido olvido, cavilaba entre las ruinas del Capitolio romano. Los frailes descalzos cantaban vísperas en el vecino y también ruinoso templo de Júpiter, convertido entonces en iglesia de la orden franciscana. El contraste de esas débiles voces medievales con los restos del que había sido por siglos el centro arquitectónico de un vigoroso imperio paga no, sacudió al visitante. «El sitio y la ocasión -escribiría más tarde- daban amplio cauce a la reflexión mortal sobre las inestabilidades de la fortuna que no perdona a los hombres ni a sus orgullosas obras, que sepulta; imperios y ciudades en una tumba común; hay que convenir en que, dada la magnitud de su grandeza, la caída de Roma en una de las más dolorosas y lamentables». Al comentario monumental de esa caída dedicó e visitante Edward Gibbon los siguientes veinte años de su vida y los seis volúmenes de The Decline and Fall of the Román Empire, una de las obras culminantes de la lengua inglesa, una «populosa novela -apunta Borges- cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es el mundo y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos».

El ejemplo de Gibbon resulta sin duda extremo, pero es difícil imaginar un modo más certero de acercarse a la historia que ese soplo inconforme de los muertos.

22. Escribe el historiador inglés Lytton Strachey: «Que se haya planteado y discutido seriamente si la Historia es un arte, resulta desde luego una de las extravagancias de la ineptitud humana ¿Qué otra cosa podría ser? Es obvio que la Historia no es una ciencia: es obvio que la Historia no es la acumulación de hechos, sino la relación entre ellos. Sólo la pedantería de académicos mal formados podría dar lugar a la monstruosa suposición contraria. Cuando se evocan sin arte, los hechos relativos al pasado son meras compilaciones; y las compilaciones sin duda, pueden ser útiles. Pero no son Historia, o lo son en la misma medida en que los huevos, la sal, la mantequilla y las hierbas son un omelette».

23. Nunca piense en la historia con «H» mayúscula (aunque así la escriba Lytton Strachey).

24. Descrea de todos los manuales.

(Tomado de Boletín Finasa, Diciembre 1979)