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José Contreras Quezada: Atrás de la raya de tiza. FCE, Serie Letras Mexicanas, 1979. 87 pp.

Atrás de la raya de tiza reúne cinco historias que comparten el tema de la violencia y la marginalidad. Su común denominador se sustenta en el epígrafe de Carlos Monsiváis: «la atracción hacia lo que se cumple fuera del círculo de tiza de la protección colectiva», aunque por desgracia, en la lectura del libro se van agotando las posibilidades de tratamiento, y el dominio del principio, su precisión y agilidad, terminan parodiándose en la segunda mitad del volumen.

«Vengo por ti», el relato que abre el libro, es el mejor de todos. La historia de un repartidor de hielo, «el Gran Gandalla», que entrega sus esperanzas al boxeo clandestino con el nombre de Ray Córdoba. Su combate con Kid Culebro es descrito con el conocimiento de un cronista deportivo; las palabras, el acoso del público, las acciones y los gestos que no se descubren desde fuera, la inesperada victoria de Ray que arruina las apuestas de Rizo, su manager. El contraste entre la algarabía del triunfo y la triste vuelta solitaria al barrio. Ahí, en Santa María la Redonda se decide por visitar a su antigua novia, hoy esposa de Rizo. El encuentro lo provoca, lo obliga a actuar, los lleva a tumbarse en el «sofá de la sala como arrebatados por un huracán que barría toda la frustración de tantos años inútiles». En este momento comienza la transformación de Ray: irá a cobrar a Rizo, regresará por su ex novia que, sin embargo, no querrá huir con él. La culminación en la puerta de la vecindad, tres hombres enfundados en grandes abrigos: «¿Eres tú, Rizo? -Pero sus palabras se disolvieron en las sombras de la noche, y nada pudo escucharse, excepto el paso del último tren de Santa María la Redonda, que dejaba tras sí ese sordo rumor en los cables, como un gemido humano, que se fue extinguiendo poco a poco, en el silencio de la noche quieta».

En «Vengo por ti» lo apreciable es la metamorfosis del boxeador que en unas cuantas horas decide su vida; la fatalidad que comienza en el extravío de una ciudad atestada de cabaret-neón-y-borrachos; la arquitectura de la vida urbana hecha de lugares comunes con la autoridad de un Mickey Spillane, el ahorro de cualquier intento por escapar a la obviedad. Los relatos que siguen van minando este impulso, esta forma de ver. «La otra cara de la noche» es el ambiente de un cabaret, con la fichera que desde el principio huele algo malo en la noche que termina con la ausencia de su chulo, amenazado por otros maleantes. «La posada del camino» es el torpe registro de la descompostura de un Buick en la carretera de Querétaro, la cena comprada en una casa pobre, la muerte del celoso jefe de familia. «Por vivir en la misma calle» el peor de todos-, la historia de un robo que se pierde en los intentos del narrador por construir un relato de bandidos: «No tiene nada de noble la vida de los bandoleros, pero por su condición de rebelde Beny les atribuye una realidad fantástica. Y no sé si eso es lo que les da un lugar en la historia y hasta en la literatura, pero no hay duda de que éste es un filón poco explotado, una veta casi virgen para quien tiene talento». «La risa en la ventana» cierra el volumen con la fatiga de su personaje en el cauch sentimentalón pasado con su prima, y la muerte del amigo después de una noche de baraja.

Atrás de la raya de tiza se anula a sí mismo en la desproporción de su calidad. Lo que en la primera historia era logro, es sólo un recurso para mantener los mismos temas. El colmo es la intención después de «Por vivir en la misma calle», que en el supuesto candor del personaje-autor incluye la labor y los propósitos del escritor, insertos a la fuerza en el curso de los acontecimientos. Tal vez la ambigüedad geográfica del titulo sea la clave: ¿dónde quedó el escritor? ¿Dentro o fuera de la raya? Tanto Juan Orol como Mickey Spillane juegan al ridículo. Nunca se arrepienten.