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Inés Arredondo: Río subterráneo, Joaquín Mortiz Editor, México, 1979. 157 pp.

Inés Arredondo pertenece a una generación que comprende a Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, José de la Colina, Juan José Gurrola, Huberto Batis, Salvador Elizondo. Su calidad de enigma, cultivado por ella misma en una conferencia, se debe, en parte, a la brevedad de su bibliografía. En 1965 publicó un libro de cuentos en Ediciones Era, hoy agotado, y es ahora que vuelve a editar algo. La misma sobriedad al publicar la muestra al escribir.

Los personajes de sus cuentos, por lo regular mujeres fracasadas, con el rostro marcado por el tedio y a veces por la resignación, relatan un pasaje central de su existencia con la sabiduría del derrotado, y nunca pierden la verticalidad ni se dejan vencer por el sentimiento derrotista: son demasiado perfectos. Hay además espacios en blanco que el lector debe llenar: lo no dicho, lo que debe uno sentir, y que hace válida cualquier ambigüedad.

Río subterráneo, su segundo libro, no varía mucho. Algunos de los relatos que lo forman se han publicado anteriormente (uno de ellos, si no recordamos mal, en aquel número de Revista de la Universidad, «Nuevas letras, nueva sensibilidad» 1968); es decir, quizá este libro pudo ser publicado en 1970. La espera ha envejecido los relatos: a estas alturas, más que ambiguos, muchos pasajes suenan ingenuos, aunque no sus personajes. Lo que el lector debe entrever ya no es misterioso. Los desenlaces se vuelven un poco previsibles.

La escritura de Inés Arredondo es prácticamente impecable (apreciación que excluye al relato final, «Atrapada»: sobre dialogado, con una atmósfera que a cada rato se diluye, demasiado largo para lo que dice y con una anécdota que recuerda mucho a «La Susanita», aunque en otro ámbito, otro tiempo y otro estilo). Logra redondear sus historias con buenas atmósferas, que ahora más que misterio dan sensualidad. En muchos sentidos recuerda a Juan García Ponce; importa más la recreación de algún momento que el desarrollo de la historia, y -se supone- tiene más peso lo «no dicho». Sólo que, repetimos, diez años han envejecido a Río subterráneo.

«En la sombra» es un digno ejemplo. La protagonista, una mujer que descubre la infidelidad de su marido, vive una experiencia intensa: es deseada por tres pepenadores, pero sólo ella siente y entiende su venganza conyugal; no es violada ni seducida ni tomada por ellos. Algo pasó, pero es difícil ubicar el hecho y más aún definirlo.

Mientras se lee Río subterráneo la prosa de Inés Arredondo se deja sentir, se puede recorrer como si fuera piel. Algo pasa al terminar la lectura: sólo quedan impresiones vagas, recuerdos imprecisos. Persiste mucho más el momento de una descripción que la anécdota. Arredondo maneja bien la historia, el desenlace; aparentemente, nada queda fuera y todos los elementos confluyen al final. Pero de la lectura quedan sólo ciertos momentos y nada más.

Con todo, hay dos cuentos extraordinarios: el que da título al volumen y «Las mariposas nocturnas», ambos con cierto matiz indefinido y con un desenlace un tanto sorpresivo. En «Las mariposas nocturnas» se sabe que la protagonista intenta un complot y fracasa; pero no se sabe por que fracasa; y la presencia extraordinaria de un narrador masculino hace más enigmática la historia, porque este ser ambivalente da la impresión de haber preparado la trampa en la que la protagonista incurre. No es esto lo mejor del cuento, sino la descripción de los viajes que hacen todos los protagonistas. Y el retrato de la mujer no se presta a las ambigüedades características de Arredondo: el narrador la ubica con unas cuantas palabras y trasmite su propio asombro ante la transformación del personaje. El cuento es diferente a los demás. De «Río subterráneo» queda también la atmósfera de extrañeza, de terror ante algo desconocido y a la vez muy preciso.

De no estar tan bien escrito y de una manera tan personal, Río subterráneo podría confundirse con los textos de García Ponce, Juan Vicente Melo, Ulises Carrión, o algunos momentos de Salvador Elizondo. Y esto, como el libro, es también muy ambiguo.