En El billar de los suizos, libro de “memorias atendidas” como anuncia el subtítulo, Guillermo Fadanelli retoma la nostalgia por el pasado perdido. Presentamos un texto en el que una pareja visita Florencia y escucha la historia de un asesino. Ella no le permitía al narrador abrazarla o besarla en público ya que se había enterado de que el asesino tenía una especial predilección por las parejas de enamorados.


Guillermo Fadanelli
El billar de los suizos. Memorias atendidas
Cal y arena
Ciudad de México, 2017
132 pp.


“Miró hacia los Alpes por la ventanilla y comentó: si estas montañas fueran obra de los suizos serían más planas.” Bromea, así, un pasajero en la obra de Paul Theroux, El gran bazar del ferrocarril. Si Suiza tiene sentido es porque a sus costillas se hacen infinidad de bromas y observaciones sarcásticas. Ello forma parte de su destino y nada pueden hacer, los suizos. Los comentarios o apreciaciones que realizan nuestros compañeros ocasionales de viaje llegan a ser totalmente convencionales o, por el contrario, logran ser comentarios raros y extraordinarios, como he recalcado sin pudor hojas atrás. No hay observación a medias. Yo tengo por costumbre no iniciar una conversación cuando viajo pues doy por sentado que los demás no desean escuchar mis palabras ni conocer mis opiniones sobre las crepas de Bretaña o las arepas colombianas. Entablar charla con un desconocido hace que la ruleta rusa sea un juego frívolo y poco peligroso. Para infortunio de los entendidos en la cortesía que pregona el silencio, existen pasajeros que desean conocer más a fondo a la persona que ocupa el asiento contiguo durante el tiempo que consume el viaje. Y lo echan todo a perder. ¡Desean saber si el bulto que permanecerá varias horas a su costado está lleno de cebollas, de aguacates o de excremento! Quizás lo hacen por precaución o curiosidad, aunque creo que la mayor parte del tiempo comienzan una conversación por aburrimiento o porque no pueden soportar el silencio del desconocido. El hipócrita silencio que se gesta ante nuestra cara llega a ser aterrador.

En cierto viaje por tren que realicé de Roma a Florencia en compañía de una joven mexicana de nombre Yolanda, nuestros compañeros de asiento, tres mujeres de edades avanzadas y un hombre a mitad de su vida, se unieron para darnos una noticia que nos arrebató el entusiasmo que despierta el arribo a la más célebre ciudad de la Toscana. Durante el corto recorrido entre ambas ciudades los vecinos de compartimiento se dedicaron a escrutarnos mostrando una descarada curiosidad, aunque yo advertía en la ansiedad de su semblante que, además, deseaban comunicarnos algo. Ser visto es inevitable, y cuando las personas sacos de cebolla te ven, juzgan de inmediato. Corría el caluroso verano de 1985 y, como cada año, los habitantes de Florencia sabían que un célebre asesino serial asesinaría a alguna pareja durante la noche para, en seguida, diseccionar las partes íntimas del secuestrado cuerpo femenino. El criminal llevaba a cabo la disección con pericia científica y esta característica tenía especialmente asustados a los florentinos. La ciencia intimida: he allí su papel esencial, además del evidente.

Los compañeros de asiento nos lanzaron la noticia añadiendo detalles grotescos y aberrantes de la historia. El asesino, quien jamás llegó a ser descubierto, fue conocido en la ciudad como el “Monstruo de Florencia” y, según nos comentaron estas recatadas y morbosas personas, nosotros nos ajustábamos muy seriamente a la clase de pareja que el asesino solía atacar para saciar sus debilidades. Sólo en una ocasión se había “equivocado”, añadían, y había asesinado a una pareja de homosexuales. “Pero eso es culpa de los tiempos en que vivimos, no del monstruo”, comentaba intrépida y a sotto voce la anciana que apoyaba sus huesos en uno de mis muslos. Las señales de confianza entre los italianos tardan apenas unos segundos en derrocharse. Ese año el Monstruo de Florencia acababa recién de asesinar a dos de sus dieciséis víctimas y los habitantes de la antigua y rancia ciudad, italianos al fin, se esforzaban en atemorizar a los visitantes narrándoles historias sádicas con detalle y precisión macabra. Estaban orgullosos de su monstruo y no habrían cambiado su presencia, ni siquiera por la aparición de un nuevo cometa.

Habíamos llegado a Florencia con el único propósito, nada menos, de ser asesinados. Y a pesar de que nadie nos provocó daño alguno durante la semana que estuvimos allí, habríamos preferido no estar al tanto de la existencia de un criminal de tal envergadura. Mi acompañante rehuía salir de la posada en las noches y andar por esos sitios solitarios que yo tanto aprecio, ¿por qué tenía que renunciar a mis paseos de madrugada a causa de la fama de un criminal? Yo soy mexicano, y los mexicanos también tenemos, a ojos de un provinciano florentino, alguna fama de criminales. Yolanda tampoco me permitía abrazarla o besarla en público ya que se había enterado de que el asesino tenía una especial predilección por las parejas de enamorados. Yo no albergaba ningún temor y, en cambio, sí un velado rencor por el criminal quien, sin saberlo, había tirado a los albañales mi romántica e inspirada semana en Firenze. Al final del viaje aquella mujer y yo nos separamos debido a que las discusiones aumentaron al grado de volverse insanas y contaminar el futuro de la memoria; nuestras diferencias subieron de tono y se tornaron amargas y continuas. Antes de que ella abordara el tren que la llevaría a París, pasó por mi mente un augurio señal de impotencia y patanería: “No importa dónde te escondas, algún día el Monstruo de Florencia te encontrará y practicará en tu cuerpo una minuciosa cirugía. Y yo estaré sólo mirando y sin hacer nada.”

 

Guillermo Fadanelli
 Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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