Pienso en Manqué y la imagino cantando. Digo yo que porque sé, como tantos otros, que María Angélica Luna Parra hizo la vida, sin duda, trabajó, como quien canta. Por eso haber acompañado su fervor y su paso por la vida me alegra y me conmueve. Quiero contar mi admiración por ella porque cuando muere alguien así siempre sentimos que no la honramos suficiente. Quiso la suerte que alcanzara yo a decirle algo de esto, una tarde aún cercana.

Sabía yo entonces que la enfermedad la mermaba, pero quienes estábamos ahí la oímos hablar con la pasión de siempre y no pensamos, sin duda, no yo, que toda esa fuerza fuera la de sus últimos días.

La primera vez que la vi, llegué a su casa y entré como por la mía. Porque así era ella, compartida y tan cálida que el espacio suyo acogía al de los demás. Cargaba a la tercera de sus hijas. Una preciosa niña de tres años. “¿Camina?”, le preguntó alguno de nosotros como si no supiéramos que la niña, y sus hermanas, eran guerreras y guerristas como su madre, y que por eso a ella le gustaba cargarla un rato más. Cuanto se pudiera. Como a la vida misma.


Ilustración: Gonzalo Tassier

En privado, traté a Manqué, así la llamaba todo el mundo, durante 40 años. “Ya todo empezó hace mucho”, solíamos decir. Desde entonces aprendí que estaba siempre dispuesta a ser la primera en ayudar. Cuando mi hija, recién nacida, llegó al hospital sin respiración y, según nos dijeron al principio, sin que supiéramos qué le pasaría, no tuve cabeza para llamar a nadie. Aún me pregunto quién se lo dijo a ella, porque apareció enseguida con sus ojos de esperanza y su voz pausada para asegurarme que estaría bien, que así eran los niños, que tan rápido se ponían graves como rápido volvería mi hija a abrir las alas de su risa. Manqué. Por supuesto tuvo razón, como la había tenido cuando los invitamos a cenar la noche que terminó con el nacimiento de mi primer hijo. “Vámonos Luis, es una impertinencia que estemos aquí a las doce de la noche. Mira la cara de Ángeles. Esa criatura va a nacer en un rato”. Así era ella, sabía mirar adivinando. Y decía lo que pensaba sin ser imprudente, pero sin callarse la verdad.

Con estas dos virtudes prevaleciendo siempre Manqué trabajó en el servicio público toda su eternidad. No importaba quién mandara en los puestos más altos, ni si ella tenía uno muy importante o uno que hacía con sencillez desde donde no se notaba, pero no dejó nunca de trabajar con la idea, que debería prevalecer entre quienes dirimen la administración de lo público, de que a ella le tocaba servir en donde estuviera. Gente así la cuento con los dedos de una mano.

Más aún, si quien lo hace no espera mayor reconocimiento. Y ella no veía su actitud como algo extraordinario. Trabajar con sencillez en el servicio público, lo mismo dirigiendo la Delegación Álvaro Obregón que como fundadora y luego directora de Indesol, fue lo suyo. Cultivó con discreción y esperanza todos sus deberes. Perseveró en hacer el bien y no dejó nunca de lidiar con el mundo en lugares en los que lo importante era servir y no imponerse.

Fue siempre una servidora pública. Dos palabras que juntas deben ser un elogio, y que puestas en muchos otros se vuelven permiso para robar y cometer arbitrariedades. A ella nunca se le olvidó lo que significan y las dignificó con sencillez, valiente y honrada.

No sólo no abundan, sino que son muy pocos quienes resultan capaces de trabajar transformando la realidad, lidiando con sus goznes y sus desfalcos, y al mismo tiempo son aptos para transmitir la luz y la contraluz de semejante experiencia. Manqué, para nuestro gozo, supo hacerlo.

Las mujeres y los hombres públicos casi nunca nos cuentan su experiencia, mucho menos lo hacen con la soltura, el aire claro, el don de ojos y lengua con que lo hacía Manqué. ¿De dónde salía esta aptitud? De la naturalidad con que ella creía que su trabajo era algo normal, algo sencillo y, sobre todo, fascinante. Esto último sí que ha sido: fascinante. De ningún modo fácil.

Qué ardua puede ser la vida, transmitía, y al mismo tiempo qué audaz, qué prodigiosa, qué llena de sorpresas.

Uno diría que no es posible ser bravía y prudente. Yo digo que Manqué lo era. Apta para ver los problemas desde muchos lados, y para buscarles solución según se necesitara, no siempre del mismo modo, pero sí como mejor se debe. Aunque para eso haya tenido que enfrentar puntos de vista y actitudes con los que no coincidía y frente a los que sabiéndose con razón no cedió.

Manqué ejercía una cualidad vieja que a muchos les gusta fingir, pero casi nunca ejercer. Se llama misericordia, y es una virtud que no por antigua abundó nunca y no por escasa resulta menos valiosa.

 Semejante virtud se ejerce en los lugares por los que pasó María Angélica. Servir era un deber de siete suelas en quienes trabajaban con Manqué. Porque ella sí que predicaba con el ejemplo. Lo sé porque tuve desde dónde mirarlo. A veces, incluso, sin que ella se diera cuenta. El trabajo de Manqué fue un esfuerzo de paciencia y generosidad que a diario sorprende.

Hace ya tiempo llegué a la edad en que uno pasa de desconfiar de todas las instituciones, sin más, al afán imprescindible de dar con algunas en las que poner toda su confianza. Porque no se puede vivir soñando con la devastación de un mundo horrible, sobre cuyos escombros sembraremos un futuro luminoso, sino asumiendo que es en este mundo que a veces nos agobia y a veces detestamos, donde hemos de construir el presente audaz que mejore nuestra vida. Manqué fue una de esas instituciones.

Sé que en muchos años, cuando sus nietos tengan nuestra edad, podrán reconocer, en cada esfuerzo de ahora, la naturalidad que habrán de tener ciertas cosas en su presente. Quizás entonces la discriminación, la falta de equidad, la violencia contra los niños, el mal trato a quienes son distintos, sean menos graves que hoy. Sin duda porque hubo entre nosotros personas excepcionales, como Manqué, que cumplieron con su deber, enmendando el diario espanto, con su dedicación sin alardes, sin ambición de notoriedad, sin vanidad. Un trabajo arduo y muchas veces anónimo, acompañando con sus desvelos las aflicciones de otros.

Buscar el respeto para la dignidad de todos los que habitamos este país que a veces nos disgusta y, siempre, nos apasiona, fue para María Angélica Luna Parra un destino que muchas veces la llevó más allá de lo que sus funciones le reclamaban. Ella tenía una ley no escrita sino en su vocación. Buscar la justicia, la ética del trato con lo público, la comprensión y la tolerancia, no es un trabajo fácil. Nunca lo ha sido. Buscarlos sin empeño protagónico, sin necesidad de prevalecer, no sólo no es fácil sino que resulta extraordinario.

No es verdad que las novelas están para contar cosas increíbles, las cosas increíbles nos las cuenta la vida. Y ponerlas juntas es darles a otros un regalo inexorable y hermoso, como pocos.

Saber que en el mundo hay infamia y desdicha no nos releva de la obligación cotidiana de intentar que las cosas cambien. Esta certeza, tal vez antes que ninguna otra, nos la ha regalado Manqué. El mundo puede ser bueno, sus horrores y errores tienen remedio.

Se lo dije a tiempo, pero no suficiente, la tenacidad con que ella vivía no sólo afirma que el mundo tiene remedio, sino que hay quienes están decididas a buscárselo. El mundo, por más lleno de afrentas y pesares que le encontremos, merece el diario afán de quienes creen que tiene remedio, de quienes imaginan, sueñan, afirman que tal remedio está en nosotros. 

Manqué valiente, generosa, tenaz y honrada. Ser su amiga, estar cerca de su esperanza y sus cometas, fue un privilegio de esos que la vida nos regala porque sí, como la mejor de las fortunas.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “La generosa Manqué

  1. Quizá, una de las dolencias de nuestro tiempo sea que los mejores son más sensibles al desencanto, se apartan de lo público asqueados por la corrupción y por mil cosas más. Hay muy pocas Manqué. Y sin embargo, son tan necesarias.
    Un abrazo inmenso, queridísima Ángeles.

  2. Pocas personas con su aguda sensibilidad, con su transparencia y apertura. Tuve el privilegio de aprender de ella y le agradezco la oportunidad que me brindó al involucrarme en proyectos, en extenderme la mano para impulsarme… “hay muy pocas como Manque”