Estos papeles me sirven para aprender a escribir, decía Josep Pla de su Cuaderno gris. “No para aprender a escribir bien, sino simplemente para aprender a escribir”. El dietario era el verdadero maestro del escritor catalán porque, antes que cualquier otra cosa, lo ejercitaba en el arte del adjetivo. La gimnasia de su diario lo obligaba a calibrar cotidianamente la textura de una voz, los gestos de la mano, las arrugas en la camisa. Darle la bienvenida a un fenómeno en la página es atreverse a calificarlo. Pla salía a la calle con esa tarea en mente: apreciar el arco de sus colores, la promiscuidad de sus aromas, el flujo de los paseantes. Encontrar el matiz que reconoce la singularidad de cada ola en el mar.

Ilustración: Adrián Pérez

En una nota del 17 de agosto de 1919 se retrata el cazador de adjetivos. Josep Pla está en las playas de Canadel y registra el desenlace de una breve tempestad eléctrica:

A las seis de la tarde ha parado el viento. El mar ha entrado en una inmovilidad total, en un silencio oleoso. Del lado del poniente, el cielo ha tomado una lividez amarillenta que ha puesto sobre las cosas inmediatas un color de yema de huevo. En un momento determinado se ha oído un trueno, sordo y lejano, continuado, que ha durado casi dos minutos seguidos. Un ruido ondulado, que parecía que no se debía acabar nunca. Después un relámpago rápido, nervioso, frenético, que ha creado como un resplandor de luz verdosa en la vaguedad muy cernida del cielo del poniente. Ha vuelto a sonar, de inmediato, otro trueno seguido, no tan largo, de un volumen menor. Otro relámpago de menor intensidad y otro más reducido. Otro trueno sin forma, como un ruido que huye y se desvanece. El cielo ha ido perdiendo la lividez, el color de yema de huevo ha ido desapareciendo y, de repente, todo ha vuelto al color de la hora que era. Mientras tanto han caído cuatro gotas justas, gruesas que han hecho una burbuja sobre el polvo de la calle. Ha venido una racha de aire un poco más fino y fresco. Después, nada.

En el espectáculo que contempla no aparece un solo personaje neutro. No habla de un mar genérico sino de un mar pasmado, inmóvil. El silencio es oleoso, el trueno sordo, el ruido ondulado y las gotas gruesas. Cada sujeto tiene su brillo propio, único. Tal vez su brillo sea, en realidad, un velo opaco, un barniz tacaño. La retina del escritor es ciega a la pelusa de lo genérico. Nombrar al sujeto sin advertir los rasgos que lo distinguen de lo indistinto es negarlo. Ahí estaba la aventura de su pluma: la sorpresa de la imaginación que observa. Descubrir o inventar el adjetivo que imprime vida al sustantivo. Por eso fumo, decía en una entrevista: para buscar el color y la forma de esa puerta. Podría decirse con una fórmula de aire camusiano: no hay más que un problema literario verdaderamente serio: el adjetivo.

Al dios de la poesía Vicente Huidobro lo invitaba a inventar mundos y a cuidar la palabra. Lo advirtió solemnemente en su “Arte poética”:

El adjetivo, cuando no da vida, mata.

Josep Pla coincidiría. No hay peor desgracia literaria que el adjetivo fallido. Por Pío Baroja sentía no solamente la gratitud de la admiración. Se sentía su discípulo. “Baroja es un escritor inmenso”, dice. Pudo haber sido el mejor memorialista de la literatura castellana de todos los tiempos. “Cuando sus obras se reducen a lo que son en realidad —escribe Pla—, a una sucesión de paisajes, de figuras y ambientes, tienen una calidad sensacional, única, insuperable, magnífica. Pero cuesta —y esto produce cansancio— eliminar de sus libros lo que tienen de tripa inútil, de intriga ficticia, de truco añadido, de peluquería novelística”. El escritor se equivocó de técnica, concluye. Su gran limitación fue su tendencia a olvidar los matices. Su verdadero defecto, su pecado capital fue el ser “un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva ligeramente —se lanza, como los asnos los pedos”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

2 comentarios en “La caza del adjetivo

  1. No cabe duda que este hombre es muy imaginativo, de lo real toma lo correcto de ahí subjetiviza, pero que importancia le da a la palabra que sólo él la sabe interpretar y le da los matices correctos; de esa formula aprendemos todos, que buen escritor es este personaje la sociedad lo necesita.

  2. A mí parece que la descripción de Joseph Pla, es la prescision del momento, la sencillez des describir ese ocaso del atardecer. Claramente uno se imagina al tipo en playa. El,papel del tiempo, que es breve , como nuestro paso por este mundo.y en esa brevedad está la magia de la vida. La prescision del tiempo breve, en la vida de un hombre.