La libertad es el espacio necesario para el surgimiento de un ser autónomo: sin libertad, nadie puede crear para sí mismo (autós) norma alguna. Pero ser libre no consiste solamente en actuar sin constricciones o en poder elegir. Como lo supo el pensador judío Baruch Spinoza, ser libre requiere conocer las razones por las cuales se elige algo frente a otras opciones diferentes: para ello la educación es un factor indispensable. El grado de libertad aumenta en la medida en que un individuo es capaz de comprender las razones por las que se decide por una opción y no por otra.

Asumamos que somos libres de manera gradual y tan sólo en cierta medida, pues nunca conoceremos del todo las últimas razones que nos impulsan a actuar. Con base en ello, enunciemos una distinción fundamental: una cosa es ser libre de algo y otra muy diferente es ser libre para algo.

La primera expresión, ser libre de, es una condición necesaria para que pueda darse la segunda: ser libre para. Así, un individuo requiere ser libre de supersticiones para tener la posibilidad de ser libre para opinar de manera racional. Y con esto llegamos a algo fundamental: en el ámbito religioso es imposible la libertad de opinión, pues gran parte de las religiones no permiten el libre cuestionamiento hasta sus últimas consecuencias. De ahí que la bioética deba ser laica y, si no lo es, no es bioética.


Ilustración: David e Izak Peón

Una bioética laica posibilita ser libre para pensar y actuar. Y cualquier individuo libre considera por lo general que lo idóneo es ser autónomo, a saber: regirse a sí mismo, darse a sí mismo las propias reglas para vivir.

El individuo autónomo en lugar de seguir lo estipulado por la moral gregaria, prefiere vivir bajo sus propias normas. Y mientras no haga daño a nadie ni altere los derechos y las libertades de los demás, cada individuo debe ser libre de pensar y actuar de manera propia, personal.

Pensemos ahora en la libertad y autonomía con relación al principio y fin de la vida. El espacio que la libertad abre para la autonomía es evidentemente un espacio destinado a personas, no a otro tipo de entes con vida como podría serlo un conjunto de células o un pulmón. Por ello en la gestación la autonomía está referida a la madre gestante, como persona que es. Aquí algunas voces suelen insistir en que el feto o incluso el mero embrión son ya una persona. Pero ¿qué es una persona?

En sus orígenes la palabra “persona” designaba la máscara empleada para hablar en el escenario: per sonare. Ésta daba a quien la empleaba una cierta personalidad tanto en el sentido antiguo como en el sentido moderno: se hacía escuchar de una cierta forma y con un cierto carácter, idea presente en nuestro concepto actual de “persona”, que remite a todo aquel que tiene la capacidad de expresar sus ideas o necesidades. Por ello, dar el estatus de “persona” a un conjunto de células es absurdo. Hay quienes aceptan lo anterior, pero insisten en que si bien el feto no es una persona, lleva en sí la potencia para serlo. Pero se trata evidentemente de una falacia: el feto adquiere la potencia de la madre, no de sí mismo.

En el fondo de esta polémica anida una pregunta: ¿nos consideramos o no dueños de nuestra vida? Donde está prohibida la esclavitud nadie ni nada puede ser dueño de otra persona. La persona gestante debe ser, pues, libre y autónoma para decidir si desea y puede continuar la gestación o no.

Estas ideas cobran mayor claridad si hablamos del final de la vida. Cuando la muerte requiere una antesala agónica que el individuo considera indeseable, es éste y solamente éste el que debe tomar la decisión de continuar o de suspender el sufrimiento previo a su muerte. ¿Quién más puede decidirlo si no es el propio individuo?

En un Estado laico decisiones de este tipo, que no alteran la vida de la comunidad ni la de otros individuos, no deberían siquiera cuestionarse: si una persona no puede decidir sobre su propio cuerpo, hablar de libertad o autonomía no tiene sentido alguno.

La suspensión voluntaria del embarazo y la libre elección ante la eutanasia no pueden someterse a votación popular: son cuestiones íntimamente personales en las cuales cada individuo debe actuar de acuerdo a su escala de valores personales. Mientras no se dañe a otras personas, la libertad y autonomía deberían considerarse valores inviolables.

 

Paulina Rivero Weber
Filósofa. Docente de la UNAM. Coordinadora del Programa Universitario de Bioética (UNAM).

 

3 comentarios en “¿Somos dueños de nuestra vida?

  1. Aporta mucho al debate el concepto de “moral gregaria”, me gustan sus conceptos de autonomía y libertad del individuo. Saludos

  2. la primicia de ” en el ámbito religioso es imposible la libertad de opinión, pues gran parte de las religiones no permiten el libre cuestionamiento hasta sus últimas consecuencia” es subjetiva y erronea

  3. Artículo para justificar el aborto. Es demasiado débil el argumento de que el feto no es persona solo por la etimología de la palabra. Artículo barato diría yo