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En muchos aspectos el inicio y el fin de la vida se tocan. Pero se tocan de manera diferente si agregamos a la palabra vida el adjetivo humana, y aún más diferente si en lugar de vida humana decimos persona.

¿Tienen vida cada una de los trillones de células que en su conjunto conforman el organismo humano? ¿Están vivos el óvulo y el espermatozoide, células que durante el proceso de fecundación in vivo (después del coito) no están contenidos dentro de un órgano, sino en un conducto llamado Trompa de Falopio en el vientre de una mujer, y cuando la fecundación ocurre in vitro ya ni siquiera están dentro del cuerpo, sino en un tubo de vidrio? ¿Tienen vida cada uno de los órganos del cuerpo humano, el corazón, los pulmones, el páncreas, el hígado, el riñón, o cualquier otro? La respuesta a todas estas preguntas es claramente sí, pues si estas estructuras celulares (todos los órganos están formados por células) no estuvieran vivas no podría haber reproducción humana y los óvulos fecundados in vitro (cigotos) no serían viables para generar un organismo humano. Tampoco podría haber trasplantes de órganos, ya que el órgano por trasplantar necesariamente ha estado fuera del cuerpo durante varias horas. Pero ¿tienen vida humana? La respuesta es, otra vez, sí, pues ahora sabemos que todas las células humanas tienen el genoma humano completo, es decir, la información genética propia de la especie Homo sapiens.


Ilustración: David e Izak Peón

 

Pero ¿basta el tener el genoma humano para ser persona y por lo tanto son personas las células individuales, el cigoto, los tejidos, los órganos? Aquí la respuesta es un no rotundo, pues sabemos desde la segunda mitad del siglo pasado que la estructura química básica de los genes de todos los seres vivos es idéntica, y que el genoma humano es en gran parte igual al de todas las especies de mamíferos: el genoma del chimpancé, la especie de los primates más cercana al primate Homo sapiens, es 98.6% idéntico al genoma humano. Así, si tener el genoma humano completo hace a una persona, el chimpancé sería 98.6% persona, y cada uno de los cigotos formados por fertilización in vitro y preservados en congelación es una persona y por tanto existen millones de personas congeladas.

Entonces, ¿qué es una persona? ¿Cuándo se forma? Para contestar estas preguntas es necesario referirse al cerebro, el órgano maestro que regula todas nuestras funciones, tanto las corporales como las mentales, y del que depende precisamente el ser persona. En efecto, científicamente es imposible hablar de una persona cuando el cerebro, y más específicamente la corteza cerebral, no se ha desarrollado lo suficiente para establecer los circuitos neuronales que la componen ni sus conexiones con otras áreas neuronales, todas necesarias para que la corteza alcance plenamente sus funciones, que son precisamente las que distinguen a nuestra especie de cualquier otra. Es hasta las semanas 23-27 del embarazo cuando el número y las conexiones de las neuronas aumentan enormemente, y hasta las semanas 29-30 cuando aparece la actividad eléctrica de la corteza característica de un estado despierto. Este conocimiento, producto de decenas de investigaciones sobre el desarrollo intrauterino realizadas en los últimos 40 años, permite concluir, sin lugar a dudas, que el feto humano antes de la semana 30 es incapaz de tener percepciones conscientes, de procesar información y de tener conciencia, por lo que biológicamente no puede ser considerado una persona (la información detallada, con las referencias científicas pertinentes, puede leerse en el capítulo II del libro El desafío de la Bioética, Fondo de Cultura Económica, 2009).

Las consideraciones y conceptos anteriores tienen enorme relevancia para resolver el dilema ético del aborto y las leyes que lo prohíben o regulan. Bajo este análisis, y por supuesto dejando de lado los dogmas y las creencias religiosas, como debería ocurrir en una República laica como es México, es posible afirmar que interrumpir el embarazo antes de las 12 semanas no puede considerarse ni aceptarse como un asesinato porque el embrión no es una persona. En cambio, una mujer embarazada es una persona, y si decide consciente y libremente, en uso de sus facultades mentales y por la razón que a ella le parezca suficiente, interrumpir su embarazo, merece todo el respeto y apoyo para que se haga en las mejores condiciones médicas y sanitarias, como ocurre desde 2007 en la Ciudad de México. Por eso a quienes defendemos la autonomía personal en este tipo de decisiones, con fundamento en lo arriba señalado, nos parecen equivocadas, retrógradas y atentatorias contra los derechos humanos de las mujeres las leyes que consideran al cigoto o el blastocisto (estructura de aproximadamente 200 células generado durante la primera semana después de la fecundación, antes de su implantación en la pared del útero) son personas y por tanto prohíben y castigan la interrupción del embarazo. Esto ocurrió en 17 estados de la República, precisamente a raíz de la despenalización del aborto en esta ciudad y siguiendo los dictados de la religión católica, al aprobarse artículos constitucionales como este, de Baja California Sur: “Desde el momento en que un individuo es concebido, entra bajo la protección de la ley y se le reputa como nacido para todos los efectos legales correspondientes, hasta su muerte natural o no inducida”. Peor todavía, recientemente algunos diputados han propuesto iniciativas para modificar el artículo primero de la Constitución de modo que diga prácticamente lo mismo que estas constituciones estatales.

Un argumento esgrimido frecuentemente para postular que el cigoto es una persona es el de la potencialidad: al destruirlo se elimina una vida humana en potencia. Este prejuicioso argumento es insostenible porque nada garantiza que un cigoto pueda desarrollarse hasta generar una persona. Un blastocisto humano, aunque logre implantarse en el útero (entre 30% y 50% de los óvulos fecundados después del acto sexual no se implanta y muere), su desarrollo puede alterarse por defectos genéticos o por problemas hormonales o uterinos, lo cual con frecuencia resulta en abortos espontáneos o en productos con graves malformaciones, como la anencefalia, que evidentemente no pueden calificarse como personas. Por otra parte, si la potencialidad fuera un argumento sólido y consistente, tendríamos que concluir que todas las personas vivas debemos considerarnos cadáveres, pues estamos 100% seguros, a diferencia de apenas un 50% de probabilidad de que un cigoto se desarrolle hasta ser persona, de que todos moriremos. Así que el argumento de la potencialidad para respetar a un cigoto o un embrión como persona es falaz: una semilla no es un árbol, un huevo de gallina no es un pollo, un cigoto humano no es una persona, una persona viva no es un cadáver. Y esto nos trae al dilema del fin de la vida.

 

¿Cuándo muere una persona? Actualmente el criterio médico más aceptado de muerte de la persona es la “muerte cerebral”, que ocurre cuando la actividad eléctrica del cerebro desaparece, lo que lleva a la pérdida de todas sus funciones incluyendo por supuesto las funciones mentales o “funciones cerebrales superiores”, que nos distinguen de cualquier otra especie conocida, como la inteligencia, el lenguaje verbal y escrito, la capacidad de análisis, la conciencia de la realidad exterior y, sobre todo, la autoconciencia o conciencia de uno mismo como persona. Este criterio de muerte es perfectamente congruente con el criterio de inicio de la persona durante el desarrollo expuesto arriba, y ha sustituido al criterio de muerte cardiopulmonar, ya que el corazón y los pulmones pueden funcionar mediante máquinas como los respiradores y, como hemos mencionado, están tan vivos aun en ausencia del cerebro que pueden ser trasplantados. Por esto, es claro que la persona que recibe un riñón o un pulmón o un corazón sigue siendo la misma persona, a pesar de llevar en su cuerpo un órgano que perteneció a otra persona. En contraste, de acuerdo con lo expuesto hasta ahora, podemos concluir que, en el hipotético caso de que se llegara a trasplantar el cerebro, la persona receptora, cuyo cerebro obviamente ya fue eliminado, se convertiría en la persona donadora. Se trataría más bien de un trasplante de cuerpo a una persona, aunque físicamente sea el cerebro el que se transfiere.

En este punto nos enfrentamos al dilema bioético de qué hacer cuando las funciones superiores del cerebro, pero no las funciones corporales, se han perdido por un daño cerebral. Este es el caso dramático de la enfermedad de Alzheimer, padecimiento neurodegenerativo en el que la muerte progresiva de las neuronas de la corteza cerebral y otras áreas interconectadas resulta en la pérdida de todas las funciones mentales. En estas condiciones los enfermos pueden sobrevivir durante largo tiempo si se atienden y satisfacen sus necesidades fisiológicas básicas, que ya no pueden atender por sí mismos. Pero la pregunta es ¿a pesar de estar viva, una persona en estado de Alzheimer avanzado sigue siendo persona? De acuerdo con todo lo anterior la respuesta es negativa, aunque es claro que el enfermo sí fue persona ¿Será entonces ético considerar la aplicación de la eutanasia, siempre y cuando, por supuesto, la persona en estado sano haya expresado mediante un documento de voluntad anticipada su deseo de que no se le mantenga vivo en el caso de llegar a esta situación? Si éste fuera el caso, en mi opinión la respuesta es afirmativa, al margen de que legalmente no se acepta en ningún país, quizá con excepción de Holanda, en donde el tema se ha discutido desde hace varios años. Este es uno de los cada vez más numerosos temas en que, como en el del aborto, la promulgación de las leyes debería hacerse racionalmente, sobre la base de los conocimientos científicos y médicos y pensando en el mayor interés y beneficio de las personas, y no en lo que proclaman los dogmas o las creencias religiosas.

 

Ricardo Tapia
Investigador emérito en la División de Neurociencias de Fisiología Celular, UNAM, e investigador nacional émerito.

 

Un comentario en “Dilemas éticos

  1. Un artículo muy ilustrativo y aleccionador sobre los dilemas morales.muchas gracias don Ricardo Tapia, Saludos