Editorial Grijalbo, México. 1979. 187 pp.

ACAPULCO DE TODOS CONSUMIDO

Hay que llenar de quehaceres las noches de este pueblo”. La frase figueroína consigna a un tiempo un acto político y un hecho literario: el de la ciudad del turismo y la corrupción, los dos Acapulcos frente a las posibilidades literarias de sus rincones degradados: por lo menos así la recorre Garibay en Acapulco: el regodeo del contraste, el relato de los extremos unidos por el reportaje, “la pequeña empresa, única forma actual de la literatura: lo que no descubres al primer golpe de vista, no existe, o no debería existir. Tan tan”. El encuentro es imaginable (novelable): en el hotel Elkano, Figueroa le concede a Garibay las facilidades de una temporada en el infierno. Ese “nadado notable” que narra Garibay, que no siempre gobierna Guerrero con “ceños y sonrisas”- le otorga el salvoconducto para los purgatorios posibles, de la zona roja a la discoteca de lujo y del asalto a la colonia Emiliano Zapata al concurso Miss Universo. El “hombrazo de leyenda” se convierte en el “Virgilio tropical” de una especie de nuevo Dante acolorado que investiga al Acapulco en una nuez. El aliento del proyecto es regresar a Acapulco de otro modo, no el turista sino el reportero, la exaltación del oficio, “vivir hasta el fondo (…) que valgan cien diez diez años de existencia natural”, aunque lo ronde el desaliento de la empresa sin sentido y se le escapen los personajes cuando empiezan a tomar forma. La fuerza narrativa de Garibay registra de ese modo cada noche, apunta los detalles del “inextricable infierno y deleitable paraíso”. El lector parece tener la oportunidad única de asistir a la descarnada descripción del bajo mundo inconcebible para la tranquilidad clase media, y al mismo tiempo trabaja la certeza de una identidad inmediata, seguimos siendo impresionables, nuestra capacidad de asombro está viva, respondemos todavía a la injusticia, nos solidarizamos con los vencidos, rechazamos desde la barrera la podedrumbre que no nos toca. Una conciencia compacta se aplica a comprender lo que antes se podía ignorar facilmente: la droga como sobrevivencia, los espectáculos degrandantes en los cabarets de la zona, una “vedette” fuma por la vagina, otra se masturba con el dedo gordo del pie, cualquiera debe una vida, o se es guardespaldas o se acepta la cércel como alternativa última, las discotecas son el inicio del turismo en la prostitución, los bares de homosexuales, la violencia diaria, el despojo, la miseria: la realidad rebasa la óptica del reportaje, la descripción crece y pierde en el tratamiento sus posibilidades, críticas y narrativas, cede al impulso moralizador que provoca el asombro. Los planos opuestos intercalados uno tras otro moralizan el texto y lo neutralizan, lo transforman por momentos en el manual del turista consciente al señalar lo corrupto de la degradación. El relato es conducido así de la inevitable moraleja: un guerrilero muerto se pudre en un galerón mientras estallan las luces de la discoteca y Jakelin Petit masca sus erres francesas frente a Garibay. En esa fiesta de los contrastes, Garibay se gana y se adelanta a sí mismo en el oficio, se sobreactúa, les grita a los presos políticos en la cárcel, la suerte lo favorece y se salva de morir en el asalto a la Emiliano Zapata, se inventa su propio personaje, no se le va una aunque diga que sí, realiza cateos involuntarios, se descuida, abre la cloaca y explica detenidamente lo que hay dentro. De la crónica literaria a la denuncia de la degradación y la violencia de una ciudad turistica, los rasgos literarios que reconstruye en el trayecto son, a medida que vanza, menores que la descripción lineal de la realidad por sí misma. Cada capítulo de Acapulco parece iniciar de nuevo el libro, enderezar la dirección, cambiar las situaciones, recuperar en nuevos personajes los rasgos de los anteriores, lancheros, matones drogadictos guerrilleros, putas, chichifos, militares a veces honestos, gobernadores generosos y férreos, el recuento se repite a través de una denuncia que oscila entre los ragos literarios y la realidad que los destruye.

CRÓNICA EN UNA NUEZ

Los textos que Garibay arma, pierde y recupera cada vez que se encuentra con otro gran tema, concluyen en una especie obviedad al revés: Garibay descubre “que no se puede hacer literatura de una realidad, que extermina con sus propios personajes la invención. Sin embargo, en ocasiones novela la corrupción, se radicaliza como personaje del personaje, acepta que “malditos contrastes que ni mandado a hacer y que te echan a perder el buen tono literario”, pero se deja querer por las frases cosntundentes del bueno tono ante la seria o la corrupción. Incluye también tropiezos, la continuación exacta del proyecto, reconoce la obviedad de los contrastes tes y desafía al dueño del Bocaccio a duelo de intercambios entre extremos le explica las ventajas de la discoteca y Garibay opone la realidad de uno de los basureros de Acapulco, “lo cierto es a veces tan obvio que se antoja mentira”. Lo evidente de los extremos es inevitable realidad los dicta, la obviedad a la que Garibay no pudo resistirse fue a la de estructura del libro, al efecto moraliza de lo que ya de por sí es casi impensable por el recurso permamente de los planos opuestos. Quizá esa estructura sea la, revela al final una cuidada repulsión no el infierno sino por los que lo padecen. Mirar con ojos nuevos un viejo Acapulco: Garibay traslada excelentemente los diálogos entre lancheros, hace una caricatura es ta del acento francés en busca de lovers reconstruye el inglés como podrían oírlo acapulqueños, recorre las exquisiteces quienes se aristocratizan y entre (y a costa de) basureros, la libertad sexual de ancianas asexuadas. En esas burlas y oposiciones, con el retrato de los idiomas diferentes y la inoría, queda el mejor Garibay del texto, el que se sustrae al tono engolado de la indignación. Del taller mecánico de la Doctores al taller del relojero suizo. que en Las glorias del gran Púas fueron aciertos del texto y la habilidad sobre un tema y un personaje huidizos que Garibay supo recuperar, y se desborda, lo desborda intensidad preparada y la turbulencia tono de la denuncia para étonner les tuoristes. Garibay se pierde cuando se sobreactúa y recurre a la morcilla moralizar cuando se sobreescribe y se envanece frases impresionantes pero fuera de tono Lo pierden el gran tema que le gana destruye la crónica, la oscilación entre la nota roja y la frase cuidada en el perfil literario del buen escritor. De la simpre redacción de los hechos vividos al texto trabado del mejor Garibay, el cuento Caballos de tempestad borra las fronteras: ahí convergen las desgracias personales y en análisis social, los burócratas se abren paso y la nostalgia por el viejo Acapulco conduce eficazmente al cierre donde Garibay se rebasa otra vez a sí mismo, o se hace caso y profetiza su experiencia: ya no será el mismo después de haber vivido ese puerto. Pero las cuartillas no son de él, todo lo contó como lo vio. Dos frases sueltas resumen acaso el mérito y los límites de su trabajo en Acapulco: “Yo creo que la soledad no é buena pa la memoria, se vuelve uno tonto”. Y la otra: “Cómo va esa sensacional reportaje, mi humanista”.

Rafael Pérez-Gay