Tengo tal cantidad de ideas grandiosas que no puedo, de ningún modo, llevarlas todas a la práctica. Pero entiéndase ante todo una cosa: no me veo a mí mismo como un artista. Es cierto que se me ha atribuido reiteradas veces tener la madera para serlo —más, tal vez, que algunos que se hacen celebrar en público como tales y que en el fondo sólo pueden mostrar obras insignificantes—, pero yo, en ese punto, he rehuido todo tipo de tentaciones y he dicho siempre: “No, es cierto que soy una persona extremadamente talentosa, pero cuando analizo esos talentos no veo en ellos nada de artístico”. Soy, a fin de cuentas, un inventor, un donante de ideas. Lo de llevar luego esas ideas a la práctica casi nunca me interesa demasiado. Soy impaciente. Cuando tengo una idea —bueno, una: decir una parece un chiste; me refiero, por supuesto, a diez, a cientos de ideas— quiero verla materializada al momento, de lo contrario desvío mi atención hacia otras cosas más importantes. La vida es breve. ¿Quién dijo esa frase? Es tan concisa, es una idea que lo expresa todo de un modo tan resumido, tan extremadamente condensado y, en cierto modo, incluso, concentrado, que es algo que sólo consiguen los más grandes pensadores, ya que los imbéciles no hacen sino parlotear sin ton ni son, robándoles el tiempo a sus semejantes. Repulsivo. Otros tienen que luchar para conseguir que alguien preste oídos —aunque fuese una vez— a sus ideas, y empiezan a soltar toda suerte de tonterías.

Tomemos el ejemplo de la India. Hace poco, mientras reflexionaba sobre la India y me preguntaba cuántos de los recursos naturales de ese país permanecen desaprovechados, mientras la gente en la calle casi se muere de hambre, poco faltó para que me pusiera a negar con la cabeza en un gesto de ensimismada tristeza. Pero, en fin, el tiempo es muy corto para andarse con sentimentalismos, sobre todo cuando uno pretende cambiar las cosas y ayudar.


Ilustración: Kathia Recio

India, como cualquiera sabe, es el país de las piedras preciosas: rubíes, esmeraldas, brillantes, zafiros. Todo lo que anhela el corazón humano crece bajo los suelos de la India. En lugar de pan, piedras, podría decirse, pero yo no voy a entrar en eso ahora. Sí, sé ya lo que se me dirá, pero yo estoy siempre preparado ante cualquier argumento en contra: las piedras preciosas indias no son de un gran valor, no tienen un alto grado de pureza, no reportan muchas ganancias y su mercado en el ramo es relativamente barato.

Correcto —es lo que respondo a eso—, absolutamente correcto. Pero en ello, precisamente, se basa mi idea. Cuando alguien viene a contradecirme, la mayoría de las veces se pone de manifiesto no sólo que yo ya he contemplado hace rato todas sus objeciones, sino que éstas forman la base de lo que yo he concebido. De esas baratas piedras preciosas de la India —aunque quizá “barato” no sea aquí la palabra adecuada en absoluto, ya que no me interesa llamar la atención sobre lo barato, sino acerca de lo extraordinario, de lo lujoso, de lo que asombra verdaderamente por su derroche—; en fin: de esas piedras preciosas de la India, tan buenas de precio, lo primero es conseguir la mayor cantidad posible, lo cual no constituye ningún problema, ya que normalmente te las dan tiradas y por montones. Con ello no me refiero, sencillamente, a cualquier tipo de piedra preciosa al azar, sino a unas muy específicas, y estoy curioso por saber lo que va usted a decirme cuando oiga cuáles son las piedras que me interesan, ya que después podrá usted intuir lo que tengo en mente.

Me interesan sobre todo las piedras azules en todos los matices y tonalidades, igual que todas aquellas más o menos verdosas, las verdiazules, las de color petróleo, es decir, no sólo los zafiros, las aguamarinas, las piedras de luna, los cuarzos verdes y azules o los diamantes —sí, también diamantes, ¿por qué no diamantes?—, sino también las amatistas, el lapislázuli, las perlas (¿por qué no las perlas?), las turquesas y el jade de tono verde claro… Como ve, me he informado bien, en cuestiones de piedras azules y verdes nadie puede venir a hacerme un cuento. He estado preparándome. Cuando uno desea presentar una idea y convencer con ella, ha de prepararse bien, de lo contrario la gente lo oye a uno sin prestar atención y luego le roba la idea. Ya me ha sucedido. La gente que más intenta animarte mientras expones tu idea es aquella que ha reconocido el valor único de la misma y se muestra decidida a robártela. Y si el creador de una idea no está lo suficientemente preparado, bien que se merece que se la roben.

Pero volvamos a mis piedras. ¿Qué le viene a la mente cuando se las enumero? ¿Qué ve usted ante esa lluvia de piedras? “Lluvia”; vaya, se me acaba de escapar la palabra, ya no es tan difícil. Correcto, lo ha adivinado correctamente, aunque yo mismo se lo haya puesto fácil. Lo que le viene a la mente es agua. Cuando en la poesía se dice, por ejemplo, que el agua se “perla” sobre la piedra, la asociación con la piedra preciosa queda contenida en la expresión. Pero hay otros grandísimos escritores que han visto el parentesco del agua con las piedras preciosas y lo han expresado en sus poemas: ¿no se dice acaso, al hablar de la calidad de los brillantes, que son “incoloros”, como el agua? Esto se me ocurre ahora que le explico la historia, antes no lo había ni pensado, pero me demuestra que estoy en la senda correcta, todo va fluyendo en mi favor. Pues eso, la idea es la de un arroyuelo a la luz del sol, que borbotea y destella, que reluce y se perla… Bueno, de las perlas ya hablamos, en ese punto estamos d’accord.

Bien, ¿dónde está la idea? Oigo preguntar a los impacientes. Lo mejor sería tener ahora a mano una hoja de papel, una del tamaño adecuado, pero, en fin, tal vez funcione también, excepcionalmente, sin necesidad de papel. Necesito encontrar cierto grado de elocuencia para poder generar la imagen interior. Si puede usted visualizar mi idea en su mente, habré ganado. Soy eidético, puedo imaginarme cualquier cosa, pero ése es el punto con el que la mayoría tiene dificultades. La mayoría ni siquiera puede imaginarse una cosa aun teniéndola delante.

En fin: una pecera. Claro que no me refiero directamente a una pecera, pero sí a un gran recipiente parecido a una pecera. En una situación óptima, totalmente de cristal, sin marco. Si no hubiera marco la ilusión sería perfecta. Claro que el recipiente podría ser de plexiglás, sería incluso mejor, posiblemente más resistente a cualquier golpe, y por lo tanto más seguro. En todas mis ideas siempre considero también el aspecto relacionado con la seguridad. Hay quien dice que yo habría sido un excelente experto en seguros. Mi teoría al respecto es la siguiente: las personas que se convierten en expertas en seguros son aquellas que no tienen talento alguno para ello. Quien realmente tiene talento para una cosa tiene también, en la mayor parte de los casos, otros talentos, así que pocas veces llegará a ser un experto; más bien se convertirá en asesor, uno de esos que tira de todos los hilos.

Pero bien, por seguro que sea el recipiente de plexiglás, jamás está asegurado contra los arañazos. Y esta vez he vuelto a hablar de más. Cualquiera que haya estado siguiendo la idea sabrá ahora que el recipiente tendría que mostrar solidez ante los arañazos… ¿Y por qué? ¿Es que acaso las piedras preciosas van a…?

Exacto, lo ha adivinado. Esas piedras preciosas, en la colorida mezcla que ya le he esbozado, serán arrojadas dentro de ese recipiente, casi podría decirse: vertidas en él. Al final tendrán que ser sacos enteros de esas piedras sin pulir, en su hermoso estado natural, a pesar de su poco valor, de sus muchas impurezas… Estimo que nadie lo notará en cuanto las piedras estén en el recipiente.

Pero bien: ¿qué pintan diez kilos de piedras preciosas de la India, en una mezcla variopinta, en un recipiente de plexiglás? Ahora viene lo bueno. Mi idea se va perfilando de un modo cada vez más claro. Cobra plasticidad, se hace visible, y la visibilidad es también su meta verdadera: la idea consiste en representar lo más fluido que hay, el agua —aun a sabiendas que esto ya no es cierto desde el punto de vista de la física—, a través de lo más sólido, la piedra preciosa. Es un gran tema. Pero, ¿cómo lograr que las piedras, por azules que sean, más azules incluso que el Danubio —lo cual es una broma, pues se sabe que el Danubio no es azul en absoluto—, tengan el aspecto del agua, parezcan agua, que sean fluidas, incorpóreas, iridiscentes? No hay manera de lograrlo. Sobre este punto he meditado largo y tendido. Y he arribado a una solución la mar de simple y fácil de materializar, de un modo más barato incluso que el de todos los preparativos realizados hasta ahora. Pues bien: echamos mano a una batidora. Una de esas batidoras comunes y corrientes que usan las amas de casa, aunque preferiblemente una con un motor bien potente, de gran cilindrada. A continuación entierro la batidora debajo de las piedras preciosas: imaginemos que, en ese gran recipiente, bajo el montón de piedras, hay espacio suficiente para meter una batidora que permanezca invisible. Y entonces la encendemos. Al principio de manera imperceptible el aparato empezará a abrirse paso a través de las piedras, a revolverlas y a cambiarlas de lugar; lanzará algunas hacia arriba, otras las empujará en remolinos hacia el fondo: surgirá en el recipiente de plexiglás un juego de olas, una especie de oscilación, de suave mecedura. Me prometo con ello un auténtico espectáculo, y lo digo en su sentido original latino: algo que se ofrece a la vista.

¿Qué puede ocurrir ahora? Pues que algunos espectadores no entiendan todavía lo que nos proponemos. Veo a algún mentecato que me diga: se trata no más que de un montón de piedras preciosas agitadas por una batidora. Hay dos actitudes ante este tipo de gente: una es ignorarla, no prestarle oídos. Es a menudo lo más inteligente. Pero a mí me parece que uno ha de tomarse su esfuerzo también por estas personas. A fin de cuentas no trabajamos por mero placer, sino porque queremos ayudar, abrir los ojos, ampliar los sentidos.

Y por eso he concebido un recurso auxiliar: cuando se conecte la batidora, se activa un altavoz a través del cual se oye el fluir de un arroyo, los borboteos y el rumor de un arroyo de montaña que salta hacia un valle sobre guijarros de distintos colores. El espectador pasará a ser primeramente un oyente, el oyente se convertirá en sapiente (en alguien que entiende), y quien entiende alcanzará la condición de vidente y, antes de ver, dando por sentada la comprensión, se habrá anticipado ya con eso a la aprehensión absoluta, por lo que llegará a ser alguien que ve estando ya en posesión de un concepto, alguien que ha aprehendido. Claro que a continuación se podría ampliar el asunto con otros recursos auxiliares, llegando incluso al parecido total con la naturaleza, mediante el empleo, por ejemplo, de unos focos giratorios que hagan centellear las piedras en movimiento como si fuesen olas o cuerpos plateados de peces.

He pensado incluso —aunque en esto seré cauteloso, pues veo desde ahora la preocupación en sus ojos al oír la palabra “flores de plástico”—; lo sé, las flores de plástico son por lo general horribles, pero también las hay bonitas, incluso muy bonitas, seguramente las habrá visto, y no son baratas, por cierto; así que con algunas de esas flores de plástico bien escogidas se podría poner un nenúfar, una caléndula o alguna de esas plantas acuáticas, a flotar sobre ese oleaje de piedras, sólo como una cita, como una alusión.

¿Que no le parecen nada bien las flores de plástico? ¿Ni siquiera como contraste consciente con el preciado valor de las piedras? Lo entiendo. Podemos suprimirlas del conjunto. Por los costes apenas si cuentan, y en cuanto al aspecto estético… Bueno, son prescindibles, en eso lleva usted razón.

¿Que no tendríamos toma de corriente ahí arriba para las luces giratorias? ¿Las descartamos del todo?

No tiene importancia, hasta mejora el asunto, porque esos focos giratorios tienen algo terriblemente anticuado, uno piensa de inmediato en la discoteca de un pueblo. De eso nada, lo eliminamos. Yo sólo quería presentarle el proyecto de la forma más amplia posible, hasta ahora no han sido más que propuestas, no hay nada elaborado de forma definitiva.

¿Que cree que la batidora metida ahí abajo se recalentaría y habría que estarla reparando cada dos por tres?

Pues sí, es preciso esperar cierto trabajo extra cuando uno menos lo espera, de lo contrario podríamos tener problemas. Pero supongamos que la batidora colapsa, pero que el rumor del agua sigue saliendo de la grabación. Eso no sería ninguna tragedia, ¿no le parece?

¿Eh? ¿Que no quiere la grabación bajo ningún concepto? ¿Prefiere que el recinto esté en silencio? ¿En silencio absoluto?

¡Pues eso me gusta muchísimo! Un silencio meditativo. Eso es lo que deseo provocar en lo más íntimo del espectador. Pues sí, la habitación la dejamos en silencio: las piedras permanecerán inmóviles, sin acompañamiento de sonidos ni interpretaciones, sin adornos; sólo así, desnudas, enigmáticas. Y en torno a ellas: el silencio.

Aunque sobre eso podría concebir un grado adicional de sofisticación. Verá usted: sé que le gusta mi idea, a fin de cuentas, ésta tiene un encanto enorme, pero también es preciso que uno sepa desprenderse de tales cosas. Mi trabajo consiste a menudo en desprenderme de ciertas ideas favoritas, por doloroso que esto sea a menudo.

Veámoslo todo otra vez fríamente: un montón tan grande de piedras preciosas en una pecera de plexiglás llena de arañazos y de agua cada vez más turbia no tiene nada de bonito. Por sí misma, toda pecera es un horror. Y luego están todas esas baratijas de colorines de la India; y si a uno le diera por usar piedras de mayor calidad, peor aun. Se trata, en definitiva, de material demasiado grosero, una presencia demasiado apremiante, la de una masa poco espiritual, costosa y falta de gusto. Esa es la expresión: falta de gusto. Un montón de piedras preciosas como el descrito sería una burda falta de gusto. Las eliminamos, no importa lo bonitas que fueran. Con ello sólo habremos ganado.

¿Puede verlo ahora? El espectador entra y se ve rodeado por el silencio, la calma, la nada. Y ahora es preciso profundizar un poco más en ese silencio. ¿Cómo se puede profundizar en el silencio? Bueno, usted eso déjemelo a mí, que yo sobre ello tengo una idea fantástica.

 

Martin Mosebach
Escritor. Ha publicado El príncipe de la niebla, Westend y Schöne Literatur, entre otros libros. Fue distinguido con el Georg Büchner, el galardón más prestigioso de las letras alemanas.

Traducción del alemán de José Aníbal Campos.

Texto extraído del libro Das Leben ist kurz. Zwölf Bagatellen.

© Rowohlt Verlag.