Martin Mosebach (Fráncfort del Meno, 1951) se ha definido a sí mismo irónicamente como un Spätentwickler (concepto de doble filo que lo describe como alguien que llegó tarde a la escritura y, a la vez, alguien que desarrolla sus textos deliberadamente desde una mirada que a muchos puede parecerles demodé).

Tal vez por eso su Premio “Georg Büchner” (una especie de Nobel de las letras en alemán) en el año 2007 causó una de las polémicas más sonadas de la última década, si bien en ella se mezclaron algunas impugnaciones que poco tienen que ver con lo literario. Según la declaración del jurado, el premio se otorgaba a “un escritor que combina la suntuosidad del estilo con una natural pasión por la narración, con lo cual pone de manifiesto una conciencia humorística de la historia que se extiende mucho más allá de las fronteras culturales europeas; un autor genial en su manera de jugar con las formas en todos los campos de la literatura y, no en última instancia, un cronista crítico de su época, con un sentido insobornable de la independencia de criterio”.

Ilustración: Kathia Recio

La primera parte de esta sentencia del jurado puede comprobarse fácilmente cuando uno lee cualquiera de las novelas del autor; su última frase, sin embargo, apunta más bien, de manera algo ambigua, a sus posiciones ideológicas, que han sido las desencadenantes de las polémicas en las que se ha visto envuelta la figura pública Martin Mosebach, quien también se ha definido a sí mismo como un “reaccionario” (declaración aprovecha-da oportunistamente por muchos críticos para tergiversar el sentido que le da el autor al concepto). Quien conoce la obra del Martin Mosebach no puede sino estar de acuerdo con ese término que él mismo ha escogido para definirse: Mosebach es “reaccionario” en el mismo sentido en que lo fue un Balzac, en que lo han sido grandes escritores como Doderer o Ezra Pound: su obsesión por la forma los hace rechazar un mundo entendido apresuradamente como algo en constante progreso, un progreso que nosotros, habitantes mucho menos ingenuos de estos inicios del siglo XXI, sabemos que no es siempre tal.

Sin embargo, ese reaccionarismo de Mosebach no puede entenderse tampoco sin tener en cuenta su ortodoxa afiliación católica en un mundo literario marcado por la llamada Entwicklungsroman (la novela de desarrollo). La fe reformadora en un progreso debido a la autodisciplina y a la flagelación introspectiva forman el terreno fértil para un tipo de novela en el que el crecimiento del hombre huele demasiado a cierta visión mecanicista del progreso (bastante próxima a la parafernalia de autooptimización actual), según la cual el hombre puede tratarse a sí mismo, y lidiar con sus sentimientos, como si estuviese aceitando una máquina.

Para esa visión el autor Mosebach tiene una mirada irónica magistralmente desplegada en la novela El príncipe de la niebla (Acantilado, 2012), cuyo protagonista, Theodor Lerner, representa como casi ningún otro personaje ese nuevo tipo de hombre cuya fe en un mal entendido concepto del progreso fracasa estrepitosamente al colisionar con lo que éste arrastra como cola: ínfulas ridículas, nacionalismo esclavizador de las conciencias, una competitividad deshumanizadora y un idealismo constructor de edificios de apariencia solida que, un buen día (a resultas de esa misma idea del progreso), pueden acabar convertidos en ceniza (piénsese, ante cualquier duda, en el Berlín de 1945).

Con la presentación del texto que viene a continuación, “La idea”, tomado del volumen Das Leben ist kurz [La vida es corta] (Rowohlt, Hamburgo, 2016), hemos querido mostrar otra vertiente de esa deliciosa vis irónica del narrador Martin Mosebach quien, en este relato, centra su atención en ese mismo idealismo ridículo, pero desde una perspectiva literaria. Las peripecias del discurso de un pedante yo narrador empeñado en exponer su “genial” idea de crear, a partir de lo más fluido (llámese el agua o la vida tal cual es), una metáfora de lo más sólido (esas piedras preciosas baratas cuya solidez podríamos contemplar como la de los edificios mencionados anteriormente), hacen de este cuento una lectura tan deliciosa como aleccionadora.

Café Zartl, Viena, enero de 2018.

 

José Aníbal Campos
Ha traducido, entre muchos otros autores de habla alemana e inglesa, a Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Peter Berling, Franz Schätzing, Pascal Mercier, Hans Sedlmayr, Philip Ball e Ingeborg Bachmann.