Es probable que el escritor cuya personalidad literaria me haya intimidado más profundamente, desde que tengo uso de memoria y me considero lector, sea Norman Mailer (1923-2007). No lo conocí personalmente. Conocer a un escritor es regularmente un acto fraudulento y decepcionante. Tuve oportunidad de conocerlo hace dos décadas cuando estuve en Nueva York y un artista uruguayo, al saber de mi admiración por Mailer, me invitó a aparecernos en su casa. Desistí, pues a los escritores hay que dejarlos en paz, dejar que se atormenten y purguen una soledad incomparable; ningún lector debería molestarlos a no ser para causarles algún daño moral que se vea reflejado en sus infundios literarios. Estoy exagerando: basta con mantenerse alejado de ellos.

Ilustración: Raquel Moreno

La admiración que profeso por Norman Mailer no proviene exactamente de sus libros, pese a haber leído casi toda su obra. El parque de los ciervos y Los ejércitos de la noche se manifestaron como mis obras preferidas. Ambos libros de naturaleza social, aunque de dirección opuesta: el primero es una novela, la vida necrófila y hedonista de los artistas de Hollywood; y el segundo revela la crónica de las protestas en contra de la guerra de Vietnam. Lo que me admira de Mailer es su furia literaria, su capacidad para la lucha y la gimnasia conversadora, y su absoluta decisión de ser escritor contra todo obstáculo, incluido el escollo mayor: él mismo. Añadiría una característica más: la capacidad que tenía para hacer rabiar a las personas, sobre todo a los necios y a los pelmazos. Se preguntarán qué caso tiene ya, avanzado el siglo XXI, referirse a esa reciente reliquia de las letras estadunidenses. En mi opinión viene al caso porque mi experiencia me dice que el temperamento del escritor actual se ha enfriado, entibiado y ha tendido hacia la academia y a la infame promoción de su persona (escritores que apenas si han publicado uno o dos libros se inflan como globos coloridos sobre el campo de batalla mercadotécnico). Sé que Mailer era un gran promotor de su imagen, pero lo hacía a partir de sus convicciones políticas, de su necesidad de opinar y de abarcar todos los temas que le concernían, de entrometerse en la política y de causar polémica hasta en los temas más pálidos o sutiles. Cuando le preguntaron qué podría arruinar a un escritor de primera línea, Mailer respondió que, además del exceso de drogas y el fracaso en la vida privada, del halago excesivo y de la carencia de un mínimo de fama, lo peor que puede acontecerle a un escritor es la cobardía. En ese preciso momento en el que pierde la alegría de la furia, el placer de la honestidad y el enfrentamiento, cuando su ejercicio literario se tiñe de deber y cautela hasta desembocar en la apatía, entonces debe tener la certeza de que rueda cuesta abajo: “Cuando llega el momento en que ya no parece importante ser un gran escritor, se puede saber con seguridad que se ha caído lo suficiente y que se está trabajando marcha atrás”. Ser un gran escritor no significa vender salchichas como hoy en día, ni aparecer en todas las antologías de los escritores contemporáneos, ni hacer política para que lo llenen de premios y alabanzas ramplonas; en realidad se trata de una sola cuestión: escribir por necesidad y asumir esa opresiva necesidad oponiéndole un trabajo demencial y una reacción colérica. No se me escapa que todos los escritores son distintos entre sí, pero creo reconocer a quienes lo hacen no por necesidad, sino por elección y comodidad. Y Mailer añade: “Hay un exceso de gente que escribe en la actualidad y que no entrega arte al mundo. Pero se hace terapia a sí mismo”. Y es que una novela tendría que alterar la manera en que concebimos la realidad y el aspecto intrínseco no sólo de las cosas que nos rodean, sino también de nuestro propio papel subjetivo a la hora de “ver” y narrar. Por ello es que, decía Mailer, “cuando la novela no sabe a dónde ir entonces desarrolla una tendencia para volver a la novela de costumbres”, es decir al origen, a la placentera derrota que consiste en el ser lo que otros fueron. No olvido que Mailer cometió actos deleznables (como acuchillar, sin consecuencias mortales, a una de las seis mujeres con quienes se casó) y que sus opiniones causaban una algarabía malsana entre los conservadores. Recuerdo, no sin malicia, el odio que profesaba hacia la masturbación (“toda masturbación conduce necesariamente a la demencia”), al plástico y a los militares. Su invitación a las feministas neoyorquinas para dejar su vida cómoda en Nueva York e instalarse en Texas, y tantas provocaciones más que causaban urticaria en el medio intelectual de su tiempo. No en vano su afición al periodismo y a la crónica biográfica, a la denuncia y a la investigación exhaustiva. Los tiempos han cambiado desde Mailer; hoy todo tiene un lugar.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.