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El uso de la luz es una ética.

 

Imperios van y vienen, refiere la Historia, pero las imágenes permanecen. Las civilizaciones se preservaron a través de ellas. El Bósforo cambia de color según la hora del día y Hagia Sophia se restaura según las generaciones. Los iconos bizantinos celebran la grandeza del poder temporal: color azul con fondo de oro para pacificar la avaricia de la ortodoxia. Afuera, los pájaros intentan nuevas canciones y disfrutan los rayos del sol. Oportuno el dictamen de Epicteto: “no andes abrazando estatuas”. Porque te ignoran al paso y si pueden te desnudan. Nadie aspira a la confirmación de una perplejidad.

 

Sorprendió a Perseo el acabado de los muros del laberinto, con sus texturas insólitas y la proliferación de mosaicos para celebrar tantos combates. Ya no hubo tiempo de referirlo.

 

Se sabe apenas nada del biógrafo Cornelio Nepote. Un sitio de oscuridad para quien aportó tanta luz sobre sus contemporáneos.

 

Apolonio de Rodas, quien fuera director de la biblioteca de Alejandría, fue enterrado junto a Calímaco, su maestro: dos poetas reunidos para la eternidad en la negrura de un espacio cerrado.

 

El Panel de las manos en Puente Viesgo y el Real Alcázar de Sevilla: diseños geométricos con pulso lúdico para intuir la silueta de la forma. La búsqueda del pigmento es la del espíritu.

 

Sandro Botticelli rehúsa la forma tradicional del pesebre en su Adoración de los magos (c. 1475), encargo de Guasparre del Lama, y pinta la escena sobre un promontorio de piedra helada y ruinosa. Austeridad que contrasta con los tonos chispeantes con que visten los asistentes, y con la fortuna que amasó del Lama al final de sus días. Dejó sus bienes a los dominicos de Santa María Novella, en un testamento fechado en 1469. Aunque el hombre más rico de Florencia era Cosimo de’ Medici, sus hijos, Piero y Giovanni, además de él mismo, padecieron gota.

 

El padre de Jaques-Louis David murió en un duelo cuando él tenía siete años. Es la forma del acero en el Juramento de los Horacios. Pero logró su transformación interior en Roma y pintó La coronación de Napoleón, un lienzo monumental sobre el poder terrenal y la aspiración de trascendencia. Luego materializó en La muerte de Marat una sugerencia sobre el significado de la revolución francesa. El arte nos devuelve las interrogantes que habíamos dejado en la cajonera.

 

Se refiere que toda epifanía se experimenta como un golpe de luz. La intensidad es atributo del beneficiado. Diógenes Laercio, al relatar aspectos sobre Aristón de Quíos, subraya el contrasentido: “dícese que, siendo él calvo, fue quemado por el sol [en la cabeza] y que de ese modo murió”. Aterrizar en una cama de agua.

 


Ilustración: Alberto Caudillo

A una semana de haber pintado Trigal con cuervos, Vincent van Gogh se suicidó. Él: místico del color: epiléptico. Esta pasión es un tumulto de los sentidos. También calificó de “eléctrico” el debate que sostuvo con Gauguin. En el azul y amarillo habitan los ecos de Provence.

 

Aunque los sentidos son rendijas, abrir los ojos con teatralidad no permite más entrada de luz. Goethe refuta esta idea y perfila una posibilidad: “cada nuevo objeto, bien contemplado, abre un nuevo órgano en nosotros”. Apertura de puertas, limpieza de ventanas. Los días soleados permiten especular con serenidad. Y él desarrolló la forma más perfecta de mirada: la clarividencia, que es una forma de meditación.

 

Henry Moore fotografiaba sus esculturas, al finalizarlas. Reafirmaba los límites de sus contornos a través de la luz, pues el valor de la fotografía es incalculable debido al dictamen de Heráclito.

 

Empédocles, siciliano, saltó al Etna. Buscaba develar el misterio de la luz y una vía a la iluminación. Descubrió que el universo podía explicarse a través de la geometría, que es otro misterio. También sostuvo que la luz salía de nuestros ojos e iluminaba los objetos. Faros de la percepción. El rayo láser, tan moderno, acaricia los contornos para bosquejarlos. Estobeo es ineludible: “toda pasión es un apetito excesivo”. Las propiedades de la luz no sólo le pertenecen a ella y lo que parece una mancha podría ser la forma esencial.

 

El hechizo de la forma produce melancolía, pues que una obra sea única no la hace invaluable. Además: el arte naive refiere la universalidad de la mímesis. Que la imitación sea el inicio de la labor creativa cierra el círculo que se abre cuando la asociación entre luz y verdad nos obliga a perseguirla. Imposible dejar de lado a Píndaro: “no lucharé por la mentira”. No olvidar que son los colores los que explican la naturaleza de la luz y que la percibimos a través de vibraciones. En síntesis: la mirada es el primer placer corporal.

 

La luz bautiza y no el agua. Inmersión vuelta roce de un haz divino. “Los sentidos no engañan, el juicio engaña”, explica Goethe. El baptisterio debe estar más iluminado. Y es que de las múltiples representaciones de La anunciación, lo que menos interesa es el mensaje. Eugène Ionesco es provocador: “el arte nos hunde en el corazón de lo inefable, el arte, el único sistema de vida y de expresión que nos dice casi aquello que no puede decirse, es decir lo indecible”. Primero la afasia y después la imperturbabilidad ante la obra, luego la convulsión interior.

 

El frío interior de las catedrales presagia el instante que habrá de reunirnos. Se diseñó la forma del domo, en la catedral, a imitación del cielo. Firmamento de ensueño. La Capilla de los Scrovegni, decorada con los frescos de Giotto, resume la tentativa del arte. Para llegar a la forma es necesario diluirla.

 

La belleza es otra aporía. Pirrón defendió la inestabilidad, indiferenciación e indeterminación de las cosas. Todos los cuadros, al ser objetos del mundo, son uno solo. Sexto Empírico, por su parte, se pronuncia por la “suspensión del juicio”. Otra paradoja.

 

El maquillaje es una forma de autorretrato y la vida contemplativa es un arte que mira a otro. Cees Nooteboom arriesga una línea: “un pintor se retrata a sí mismo. Pero ¿cómo lo hace? Da un poco de miedo, la verdad”. Esto debido a que las estrellas guían al marino y al peregrino, un viajero con aspiraciones espirituales que camina errante en busca de un lugar para recargar la cabeza. Así, se deambula para desacostumbrarse a las mismas formas y toda visita al museo es un ejercicio de peregrinación.

 

Aldous Huxley sostuvo que La resurrección de Piero della Francesca era el mejor cuadro del mundo. Proust hizo lo mismo de Vista de Delft de Johannes Vermeer. Carnéades hizo de lado la dicotomía de “verdadero/falso” para postular los “conocimientos probables”, los “conocimientos probables y contrastados”, y los “conocimientos probables, contrastados y no desconcertantes”. El arte se fuga de las categorías, pero ¿cuáles son los límites del entusiasmo?

 

“Autopsia”: ver algo con los propios ojos. Es posible entender el arte como una experiencia que disecta objetos vivos, muertos o en tránsito. La agonía anda por otro sendero, no obstante. Estas fronteras realzan el carácter inaudito de una práctica ideada desde la gratuidad y el binomio se resume: experimento/experiencia. La visita a un museo inicia el protocolo de una autopsia que se emprende sin instrumental y apenas higiene.

 

Hay luz en el vacío. Las pinturas son partículas. Electricidad y magnetismo. “Me embriaga la luz. No nombro más que la luz. Quiero verla. Quiero ver en vez de nombrar”: Alejandra Pizarnik. Augurio es vislumbre. El tatuaje es otra forma del grafiti.

 

Aecio: “Zenón decía que el fuego se mueve en línea recta”, y siglos después, Henri Michaux es enfático: “antes de ser obra el pensamiento es trayecto”. No es alcanzar la meta, entonces, sino levantarse a caminar lo que consuma la tentativa. El resultado es contingente, de haberlo.

 

Con la pintura de William Turner la luz se reconfiguró a sí misma. Su idilio con Venecia le concedió un soplo de ese atributo divino. Sus barcos, sugeridos tras la bruma de acentos disimulados, parecen fabricados de una madera que no se pudre. ¿Qué habría sido de él sin la luz somnolienta de la tarde? Logró una victoria al pintar un naufragio: Barco de esclavos, contrariedad de la forma y la libertad creativa.

 

El brillo de la manzana es un espejo, pero es un espejo empañado. Esta frase pudo haber sido utilizada por Charles Swinburne para declarar lo inútil de todo cuanto existe. Y es entendible. En la manzana también late el misterio del mundo. Las coordenadas del tiempo se distienden cuando se da la primera mordida, ya que el aullido interior es el más temible y el silencio es la sutileza última —de ser posible.

 

El héroe anula al flanêur, que se fuga ante la oferta de una prueba. Joseph Campbell es parcial en su juicio: “el mito transforma la conciencia a través de pruebas y revelaciones”. Las revoluciones estéticas son una remodulación de los niveles de luz. Ahí está Olympia de Édouard Manet para probarlo, cuyo padre fue juez y quiso obligarlo a estudiar leyes. El padre de Bernini, por su parte, fue escultor. El ejercicio del arte nos enlaza con el primer hombre.

 

Los reflejos no son la luz, sino brillos que pasean sin destino: limbo de fulgores. Al rediseñar parte del trazado urbano de París, el Barón Haussmann salía a caminar por la tarde, cuando el sol se enfilaba hacia el ocaso. Sólo entonces la ciudad se le revelaba a través de su contraste de siglos. París: luces y so(m)bras.

 

“Fructificad y multiplicaos”: se lee en el Génesis. Es la consigna del retratista y el fotógrafo. Arrastre de aliento bíblico.

 

La navegación avanzó debido al estudio de la luz. Tycho Brahe estudió las estrellas y mapeó el cielo. Un cometa le permitió realizar una aproximación de medidas de las estrellas y el universo. Nuestra concepción del universo es una cola de cometa y debemos al telescopio la penetración de la forma del universo. Brahe confirmó que no había esferas de cristal, aunque su invento lo cambiaría todo.

 

El recorrido de la luz es la sprezzatura.

 

Los estoicos postularon el eterno retorno, y concluye Zenón de Citio: “el espíritu es fuego”. A la par: la apátheia: el ideal de imperturbabilidad. Aun con todo se recuerda al estoicismo como una filosofía optimista. De él, refiere Diógenes Laercio: “le gustaban los higos verdes y los baños de sol”. Crates lo apodaba “el fenicio”. Oikeíosis: vivir acorde a lo natural para crear lo idéntico.

 

Luis Bugarini
Crítico literario. Ha incursionado en la narrativa, el ensayo y la poesía. Su último libro es Se encogió de hombros y dijo:.

Estos ensayos-aforismos pertenecen al primer fragmento del libro inédito Estrategia del barreno.