La noción del instante cambia en medio de los conflictos. Es el segundo en que suena el fin de la vida, pero también las semanas, luego los meses, y después los años diluyendo los eventos que están ahí, marcando capítulos, y al mismo tiempo no están, en la permanencia de la guerra.

En unos meses se cumplirán siete años de guerra en Siria. Desde que inició el conflicto en 2011 he escrito un texto al año en el que incluyo una frase que sólo suma; a tres años, a cuatro años, a cinco años… Y sobre Siria escribo cada vez menos. Caí en la trampa. Cuando el instante se hace largo las noticas no recapitulan, sólo suceden en espera de una nota más desgarradora que la anterior, capaz de llegar a un titular que mantiene la constancia de una guerra. Pero son muchas las cosas que pasan en ella. Quizá sea bueno salir de la trampa, asomarse antes de que sólo vuelva a importar la imagen triste de un muerto que no será tan distinto a los miles que cayeron antes de él, cuando la crueldad, la muerte o el desamparo eran noticia.

En estos siete años lo único estable ha sido la brutalidad de la dictadura. La guerra se ha ido modificando con la intervención de las distintas fuerzas que tomaron parte en el conflicto. En un inicio, la participación de Irán y Hezbollah amplío la capacidad del régimen y mostró la ruta de las alianzas que se fueron desarrollando. Si bien el conflicto había cobrado un carácter internacional, la búsqueda de refugio por civiles huyendo de la masacre aún era un asunto regional. El gran cambio sucedió en 2014 con el surgimiento del Daesh.1 Para ese año, incluso con fuerzas de al-Qaeda peleando en el territorio, los actores internacionales fuera de Rusia e Irán no representaban el factor decisivo de los siguientes años. A pesar del apoyo directo de Teherán, el régimen de Bashar al-Assad tenía recursos limitados para combatir la nueva amenaza. Para hacerlo, Estados Unidos entró al combate mientras algunos Estados de la zona apoyaron a tropas rebeldes en Damasco que lograron debilitar las fuerzas oficiales. Mucho se ha escrito sobre la injerencia rusa y su responsabilidad criminal, que de 2011 a 2015 respaldó a la dictadura en la misma medida en que lo hizo décadas atrás. Obstaculizando cualquier resolución de Naciones Unidas y proveyendo el armamento que le permitiera consolidar su zona de influencia, y manteniendo bajo recaudo su base naval en el mediterráneo.

Con el ejército sirio ocupado en combatir a la disidencia y Estados Unidos enviando drones contra el Daesh, Rusia debía afianzar en lo militar el respaldo a Assad que era evidente en lo político. El inaudito nivel de violencia, salvajismo y ausencia de todo límite por parte del Daesh desde 2014, hizo que Siria para el resto del mundo se tratara sólo desde lo relacionado con el fundamentalismo. Decapitaciones en el desierto sirio, Daesh. Miles de migrantes sirios, Daesh. Tortura, Daesh. Masacres y esclavitud, Daesh. En alguno de esos textos que he publicado año con año recuerdo lo dicho por un cercano: “¿tanto para esto?”. Hacía referencia a que en esos días la dictadura representaba el mal menor frente al grupo terrorista. Ahí se perdió toda perspectiva. Cuando el mal entra a la enormidad, es el mal mayor contra el inimaginable. No hay espacio para otra cosa.

Si la violencia del régimen fue desproporcionada y la del Daesh inefable, los bombardeos rusos sobre Alepo a fin de 2016 permitieron conocer la nada. Hoy, a la distancia, no son pocos los que hablan de una Siria tranquila antes de las Primaveras. Una Siria que no existió. No es que la brutalidad del régimen se haya esfumado, es que siete años de guerra erradican cualquier asomo de memoria. Al instante no le gusta el pasado.

El aumento de participación de Estados Unidos y Rusia desarticuló casi en su totalidad las posiciones del grupo terrorista. Las voces triunfalistas, en especial las estadunidenses, parecían olvidar que en Siria hay más que Daesh, y que su falta de conocimiento social, político y cultural del terreno iba a tener consecuencias.

La inacción de Obama en 2013 tras el empleo de armas químicas por parte del régimen llevó a su administración a encontrar un aliado en los combatientes kurdos. Ante sus avances, la administración Trump reforzó los suministros a esos aliados que se convirtieron en los combatientes en tierra más exitosos de estos años. A la par, las dos grandes potencias se decantaron en procesos de negociación que respondían a sus propios intereses. Bajo tutela de Naciones Unidas, Estados Unidos depositó en Ginebra la reconfiguración política del conflicto, excluyendo a Bashar al-Assad en un gobierno de transición. Rusia, junto a Irán y más tarde Turquía, apostaron por el proceso en Astana, capital de Kazajistán, para el establecimiento de zonas protegidas donde la población civil se pusiera a salvo. Poblaciones sobre las que no se podían realizar bombardeos a menos que se encontraran tropas de al-Qaeda o el Daesh. Ambos planes fallaron. El occidental a causa de su inflexibilidad para reconocer la realidad política del país. El de influencia rusa por la arbitrariedad con la que se define si hay o no efectivos enemigos atacables en las zonas de cese al fuego.

La falta de precaución estadunidense se encontró en el fortalecimiento de las Fuerzas Democráticas Sirias, de mayoría kurda, y el establecimiento de un símil de Estado: la Federación Democrática del Norte de Siria. Rojavá, para los kurdos: Occidente. Probablemente la muestra del inicio de la partición del país a largo plazo. Se trata de un territorio de gobierno autónomo kurdo, supuestamente laico, que ni Damasco ni Ankara están dispuestos a reconocer, por lo tanto tampoco la OTAN, de la que Turquía es miembro y cuyo antagonismo con el pueblo kurdo ha tensado su relación con Estados Unidos.

Sin Daesh como máxima prioridad, la condición de la guerra en Siria regresó, amplificada por el efecto kurdo, al estado en que se encontraba a fin de 2012 cuando los partidarios del régimen negaban la existencia de una guerra y apenas reconocían algunos enfrentamientos. La participación rusa, así como su control en el proceso que inició en Astana, le terminó por restar a al-Assad el espejismo de soberanía que una vez tuvo. Esto se vio en la visita del presidente Putin a la base rusa de Latakia en diciembre pasado, y los protocolos de seguridad rusos obligaron a Bashar a caminar atrás del invitado por indicación de sus escoltas. Tanto la dictadura de Assad, como Estados Unidos, no midieron las posibilidades de sus estrategias. Damasco encontró en la violencia una vía para rescatar su posición. Hasta hace poco, parecía que la administración Trump no.

Una probable reacción de Damasco fueron los ataques deliberados en zonas de exclusión. Primero sobre Ghouta, vuelta a bombardear mientras escribo estas líneas, conocida por convertirse en el centro rebelde que sufrió el embate de agentes químicos en 2013, y hace unas semanas Idlib, transformada en el punto de convergencia de los actores internacionales en la guerra. Para Damasco, Idlib es el bastión de su oposición. Para Estados Unidos, el de los remanentes de al-Qaeda. Eso ha sido suficiente para que tanto Washington como Moscú contemplaran la brutalidad.

Si la expulsión del Daesh de sus zonas de control ha dado la impresión de que Siria vive un periodo de tranquilidad, la realidad es que se transformó en la incubadora perfecta para nuevos conflictos.

No es sólo la vocación asesina de la dictadura, es también la respuesta turca a Rojavá. La incursión de tropas de Ankara al enclave de Afrin, controlado por los kurdos y la respuesta tanto de Estados Unidos como de Rusia, determinarán si se abre o no una nueva etapa de combates. El presidente Erdogan ha retomado las declaraciones contra Damasco que mermaron por su alianza rusa. La razón: con los ataques sobre Ghouta e Idlib el proceso de Astana ha perdido legitimidad. Putin necesita resolver esto antes de las siguientes elecciones con las que se busca reelegir, para seguir ocupando los vacíos de influencia regional que ha dejado la administración Trump. Sólo que antes de la incursión turca ya había retirado sus tropas de esa zona. Su única opción es convertir Ginebra en una versión de Astana.

Estados Unidos podía tomar acciones equivalentes que aprovecharan el fracaso de Astana, pero condicionó cualquier apoyo a la exclusión del gobierno de Damasco. Ni Rusia ni Irán aceptarán esa condición. Aquí está la estrategia de Estados Unidos, que anunció el establecimiento de una zona de control militar bajo comando de sus tropas —otro posible indicio de partición—, y ha vuelto a dejar en manos de los rusos y el gobierno de Damasco las vidas de los que aún no han huido. Éste es el mayor cambio de las políticas de Washington respecto a Siria. Con Daesh y al-Qaeda diezmados —al menos desde su punto de vista—, modifica sus prioridades en el país. De la guerra contra el terrorismo, ahora inicia su batalla por el espacio de influencia política. El rechazo de las organizaciones tribales que habían sido ignoradas era de esperarse, y faltará ver cómo cambia esto el escenario.

Un ingrediente más se ha escapado al análisis que ve la guerra como el tablero de un juego de mesa, sin comprender las razones sociales de quien carga un fusil o se viste con un chaleco bomba. Mientras Washington anuncia la eliminación de combatientes del Daesh, muchos de ellos han sido vistos entrar a Afganistán y a Egipto, como una vez lo hicieron en Libia. Ellos, como algunas fuerzas chiitas de Irak que fueron reclutadas para combatir en Siria, hoy buscan viajar a Líbano o al desierto desde el que han declarado, una vez más, a Estados Unidos, a Israel y a Arabia Saudita como sus enemigos. Ellos son la semilla del terrorismo fundamentalista que sólo espera cómo resurgir para volver a cometer atrocidades.

Al permitir Idlib y Afrin, o al dejar en el desamparo a la población civil, Rusia y Estados Unidos le han dado a esos pequeños grupos del Daesh que se encuentran al sur de Damasco y en el este de Siria, el mismo pretexto con el que una vez contaron para convertirse en la barbarie dentro de la barbarie. Al-Qaeda por igual. Porque sin prestarle atención a las motivaciones demenciales de la brutalidad, ese instante de siete años que es la guerra en Siria volverá a alargarse hasta que una nueva imagen le recuerde al mundo que ahí, a siete años, una vez más.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.
Twitter: @_Maruan.


1 Término para referirse al Estado Islámico, y evitar darle su connotación de Estado.

 

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