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La inflación es el efecto acumulativo (la inflación es siempre creciente) de las políticas monetaristas de los gobiernos ante la caída de la cuota social de ganancia(1). Funciona esencialmente como mecanismo que transfiere valor de los sectores asalariados en favor de la acumulación de capital. La inflación es también, aunque secundariamente, producto de las practicas especulativas sobre el oro, terrenos y construcciones, joyas y obras de arte, materias primas y, en general, sobre cualquier objeto que pueda conservar su valor de cambio frente a la depreciación monetaria. También refuerzan la inflación los «cuellos de botella», los «precios administrados» de los monopolios y nuevas prácticas gubernamentales como la de los precios relativos en el comercio internacional, que se han convertido en instrumento importante de la política exterior de Estados Unidos.

(1) En períodos de prosperidad capitalista, el tipo de la ganancia resulta de la relación entre la demanda agregada y el aumento de la producción logrado mediante una acelerada acumulación de capital, que a su vez eleva la tasa de plusvalía.

En la fase recesiva del ciclo industrial, que se presenta cuando el aumento de la productividad del trabajo ha provocado el rezago de la demanda agregada, la tasa de ganancia disminuye para el capital social en su conjunto dado que no es posible realizar la totalidad del capital mercancías que se podrían producir con la inversión acumulada. Es la fase del ciclo en que por la disminución de la tasa de ganancias del capital social, aumenta la capacidad industrial ociosa, disminuyendo consecuentemente las nuevas inversiones productivas y crece el desempleo, lo cual tiene un efecto multiplicador sobre la caída de la demanda agregada.

Dejada la economía a su propia lógica, el desfasamiento entre la capacidad productiva y el poder social de compra conduciría a la baja generalizada de los precios y a la paralización del proceso acumulativo de capital, fuerza motriz de la prosperidad material del sistema.

Con éxito cada vez menor y a mayor costo inflacionario, los gobiernos financieramente poderosos han actuado para detener la caída de la demanda agregada, y consecuentemente de los precios, recurriendo primordialmente al aumento de la masa de circulante monetario mediante políticas de gasto público deficitario y de crédito barato.

En el caso de Estados Unidos -rector internacional del sistema capitalista-, la inflación ha sido el instrumento primordial para sostener la recuperación en que entró el país desde fines de 1975. junto con la devaluación constante del dolar, eficaz medio por el que Estados Unidos ha logrado transferir a sus «socios comerciales» parte muy importante del costo de su recesión.

Pero no ha habido escaladas militares (hasta 1979) ni ampliación del mercado internacional que contribuyeran a sostener la recuperación de ese país. El aumento del circulante monetario solo ha detenido la caída de la demanda por bienes de consumo, pero ha sido ineficaz para alentar la demanda por bienes de producción las nuevas inversiones no superaron en estos cuatro años el promedio anual que alcanzaron en 1970-74, equivalente al 18.8 por ciento del PNB.

Ello indica la perseverancia de la sobreacumulación de capital ante la cual cada vez son menos eficaces las medidas monetarias y mayor el precio inflacionario de su aplicación.

CICLO INTERNACIONAL RECESIÓN-INFLACIÓN-RECUPERACIÓN

La inflación es, pues, resultado de la política económica de gobiernos financieramente poderosos e hija predilecta de las ganancias ante la recesión. El período más largo de auge en la historia del sistema capitalista va desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta 1967; a partir de este año se encadeno una serie de recesiones productivas en Estados Unidos (1967, 1970, 1973-75) aunadas a una inflación que crece a medida que se profundiza la recesión. Desde entonces se ha repetido la misma secuencia en política económica: a una elevación del circulante monetario (por aumento del gasto público o por el relajamiento de las tasas crediticias o impositivas o por la combinación de estos tres factores), ha seguido una reactivación económica estimulada por las señales inflacionarias del mercado. Cuando la inflación afecta los costos de producción, el comercio exterior y la balanza de pagos, y las presiones sociales aumentan, el gobierno vuelve a restringir el curso monetario a lo que sigue, en breve plazo, una recesión más profunda que la anterior, que requiere de una mayor inflación para ser superada.

La inflación, en efecto, repuntó durante 1979 en todos los países industrializados, como puede observarse en el cuadro 1, alcanzando tasas de dos dígitos en Estados Unidos (13%, la más alta desde 1946), en Francia, Italia y en el Reino Unido.Cabe hacer notar que aunque se observa una relativa desaceleración inflacionaria en los años 1976-1978 con respecto a 1974-1975, no puede hacerse la misma comparación con los años previos a la recesión de 1973-1975.

Si juzgamos por el comportamiento de la producción industrialen siete países miembros de la Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE), cabría afirmar que desde 1976 estamos ante una reactivación económica; los índices muestran (cuadro 2) aumentos espectaculares en 1976 con respecto a los índices negativos de 1975, aunque pierden su impulso inicial desde 1977 en todos los países.

El indicio de la inconsistencia de la recuperación, sin embargo, es su relación directa con los déficits presupuestados de 1975-1976 y con la expansión exorbitante del endeudamiento privado, como veremos más adelante al considerar el caso particular de Estados Unidos. El aumento de las inversiones productivas y del empleo sería la única base sólida para reconocer una recuperación verdadera en el ciclo económico internacional capitalista.

Empero, en proporción al PNB, las tasas de inversiones productivas (ritmo de acumulación) aún eran inferiores en 1978 a las tasas prevalecientes en 1970-1974 en los diez principales miembros de la OCDE, lo que es atribuible a que aún se mantienen índices elevados (del orden del 20%) de subutilización de la capacidad instalada. Por su parte, el desempleo que dejó la recesión 1973-1975 en la OCDE no sólo no ha decrecido, sino que aumentó de 15.5 millones de trabajadores a 17 millones para 1978 y a 20 millones al llegar 1980; pese a que la producción industrial se incrementó en 10% con respecto al nivel más bajo de la recesión (1976-1978), el desempleo creció más rápidamente.

EU: LOS DEUDORES DE LA RECUPERACIÓN

La recuperación arrancó en Estados Unidos antes que en ningún otro país, desde el último trimestre de 1975; fue impulsada por un déficit del año fiscal 1975-76 equivalente al 5% del PNB y por la expansión del crédito al consumo privado, es decir, impulsada y sostenida hasta ahora por la inflación.

El comportamiento del déficit fiscal de 1977 a 1980 en Estados Unidos muestra una tendencia decreciente: de 70 millones de dólares en 1976, se reduce a 40 mil millones en 1980 (a precios corrientes), debido primordialmente a las presiones internacionales sobre Washington para que detuviera la caída del dólar frente a otras divisas. El presupuesto correspondiente a 1981, aunque pretende reducir el déficit a 15.800 millones de dólares (ingresos equivalentes al 21.9% del PNB y egresos por el 22.3% del PNB), tendrá un mayor impacto inflacionario porque eleva en 12% nominal el gasto armamentista (que genera demanda pero no bienes de consumo) frente a su alza en 3% de 1980.

Al mismo tiempo que se reduce el déficit fiscal, el endeudamiento de la sociedad estadounidense ha tenido una expansión explosiva, alentada tanto por tasas de interés bajas como por una política fiscal que, por ejemplo, hace deducibles del pago de impuestos los pagos por intereses bancarios. La recuperación estadounidense se apoya así en el endeudamiento social, que pasó de 1.6 a 2.5 millones de millones de dólares entre 1970-1974 (crecimiento anual de 7.2%) aumentó a 3.5 billones de 1975 a 1978 (esta vez al 9.6% de incremento anual) y en los primeros ocho meses de 1979 ya había aumentado en 14%.

Los consumidores particulares elevaron su endeudamiento de 1 a 1.5 millones de millones de dólares entre 1975-1978 (22% de aumento anual promedio), gravando con hipotecas sus bienes raíces y disponiendo de 600 millones de tarjetas de crédito, 4.5 tarjetas por cada adulto del país; tan sólo en 1978 aumentó en 40% el número de tarjetahabientes de VISA una de las dos principales tarjetas de crédito en Estados Unidos. Otras normas de crédito al consumo que se han liberalizado son las que prestan los propios comerciantes a sus clientes; el plazo para pagar un automóvil, por ejemplo, se amplió de 3 a 4 y hasta 5 años, lapso mayor, en muchos casos, que la vida del vehículo.

Este enorme endeudamiento se ha traducido en el consumo que sustituye al de las inversiones productivas como sostén de la recuperación. Las empresas privadas, que adeudan unos 700 mil millones de dólares, también se han endeudado con vertiginosa rapidez; en 1975 contrataron nuevos préstamos por 18 mil millones de dólares, por 83 mil millones en 1978 y por 120 mil millones en 1979.

La revista Newsweek (enero 8 de 1979), comenta que si este rápido endeudamiento se canalizara a nuevas inversiones, podría aplicarse una política de restricción crediticia que redujera el consumo particular y la inflación; «lo curioso es que las empresas piden dinero que no necesitan» por el temor a que la Reserva Federal reduzca en cualquier momento el circulante y obligue a los bancos a racionar sus créditos, dejando a muchas de ellas fuera del mercado.

Entre mayo y septiembre de 1979, cuando se preveían indispensables restricciones crediticias, las empresas aumentaron sus demandas de crédito en 33% a los principales bancos de Nueva York. El 6 de octubre se decretó, en efecto, una alza de 2 puntos a los intereses, medida insuficiente para contener el impulso crediticio considerando sobre todo que «los bancos tienen liquidez suficiente para prestarle a cualquiera» y que la inflación sigue estimulando la compra de bienes durables: las casas aumentaron 20% su precio en 1978, por lo que adquirirlas con hipoteca del 13% anual sigue siendo buena inversión.

El crecimiento del consumo a crédito tiene ya un límite cercano en Estados Unidos, pues las familias que han tenido acceso a préstamos bancarios destinaron en 1979 entre el 35 y 50 por ciento de sus ingresos a cubrir adeudos, proporción que contrasta con el 22 por ciento que destinaban a esas obligaciones en 1974.

No obstante, han sido estos deudores los menos afectados por el efecto redistributivo de la inflación sobre el ingreso social, pues los salarios han perdido de 3.5 a 5.5 por ciento anual de su poder de compra en los últimos años. Ello implica una mayor heterogeneidad en la demanda, que se traduce en desigual aprovechamiento de las ventajas de la inflación entre los sectores de la producción y entre los capitales.

Principalmente los capitales monopólicos en sectores vinculados con el consumo final, han registrado ganancias aprovechando el excedente monetario en circulación para aumentar sus precios más que proporcionalmente al aumento de su producción. No podría ser otra la práctica predominante en una economía que mantuvo la tasa de ganancia social durante los años setentas por abajo del nivel promedio que alcanzó en la década anterior. En 1979, año de la mayor inflación en 33 años. Las ganancias de las corporaciones monopólicas tuvieron un alza de 13% nominal sobre las de 1978, la mayor elevación desde 1973 aunque aún insuficiente para reanimar las inversiones en 1980. según la mayoría de los pronósticos.

LA INFLACIÓN EN EL COMERCIO INTERNACIONAL

El comercio internacional adquirió nuevas características durante los anos setentas, entre las que no están ausentes ni el endeudamiento como poder de compra inflacionario, ni el encarecimiento manipulado de precios.

Oliver Long, director general del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) explicó (2) que las sostenidas importaciones de los países dependientes han compensado la disminución de la demanda entre los países industrializados. Señaló por ejemplo, que «las exportaciones de maquinaria de Europa Occidental al Tercer Mundo triplicaron (desde comienzos de la recesión de 1973 a 1979) las dirigidas a América del Norte y Japón. América del Norte vendió más productos manufacturados a los países en desarrollo que a Japón y Europa Occidental. Y Japón vendió más a los países del Tercer Mundo que a Estados Unidos y Europa Occidental.

(2). Excélsior, Noviembre 7 de 1979, Sección Financiera.

«Pero, las importaciones del Tercer Mundo han sido en los últimos años financiadas a costa de un gran endeudamiento en el mercado mundial de capitales y muchos países en desarrollo se aproximan ahora al límite de su capacidad financiera. Las nuevas importaciones deberán ser financiadas por los ingresos de sus exportaciones».

Este endeudamiento del Tercer Mundo se alimenta del exceso de dólares que circulan por el mundo (de 800 mil millones a un billón), sin el respaldo del valor de cambio que les daría una producción de mercancías que aumentara proporcionalmente. Ello implica la desvalorización del dólar o alza del precio monetario de las mercancías, lo que supone a la vez crecientes cantidades de divisas por mantener un flujo comercial internacional que solo ha crecido en volumen hacia los países que han incurrido en el endeudamiento.

Por otra parte, en el cuadro 3 se observa que no es el petróleo -como ideológicamente se afirma- el producto que más rápidamente ha incrementado sus precios (aunque en 1979 se revalorizó después de cinco años). Los productos que más se han encarecido son las oleaginosas, los productos mineros, las manufacturas y los cereales en los que Estados Unidos es el principal exportador mundial. La causa del aumento de precios de las oleaginosas es particularmente interesante.

El control del 95 por ciento del mercado mundial de soya en grano y del 60 por ciento de las pastas y aceites de soya, combinado con el control de la tecnología para producir alimentos balanceados a partir de este producto, le permiten a Estados Unidos una gran capacidad de manipulación de la situación alimentaria de Europa, Japón y crecientemente, de los países dependientes que están incorporándose al sistema ganadero de exportación.

Ello es así porque la oferta y los precios de la soya para la producción de alimentos balanceados, son factores determinantes en la ganadería y agricultura tecnológicamente avanzadas. Europa se hizo dependiente de la soya al proclamarse la ley de ayuda alimentaria estadounidense de 1953 (PL 480), la cual impuso nuevos procesos de producción y hábitos de consumo en los cuales la soya constituyó un insumo proteínico básico en el continente.

Hoy por hoy, el manejo de los precios relativos entre los alimentos (particularmente el de la soya), los energéticos las manufacturas está constituyéndose en un arma central de la política económica de Estados Unidos frente a Europa y Japón como sus principales competidores en manufacturas. Siendo estos dependientes de sus importaciones de la oleaginosa para su producción de alimentos de origen animal, los cuales son básicos en la dieta de estas sociedades. La manipulación de su oferta y precios por parte de Estados Unidos contribuye a elevar el costo de la fuerza de trabajo europea y japonesa y a reducir, consecuentemente, la competitividad de sus manufacturas.

En esta estrategia se explican las variaciones de los precios mundiales de las oleaginosas. que tienden al alza más aceleradamente que los precios de los hidrocarburos y de las manufacturas.

CONCLUSIONES

La masa de dólares que circulan dentro y fuera de Estados Unidos, sin contenido real de valor de cambio porque la circulación de dólares ha crecido más rápidamente que la producción mercantil al ser drenada al mercado a través del crédito, ha constituido en los últimos cuatro años el principal factor de expansión de la demanda.

Si en 1980 Estados Unidos no retrae su expansión monetaria, enfrentándose entonces a una nueva recesión, el sistema financiero y monetario podrá verse gobernado por una especulación incontrolable y una inflación exagerada. Ello crearía las condiciones para que volviera a sincronizarse el ciclo industrial de los países miembros de la OCDE en una recesión mucho más profunda que la de 1973-75.

Todo indica, sin embargo, que el sistema financiero internacional no resistiría una drástica política de contracción monetaria sin que se provocaran algunas quiebras bancarias que causaría un «pánico bancario» que llevaría al colapso al sistema. Por ello el dilema para los responsables de la política económica imperialista no es mayor inflación o recesión; el dilema ahora es en qué situación inflacionaria sobrevendrá la recesión y cuántos países se verán arrastrados a ella por la política monetaria estadunidense.