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Carlos Monsiváis. Autor de Días de guardar, Amor perdido y una reciente Antología de poesía mexicana, 1919-1979.

MÉXICO EN LOS AÑOS RECIENTES

¿Pero que es México? ¿Una catástrofe a corto, mediano y largo plazo? ¿Un El dorado petrolero? ¿Una imprevista hazaña demográfica de 70 millones de habitantes? ¿Una solicitud de adscripción al Primer Mundo? ¿Un cúmulo de pesadillas e idilios inducidos? En cualquier caso, en el centro del debate está una necesidad de redefinición, México ya no puede seguir siendo ese sector concentrado en las grandes ciudades que, de distintas maneras, disfruta de las recompensas de la oligarquía y aporta agradecido su consenso. El crecimiento desorbitado del país hace imposible cualquier ideal de contención y retención. Hoy, las masas en las colonias populares o las multitudes de subempleados que modifican el paisaje urbano, funcionan como todo menos como metáforas de la miseria que certifican nuestra buena fortuna. Son la medida de adelantos y retrocesos, las estadísticas al acecho del optimismo profesional, los lectores y espectadores potenciales que de no ganarse reafirmarán dramáticamente lo que se llama subdesarrollo cultural. En los veintes, una élite afirmó polémicamente su derecho a existir como prerrequisito del progreso general de la sociedad. Hoy esa pretensión -que se salven los menos para que algún día se salven los demás- es completamente impracticable. Los demás no son ya la complaciente masa invisible y folclórica que rodeó, como un murmullo, la creación literaria. Son una realidad tumultosa y demasiado visible, transformada en amenaza por el miedo a la pérdida de los privilegios, y que obstinadamente minimiza todas las pretensiones triunfalistas. De allí que nada sea menos retórico que la lucha por ampliar la idea de la nacionalidad.

El proceso ha sido nítido. La «Nación elegida» de los liberales devino la «Nación Sensible» del porfiriato (la expresión es de Francisco Bulnes) y el grupo responsable de la postrevolución: «Al hablar del pueblo, no me quiero referir a la masa anónima que constituye la Nación. No: me refiero al sector que verdaderamente toma parte en esta clase de asuntos» (Emilio Portes Gil en Quince años de política mexicana). Esta posesión privilegiada de lo nacional se refrenda incluso en El laberinto de la soledad de Octavio Paz («No toda la población que habita nuestro país es objeto de mis reflexiones, sino un grupo concreto, constituído por esos que, por razones diversas, tienen conciencia de su ser en tanto que mexicanos») y continúa hasta hoy en una forma u otra. Para garantizarse la modernidad, una porción «altamente significativa» ha reclamado para sí el nombre México -y la añadidura de sus frutos-, alejando y sellando la suerte de minorías indígenas, masas campesinas y obreras, muchedumbres marginales, contingentes femeninos. A los desplazados algo les toca: el impulso cultural y social de las clases dominantes influye en aquellos sectores desprendidos o jamás asidos al término México y el analfabeta del porfiriato que memoriza con ansiedad mística poemas de Amado Nervo o el campesino atemorizado ante las imágenes cinematográficas se continúan en el jovencito desempleado que escucha frenéticamente a Donna Summer o en el tzotzil uncido a su radio de transistores. Lo anterior es algo más que ejemplos connotativos de los roces del infortunio con lo contemporáneo. La sorpresa y la rendición de los expulsados-del-paraiso son parte del desarrollo desigual y combinado de un régimen de producción que incluye la cultura y el avance científico y tecnológico entre sus yugos primordiales.

Cultura y tradición nacional. La herencia autocrática del XIX -vía el porfirismo- se alió con el conjunto de instituciones y mitos mejor conocido como Revolución Mexicana y el resultado ha gobernado serena e histéricamente a la nación en este siglo. La desnacionalización tan agudamente vivida involucra tanto a esta nación ficticia, impuesta desde arriba por unos cuantos, como a la nación de abajo, que persiste pese a todo con su habla, costumbres, comidas, hábitos sexuales, inferiorización programada, solidaridades y quebrantamientos. Hay un punto de unión y desunión: la explosión demográfica. El cambio despiadado que la sociedad de masas genera se concentra o refleja en las nuevas actitudes ante las abstracciones con mayúsculas: Cultura, Tradición, Estado, Política, Patria, Familia Religión, Civilización, ritos y realidades que sintetiza el término Identidad Nacional. El estallido de costumbres y creencias que trae consigo la modernización (falsa y verdadera) de México afecta en primer lugar a la Identidad Nacional. ¿Qué tanto se percibe desde la pobreza o la miseria de la idea dominante de Nación? La Nación es centro y sentido de las instituciones conquistadas, actuantes o deseables que, así incluso beneficien (parcial y obligadamente) a sectores masivos, jamás les solicitarán participación o puntos de vista.

DE LA IDENTIDAD NACIONAL A LA NACIÓN DEL CONSUMO

Para quienes viven la opresión, las exhortaciones cívicas nunca han tenido mucho sentido; el entusiasmo, las pasiones, e incluso las manías nacionalistas se depositan en factores implacables: lealtades deportivas como creencias casi cosmogónicas, devoción por los espectáculos que a diario reorganizan el sentido de la vida familiar. La Identidad también es un show y la televisión suministra los temas indispensables de conversación, el radio combate el aislamiento, la canción ranchera evoca bélicamente los sentimientos nacionales y en el fútbol soccer el país se emblematiza casi de modo literal, mientras se esfuma el panteón de los héroes.

Para estas mayorías la asunción cotidiana de la Identidad Nacional es compuesto alternativo o simultáneo de esperanzas, valores y complicaciones locales, nociones históricas predigeridas y esquemáticas, conformismo, costumbres ancestrales que se diluyen o -peor para ellas- perseveran como pueden: el desarrollo capitalista va eclipsando de la memoria colectiva costumbres y tradiciones que se creían inmutables. No hay forma de arraigar a los trabajadores y a sus familias, no hay arraigo para los ambiciosos o los desesperados o los hambrientos. Sin arraigo las tradiciones no se renuevan y las masas se descubren paulatinamente vacías de ese sentido de la historia que había normado su vida cotidiana. Del pasado legendario (un pasado de cualquier modo hecho de yuxtaposiciones, concesiones y memoria enaltecedora y dirigida) sólo parece quedar lo más esencial, lo ligado a las fiestas, a la religiosidad que es redistribución terrena de las apropiaciones extraterrenas y a las variantes regionales (en verdad queda mucho más pero a la defensiva, carente del prestigio definitivo de la modernidad).

La Identidad se marca generacionalmente (el México anterior al auge de los medios masivos) y se vuelve aquello que unos atesoran con fervor y otros, los más jóvenes, poseen nominalmente o heredan sin compromisos. No hace falta citar el destino volatilizado de las tradiciones del Día de Muertos o las celebraciones navideñas. Se está ante la quiebra de una manera de resentir la nacionalidad que, desde la vida cotidiana, se adjudicaba la propiedad de otro país, más reconocido y recorrible, inhibido en cuanto a sus alcances externos y arrogante en el despliegue de sus orgullos inmediatos. Pero no se concluya viendo en la Identidad Nacional la deidad fabulosa cuya evaporación nos entregó en manos del imperialismo. Nada menos cierto. Al colonialismo no lo instaló victoriosamente ninguna Pérdida de la Identidad. Por el contrario, el debilitamiento interno de esta Identidad (su falsedad «pluriclasista», su carácter impuesto y programático) resultó inmejorable aliado de la actual sociedad de masas. A la oligarquía no le preocupa el aletargamiento del nacionalismo que-se-toma-en-serio; tiene para reemplazarlo a la Nación del Consumo.

«NO AMO A MI PATRIA. SU FULGOR ABSTRACTO…»

La desnacionalización se apuntala en el descrédito irreversible de la ideología estatal, el ordenamiento oficial de las tradiciones heroicas y las tradiciones constitutivas, su uso emblemático y conmemorativo frente a inversiones extranjeras y ofensivas ideológicas de la derecha. Resultados de esta tala real y simbólica son el arrumbamiento museográfico de la Revolución Mexicana y la vivencia cada vez más hogareña o íntima de la idea de patria. (Confrontar el poema «Alta traición», de José Emilio Pacheco: «No amo mi Patria. Su fulgor abstracto/ es inasible/ Pero (aunque suene mal) daría la vida/ por diez lugares suyos, ciertas gentes…»). Un ejemplo climático de lo anterior: el partidarismo en el fútbol. Allí la Patria (influencia o destino o emoción) se materializa: es el espacio del conocimiento generalizado, la efusión de los periódicos, el comentario con los cuates. la pasión en torno a un aparato de televisión y los gritos encomiásticos v tribales del locutor. Eso es asible: lo que se ve, aquello sobre lo que se puede tener opinión autorizada, lo que le importa a quienes conozco, lo que me permite no sólo intervenir sino crear una conversación que es un modo de vida.

Más que un gigantesco acto de evasión, la afición por el fútbol enraiza e identifica; no es «huida de la realidad» sino reconocimiento solidario del universo cotidiano. Por eso, un fracaso de la Selección Nacional puede desembocar en la ira o la desesperanza generales. Pierde la Patria literalmente no porque sus valores estén en juego o en riesgo sino porque la Patria ha sido, las más de las veces, esa explotación colectiva del entusiasmo sin consecuencias políticas visibles. ¿Extraña entonces que el Estado le conceda a la televisión y al fútbol (y al fútbol en televisión) el don de unir y cohesionar? Deporte es también un hecho clasista enmarcado en las relaciones de producción, es parte de una organización mundial y es, como se ha visto ahora sin reservas, parte de la maquinaria de los Estados. Lewis Mumford en Técnica y civilización lo dice sucintamente: «El deporte es un factor de estabilidad del orden imperante y de regimentación de las multitudes… El deporte, en el sentido de un espectáculo de masas, con la muerte como estímulo subyacente, surge cuando una población ha sido encorsetada, regimentada y deprimida hasta tal punto que necesita participar, al menos a través de intermediarios, en difíciles hechos de fuerza, de habilidad o de heroísmo, a fin de mantener despierto su disminuido sentido de la vida».

Desvencijado el nacionalismo, procede el trueque de los valores comunitarios por los recursos de la eficacia. De hecho, lo que llamamos «tecnocracia» no es sino la proposición estatal que llena el hueco de lo nacional, un uso del pragmatismo como visión del mundo que no es sistema de creencias sino de exclusiones y que disfraza la agonía de las viejas ideologías conservadoras y liberales. En todos los países en-vías-de-desarrollo (y México lo sigue siendo dentro de su anunciada bonanza) el gran tema no es la elevación de stándares de consumo sino la iniciación del proceso de adelantos independientes a través de un territorio de estancamiento y miseria crecientes. Para recapturar esa todavía necesaria pasión independentista hay que responsabilizar a la sociedad civil de la definición de lo nacional, eliminando contenidos costumbristas y mitológicos y poniendo en claro lo costoso de insistir en la nación de-unos-cuantos que deja de lado la presencia de trabajadores y desempleados. Si algo, la sociedad de masas con su desplazamiento emocional hacia el consumo, prueba la final inutilidad del intento de revivir o refuncionalizar el nacionalismo de minorías.

DE CALCUTA, DISTRITO FEDERAL A TABASCO SAUDITA

¿Cómo andarán las cosas que hasta a los mejores mitos les llega su desmitificación? A fines de los cincuentas, las minorías de la vanguardia cultural apenas soportaban el peso moral (el Compromiso) del país. Si el ímpetu de la Revolución Mexicana los colmó de responsabilidades y vanidades inaugurales, el freno de la institucionalidad los devolvía a un escenario de frustraciones seguras y madurez muy improbable. La idea de México, con sus cargas y vehemencias, es, de nuevo, enigma no tan ocasionalmente estorboso al que descifran sus carencias. ¿Dónde los alicientes y estímulos, dónde las compensaciones y prebendas de la condición nacional? Las clases dominantes no se fijan en la rapidez de su ascenso ni en la cuantía de su enriquecimiento y sólo se atienen al rezongo y la murmuración: aquí cunden los salvajes y los buenos para-nada, aquí nos quieren atar irremediablemente al rebozo y la tortilla, aquí no se perdona el éxito.

Los porfiristas odiaron el peso muerto de lo indígena. Las élites del México desarrollista suelen querellarse contra el peso muerto de lo naco, las facciones cobrizas que apenas enmascaran impotencia y resignación. Mírenlos reproducirse, con qué innoble premura, ignorantes de nuestra tragedia: tan cerca de Calcuta, tan lejos de Houston o París. Este rechazo de la pobreza nacional como «destino manifiesto», vivido con hedonismo en los sesentas, es puesto entre paréntesis en 1968 y se renueva, después de Tlatelolco, gracias a una certidumbre: en México, las oportunidades existen en el orden privado. El sistema no permitirá cambios, el precio para alejar la dictadura es la imposibilidad de la democracia y a nosotros nos corresponden las utopías individuales, renunciar a la anacrónica «salvación colectiva» y acceder a toda costa a una modernidad cuyo centro es Estados Unidos y cuya circunferencia la distribuyen las transnacionales. Esta, que se apoya en el sueño colectivo promulgado por la televisión, erosiona y oculta a la tradición mexicana con sus logros y supersticiones hispánicos, mestizos, católicos, liberales. En el desistimiento, las clases dominantes canjean su formación clásica por otra, indiferenciada y colonial, a la que sienten más a gusto. De las incertidumbres de un sueño de autonomía a las seguridades de la vida dependiente.

La crisis del 76 y la recuperación económica y/o psicológica que arrastra el descubrimiento de las riquezas, modifican este tono radicalmente pesimista. No es gratuita la maniobra derechista que quiere hacer pasar el difuso y contradictorio proyecto echeverrista de recuperación del Estado por una pesadilla de odio acondicionado, dedicada al exterminio de las «clases responsables». No es sólo una andanada ejemplarizante contra quien se atrevió a desafiar (de modo muy parcial y muy verboso) a los verdaderos-dueños-de México; importa también reafirmar en esas abatidas e iracundas clases medias su odio a lo nacional, su anemia antimperialista, su convicción de que la corrupción es nuestra segunda naturaleza. El antiecheverrismo es muy eficaz en su «humanización humorística» del Estado (sabemos ya que el régimen de hoy es el desfile de sketches del sexenio próximo). No lo es tanto en su afán de institucionalizar el desprecio mexicano hacia México. La desnacionalización prosigue pero diversos sectores empiezan a entrar en negociaciones con la cuestión nacional; en primera instancia, como derivado del 68, a través de un reexamen crítico de la historia, la economía, la política, la sociedad, la cultura, la vida cotidiana. También, y decisivamente, a través del orgullo nacional que trae consigo el boom de los energéticos. La necesidad de defender el petróleo, y en menor, pero importante medida, el problema de los indocumentados, van reavivando el antiyanquismo. Nos quitaron la mitad del suelo, que ya no toquen el subsuelo. En medio de graves debates y luchas políticas (que, en rigor, apenas dan comienzo) pierde gran parte de su atractivo imperioso la noción de un país destinado por la Providencia a vivir jodido.

De manera muy explicable, el retorno-a-México se acompaña, en los sectores de vanguardia que lo emprenden, por un creciente interés en la realidad internacional y muy específicamente, en América Latina. El entusiasmo general que rodea a las hazañas y el proceso del Frente Sandinista es, inequívocamente, parte de una readaptación política, social y cultural; nuestro destino no es, inexorablemente, ser la eterna inmediación de las metrópolis: la lucha por las soberanías nacionales nos dota de nuestro propio centro histórico. (Esto, de paso, parece aquietar un impulso gemebundo y desolado de burguesía y clases medias: después de todo no estamos como en Guatemala o Colombia, económicamente nos va mejor que a nuestros correspondientes en Chile y Argentina).

EL COLONIALISMO: NUEVA YORK ESTABA INMÓVIL

No exagero mi optimismo. Es claro que, para numerosos sectores, el colonialismo lo sigue siendo todo. Pero al decir colonialismo no me adhiero tampoco a la ansiedad xenófoba que multiplica amenazas desdeñando la incorporación natural de tecnología y formas culturales del proceso internacional. Aludo a intenciones y actitudes de quien siempre considera inmerecidos estos beneficios. Así, lo colonial del fenómeno travoltiano en nuestro medio no ha consistido, como creen ingenuamente los nacionalistas de chía y horchata, en imitar estilos de baile y «conductas equívocas». Lo colonial es la presunción, en medio de la intensa pobreza, de reproducir conductas de la afluencia y el excedente. Lo colonial es la elección de un modo de vida exterior como identidad, ideología de consumo y espejismo deliberado. Colonial es la posición intimidada que engrandece todo lo de afuera, por sentirse habitando la absoluta falta de alternativas.

De allí la dificultad de entender y situar grandes movimientos sociales y culturales de esta última década, del conocido como la Onda (proyecto de contracultura, desegregación familiar, droga, rock y proclividades místicas) a la fiebre de discoteques y trajes blancos de tres piezas. A las explicaciones más convincentes (ausencia de vida democrática, despolitización, inermidad frente al imperialismo, desempleo masivo, desnacionalización) hay que agregar, en esta explicación del rechazo del antiguo proyecto nacional otros de índole más individualizada: sordera ante el discurso político, indiferencia ante ofrecimientos de desarrollo vital que corresponden a épocas o percepciones gastadas y vencidas. La rápida denotación de estos jóvenes travoltianos no los hace desaparecer ni elimina las distancias entre los «concientizadores» profesionales (íPueblo, hazme caso y redímete!) y las masas satisfechas con las rendijas a través de las cuales se asoman y -sosteniendo en su candor la desvencijada metáfora- al banquete de la civilización occidental.

El colonialismo es, también, el nombre más común de un proceso muy complejo de alianzas y acomodos, de avances y retrocesos. «A espaldas de todos -observó Pasolini respecto a Italia-, la verdadera tradición humanista (no la falsa de los ministerios, de las academias, de los tribunales y de las escuelas) es destruida por la nueva cultura de masas y por la nueva relación que la tecnología ha instituido -con perspectivas hoy seculares- entre producto y consumo; y la vieja burguesía paleoindustrial está cediendo su sitio a una burguesía nueva que comprende, cada vez más y más profundamente también las clases obreras, tendiendo finalmente a la identificación de burguesía con humanidad».

La burguesía, sinónimo de la humanidad. En el fondo del enorme desplazamiento y la brutal transformación de México en las dos últimas décadas, la sujeción secular ya no deriva del «mandato divino» o de la ignorancia de la lucha de clases sino de la alineación magnificada. Proletario o marginado. escucha bien: en la medida en que no eres burgués, eres hombre a medias y si aceptas como válidos los cánones de la burguesía, tu inhumanidad se vuelve, ante tus propios ojos, un fatalismo cultural. La nueva industrialización, recapitula Pasolini, ya no se contenta con que «el hombre consuma»; ahora ve en el consumo la única ideología concebible.

Ciertamente, en la sociedad de masas sólo hay cabida para una versión de la realidad (atavíos, costumbres, habla, sentido del humor, visión del erotismo) peros su poder de homogenización seguirá siendo muy falible, para nuestra fortuna, mientras los modos de resentirlo sean tan diversos. La TV,por ejemplo, cubre a todo el país con sus esquemas colonizados, pero es muy distinta la manera en que se adueña de una colonia popular y de una residencia. A las mayorías, la TV les resulta el gran interlocutor, no una forma más de entrenamiento sino el modo de vida que, al tomarlos en cuenta (al despreciar casi cualquier jerarquización educativa: tanto me interesa que me veas que trato a todos como a retrasados mentales) los compensa de su penosa vida real, tornándose casi literalmente la mayor utopía de la vida cotidiana, en tareas que comparte con sus antecesores, el cine, la radio, la prensa amarillista o deportiva y la canción popular. El mensaje es nítido: no tiene otra, público, acércate a este espejo paradigmático; refléjate en estas tramas/ canciones/ frases/ gestos; adquiere, por contagio, identidad nacional y educación sentimental. Por eso, hablar de la manipulación brutal de la cultura de masas es, a la vez, exacto e insuficiente. Se trata de una verdad a medias: esta cultura actúa sobre espectadores ya vencidos y encauza o dirige la derrota haciendo de la explotación un telón de fondo que sostiene los sueños melodramáticos de las víctimas. Quien usa deterministamente el concepto de manipulación se olvida de que esta tiranía deriva, básicamente, de la falta de alternativas y que, por lo mismo, esta proposición se multiplica y transforma al ser captada por la sociedad de masas. El neogalán desexualizado y de plástico deviene ensueño erótico urgentísimo de decenas de miles de jovencitas; la telenovela cursi y lamentable de la catarsis (música y letra) que reanima un panorama regido por el anticlímax; la canción que desborda pasiones contrariadas se interioriza como el idioma de la frustración halagadora; la trama fílmica repetitiva y vulgar se vuelve el aprovechamiento del humor y del deseo felizmente insatisfecho. Lo que para la clase media es lo inevitable («ese es nuestro nivel y ni modo») a las mayorías les resulta lo largamente esperado, la diaria identidad a que tienen derecho. Por eso, cualquier examen que se practique de la desnacionalización y el desclasamiento debe pasar por el análisis de los medios. Pero por eso, también, el concepto de manipulación, tal y como se usa, remite a un panorama demasiado abstracto, que sólo capta las sombras vaguísimas de las multitudes prendidas a un receptor. Explica mucho más el examen concreto de la represión, del transporte como doble fatiga laboral, de los cosificados sexuales que se rebelan endiosando a ídolos siempre fugaces, de la opresión lingüística, de la falta general de oportunidades.

LA FELICIDAD QUIETA Y HUMILDE

Les daremos a ellos la felicidad quieta y humilde de las criaturas débiles puesto que lo son por naturaleza. Oh, los persuadiremos por lo menos de no ser orgullosos porque tú los elevaste y luego les enseñaste el orgullo. Les mostraremos que son débiles, que sólo son criaturas lamentables, pero que la felicidad pueril es la más dulce de todas… Se maravillarán ante nosotros y quedaran atónitos ante nosotros y estarán orgullosos de que seamos tan astutos y poderosos… Sí, les mandaremos a trabajar, pero en sus horas de ocio les haremos su vida como un juego de niños. Les permitiremos incluso pecar, son débiles e indefensos.

Y estarán felices de creer nuestra respuesta, porque los salvará de la gran ansiedad y la terrible agonía que sufren en el presente teniendo que decidir por sí mismos. Y serán felices todos esos millones.

Dostoievsky: El Gran Inquisidor

A lo largo del siglo, de Ortega y Gasset a McLuhan, de Adorno a Norman Mailer, la diatriba del Gran Inquisidor es reinterpretada como la última realidad que a las masas le propone la tecnología, la felicidad de la inconsciencia. De portentoso alegato literario, la visión de Dostoievsky pasa a ser el suspiro de alivio de los Elegidos, de quienes no han sucumbido ante la Esclavitud Placentera. Tal perspectiva «apocalíptica» (tal sentimiento de superioridad de los no manipulables), ha sido, entre nosotros, tanto el fatalismo que obscurece la enajenación real magnificando la influencia de los medios como la autocomplacencia que, incluso desde posiciones de izquierda, opone a la entrega servil de la mayoría la «redención» exceptuadora que trae consigo la superioridad cultural.

¿Se portan así las masas de sumisas, de inconscientes, de hipnotizables? ¿Son el fútbol y la telecomedia las armas predilectas de nuestro Gran Inquisidor? Más bien, quienes no tienen otra aceptan los ofrecimientos para las horas de ocio. Si no les permiten ejercer como ciudadanos, ¿por qué se les van a otorgar derechos de selección de los espectadores? En este sentido, no sólo los Medios sino diversas formas de «ideología de masas» (del guadalupanismo lacerado a la creencia en el horóscopo a los espiritualismos a la indagación policial de los ovnis al culto de la brujería a la identificación de equipo deportivo con causa nacional y personal) actúan a modo de compensaciones, equivalencias y mediaciones. Hay una secreta racionalidad en quienes eligen las formas desechadas por la minoría ilustrada antes de ceder a las fórmulas del contentamiento oficial: algún día -ten paciencia- tendrás empleo, serás feliz, el país recompensará tus sufrimientos. Ante el engaño colorido estos públicos eligen transformar en cultura popular, asumida y vivida gozosamente, el envilecimiento que se les ofrece, poniendo en claro que los principios y consignas de la industria cultural son potencialmente «verdaderas» respecto a la masa, pero inevitablemente falsos para cada individuo. De allí los riesgos de hacer inapelables las conclusiones sobre los mass-media. De seguro, para la industria de la conciencia lo más importante son los códigos que reproducen las relaciones de producción (que la explotación se perpetúe a través de la internacionalización colectiva de dogmas y conformismos). Pero la posposición o el ocultamiento de la conciencia de clase sólo puede tener éxito si se apoya en una vasta desmovilización previa, la que deriva de las concesiones a las masas sostenidas en la corrupción y la intimidación omnipresente. Aunque en la índole de Televisa esté implícito el desprecio al PRI y la «alarma moral» ante el Estado, todavía no llega el momento en que Televisa niegue su origen: fruto de una graciosa cesión que le concedió a la iniciativa privada el apaciguamiento de los súbditos del poder público.

SUMAS Y RESTAS

Algunos aspectos de la cultura de la sociedad de masas en los años recientes:

* El analfabetismo funcional o total de grandes sectores obliga a la difusión masiva de la subliteratura: comics, fotonovelas, diarios deportivos. Sólo al principio, esta cultura de masas intenta fundarse sobre una experiencia (reconocimiento) común a mucha gente. Pronto, promueve con entusiasmo las fantasías más reaccionarias sobre la familia, el sexo, la creencia y la propiedad privada. Para vencer, la industria cultural destruyó y sigue destruyendo a las culturas dominadas: obreras, campesinas, regionales, etcétera. Sobre esas ruinas se construye un orden de preferencia que inventa y declara eterno un gusto popular erigiéndose a continuación como su única fuente nutricia. En más de un modo, la tradición popular urbana de hoy ha sido forjada de acuerdo al criterio de las transnacionales.

* Encuentro de grupos de vanguardia política y cultural con vestigios y formas de resistencia de las culturas dominadas. Esto trae como consecuencia: a) cambio de posiciones respecto a la cuestión indígena y abandono gradual (y forzado) del paternalismo. Una nueva posición: le corresponde a los indígenas resolver si se integran culturalmente a la nación o no y qué forma les interesa rescatar. b) Búsqueda de una «cultura de resistencia», término que, escasa o penosamente definido todavía, indica lo que se opone a la conformación dictatorial de la industria cultural en función de un programa revolucionario o democrático.

* Al Estado le importa seguir careciendo de un proyecto cultural definido y -la filantropía es proposición plurisexenal- sustituye esa ausencia con programaciones de lujo, lo que sólo implica un aumento de ofertas para la élite ampliada. Inversa y explicablemente, las posibilidades de las mayorías se reducen y los Medios ratifican su posición de instrumentos unificadores y distribuidores de impulsos y métodos de una (degradada) visión popular de la cultura. Esta presión obliga a respuestas contradictorias del Estado que, sin abandonar su política de «dejar hacer», combate con languidez al elitismo, «causa de todos los males», sin ir nunca más allá del esquema distributivo de cultura trazado en la década del veinte.

Todo acentúa la diversificada ineptitud de la cultura oficial, la hegemonía ideológica burguesa y la aún precaria acción crítica y recuperadora de la izquierda. El problema es, como afirma Raquel Tibol, que el Estado sigue siendo el principal promotor cultural y continuará así en la próxima década y en el próximo milenio. Esto hace que cuenten doblemente el «fracaso estrepitoso» de la enseñanza oficial del arte, la debacle del cine gubernamental y la timidez imaginativa (permitáseme siquiera este eufemismo) del Canal 13. En el fondo, se trata de convertir a la cultura en mera caja de resonancia, en una abstracción que implica, si acaso, buen gusto, divulgación de las apariencias mínimas de modernidad. El Estado acepta el destino neblinoso de sus vasallos mientras duplica presupuestos e instituciones » redentoras». Todos quieren hacer cultura, lo que por lo común significa la cauda aritmética de conferencias, recitales, conciertos… y la geometría de una burocracia vorazmente inepta. La avidez de ornamentaciones prestigiosas y la cavilada falta de proyectos terminan confiriéndole al Estado un único y múltiple papel: sancionados de logros, gestor de reconocimientos póstumos, apoyador de todas las tendencias, foro de opiniones, mecenas de sus opositores. La escasa flexibilidad que permite el autoritarismo se reconcentra en el espacio cultural bajo una astucia implícita: todo lo patrocinable es asiminable.

Que no se niegue la racionalidad implícita. Me repliego a un solo dato: del 12.5% de tiempo que por ley le corresponde al Estado en radio y televisión apenas si se usa un 1.5%. ¿Qué gobierno requiere más para su publicidad inmediata? Lo otro, elaborar un programa de difusión cultural, determinar un punto de vista sobre la educación y la diversión masivas, es muy riesgoso y finalmente inútil. Supone una continuidad en el esfuerzo que las rupturas sexenales no admiten y supone enfrentamientos muy costosos con el poder privado que, como se demostró en el periodo de Echeverría, son justamente evitables. Transcurrida la feliz experiencia del patrocinio del muralismo, conviene abandonarse a modas, elecciones de la figura cultural del sexenio, festivales y concursos. ¿Quién necesita más para cubrir el expediente?

LOS ESPACIOS DISPONIBLES

La cultura oficial es realidad amplia y opresiva: está hecha para cubrir lo que el Estado consciente y tolera, lo que se mueve de un modo u otro dentro de las líneas de patrocinio. Por supuesto, el Estado no únicamente vive para encomendar atentados escultóricos a manera de difamaciones del pasado heroico, ni nada más produce folklore embotellado, temporadas de mendicantes teatrales, bodrios fílmicos, ceremonias con piano y joven-orador-ansioso-de-llegar, ediciones de lujo destinadas no a leerse sino a revenderse y horrores escultórico-pictórico-simbólicos. Pero así obligadamente el Estado auspicie también instituciones y actividades importantes, el sentido de su mecenazgo cultural es clarísimo: impregnarlo todo con el acento inocuo de la velada conmemorativa, subrayando el lazo común a épocas, tendencias y estilos: idéntico patrocinador. Según la burocracia política, la «cultura» (entidad difusa a la que se atribuye la magia del conocimiento, el hechizo del arte y la muy relativa influencia política de los intelectuales) será siempre elementos de ornato y constancia de la generosidad de la clase dirigente. Se requiere, en el nivel de la negociación cotidiana con artistas e intelectuales un aparato que exija la gratitud, por omisión o por comisión, a un Estado dador y generador de la vida del espíritu, dispensador de bienes y favores artísticos y consagración última de procesos y personalidades. En el orden de la tradición, se precisa una estructura burocrática que asuma las obras creativas, las reverencie para mejor asimilarlas, las unja de bustos y guardias florales y las exhiba al final inmaculadamente neutras, sospechosamente cívicas y apoyadoras.

Un Estado fuerte y una burguesía todavía cerril -pese a museos sostenidos por el grupo Alfa y «fundaciones culturales» con criterio de agencias de publicidad- han obstaculizado enormemente el desarrollo de la cultura crítica que los regímenes de la Revolución Mexicana no pueden capitalizar. El Estado es omnímodo entre otras cosas, por su decisión de incluirlo todo. de absorber y gratificar. de imponerse como árbitro y medida de la realidad. Si, de acuerdo a la demagogia predilecta, el Estado mexicano trasciende y unifica las clases, ¿por qué no ha de trascender y unir las opciones políticas, culturales y morales de intelectuales y artistas? A ojos de quienes lo representan, el Estado no es un abanderado de la burguesía sino de la nación y su retórica desborda sinceridad: el Estado es México. Es México mismo (la nación corporeizada) quien elige, aplaude, toma de una obra lo inofensivo o lo tipificable y le da características de idiosincracia nacional a la caza de grupo escultórico.

En el fondo, preside la idea del «estímulo». En una sociedad que recién ahora empieza a disponer de lectores, poblada de espectadores pasivos y circunstanciales, las «Grandes Consagraciones» (de la Academia Mexicana de la Lengua a los Premios Nacionales) han sido todo el espacio del reconocimiento. Fuera del estatal, en México o no hay casi reconocimientos culturales o no se entienden como tales, ¿Qué representa entonces la cultura oficial? No la alta cultura aunque la admire en abstracto, ni las culturas populares así ya las use con falsa benevolencia. Representa el deseo del Estado de no dejar zona sin su protección, de asegurar que lo prehispánico existe porque se le protege, de aprovechar la lentitud y la dificultad conque se filtran los estímulos alternativos.

¿Por qué tantos han fracasado en el intento de consolidar una disidencia? En primera lugar por los recursos ominosos del Estado y sus aureolas míticas. La demonicen o finjan ignorarla, la enorme mayoría ha creído en la cultura oficial y la ha tomado muy en serio, alejándose de ella para volverla el totem odiado o rodeándola de adulaciones que faciliten el ingreso a su santo seno. También, ha contribuido grandemente a estas derrotas ambicionar logros muy visibles: por ejemplo. que antes de expirar el sistema canonice a sus enterradores declarados. Muchos de los que proclaman su batalla por «desenajenar», «alertar a las conciencias dormidas», «exhibir la atroz realidad», etcétera, en verdad sólo anhelan, entre fumarolas de autoelogio, una cosecha de resultados instantáneos, donde literatura, cultura y arte transformen súbitamente la realidad. Ver en la dimensión de la obra individual una solución universal («Yo redimo a la sociedad») es más promoción publicitaria, así sea interna, que discurso utópico. Ha faltado la humildad de no aguardar réditos y consecuencia notoria inmediatas de la actividad artística e intelectual, la humildad de mantener una independencia que contradiga a las varias generaciones de intelectuales que preservaron la fe en el Estado «al que hay que fortalecer con la confianza, no con la critica».

DESCRÉDITOS Y ACREDITACIONES

El problema inevitable: una nueva masa cultural (el término no es afortunado pero sí descriptivo) viaja, dispone de las novedades de la tecnología, aprovecha la centuplicación de ofertas de difusión cultural, compra excelentes o regulares o pésimas reproducciones del arte mundial, dispone de facilidades para el aprendizaje de idiomas. Al mismo tiempo ignora o no le importa la ostentosa cantidad de sus compatriotas (categoría que no inspira demasiada solidaridad), alejados de la «cultura» a la que esta masa tiene creciente acceso.

Dijo Tocqueville: «Mientras más completa es la uniformidad, es más insoportable la contemplación de la diferencia». En su expansión, el fenómeno de corrupción capitalista conocido como ciudad de México no tolera diferencias colectivas y solo alienta las diferencias individuales si son susceptibles de volverse show. No ha sido en balde el proceso uniformador que a partir de la radio y el cine, acorraló los últimos restos de independencia de las culturas dominadas (obreras, de barrios, regionales, religiosas, esotéricas). Las peculiaridades de barriada, el impulso guadalupano, el cúmulo de tradiciones que la voz «provincia» engloba, surten de temas a los medios tecnológicos y se dejan nutrir y conformar por ellos. Esto, entre otras cosas, banaliza los «pleitos mortales» entre nacionalismo y cosmopolitismo, dicotomía a la que finalmente disuelven las similitudes entre los temperamentos colonial y chovinista. ¿Qué quiere decir, ante el impulso de la uniformación, ser «ciudadano del mundo» o ser «orgullosamente mexicano». salvo la expresión de una misma patética insuficiencia?

En esta crisis de expansión y reducción del espacio cultural, van dejando de importar las obediencias y las ortodoxias y fracasan las heterodoxias más extremas. Si no cuajó el proyecto de una contracultura de comunas, rock y rechazo de «los valores nacionales», también la cultura de la hispanidad, la decencia, la honra como valor supremo, etc., carece ya de cualquier influjo movilizador entre los jóvenes. En su desarrollo, la sociedad de masas cambia insensiblemente de tradiciones, de mitologías, de enfoques. De modo preponderante, lo que se conoce por cultura es más actividad social que del Estado, quien, luego de renunciar a su nacionalismo agresivo en aras de la conciliación de clases y corrientes políticas, falló ostensiblemente en su deseo de armonizar, «pluralismo» mediante, a las distintas corrientes culturales. En el México contemporáneo, por «cultura» se entiende un caos informe que mezcla clientela, ofrecimientos estatales, visiones críticas, sueños dirigidos, transformaciones implacables en los núcleos más tradicionales y persistencias feudales en los más modernos. Al debilitarse el antiguo centro cohesionario (el equilibrio de concesiones del Estado con gustos y reclamaciones de la sociedad de propietarios), un punto de definición cultural es la democratización, la forja de una sociedad civil que permita otras alternativas susceptibles de madurar en razón directa de su capacidad de expresión pública. Es el momento de aparición de lo marginado, lo reprimido, lo invisibilizado de las formas o exigencias culturales del proletariado, los grupos indígenas, las mujeres y las minorías sexuales, sectores que en la lucha por sus derechos presentan, afinan y aclaran incluso para sí mismos sus proyectos y reivindicaciones.

La ampliación del espacio cultural trae consigo la resurrección de polémicas que se creían liquidadas. La más notoria: compromiso-versus-artepurismo. Pero el anacronismo se compensa o se equilibra. Desde la «periferia», muchos grupos (que pueden deshacerse con rapidez o apenas llegar a serlo pero que de cualquier modo encarnan fuerzas sociales) intentan agregarse, no sin vigor y valentía, a la lucha de clases. Hay una diferencia con otras etapas: por primera vez se da masivamente la voluntad de entablar ese famoso vínculo-con-la-realidad que desemboca por lo común en la demagogia compasiva o en el snobismo al revés pero que ahora revela nuevas actitudes políticas y culturales. En una minoría significativa y en expansión los acercamientos con la clase obrera y los marginados no repiten las experiencias de frustración o impostura.

LA CULTURA DOMINANTE

¿Cuál es hoy, en esta etapa de la sociedad de masas, la cultura dominante? En el orden de la sujeción de las masas, es sin duda la originada en los medios masivos de difusión. con su proclamación de la «unidad familiar» en torno a la televisión o su implantación de gustos a los que fija el desamparo, la indefensión y la rápida complacencia de su clientela. El éxito de la ofensiva ideológica burguesa se queda en función de la pobreza de ofrecimientos gubernamentales, del todavía incierto proyecto cultural de organizaciones y sectores de izquierda y de la anemia burocrática de lo que quiere hacer las veces de alta cultura (que suele actuar como agencia de relaciones públicas de la moda reciente en París o Nueva York, más una dosis de anticomunismo histérico que considera al marxismo una pose que en América Latina ya sólo los millonarios adoptan).

¿Qué es entonces la cultura dominante? La suma de instituciones y mediatizaciones que, a través del control de la educación y los espectáculos determina el «estilo de civilización» y monopoliza la representatividad nacional. Este aparato de imperio ideológico lo sigue siendo por su poderío presupuestal y su manejo de los medios masivos, pero ya no dispone de su anterior y abrumador consenso. Como ocurre en toda América Latina -a la que México se está vinculando sólidamente gracias al impacto de la experiencia histórica, a la creciente politización y la presencia de los inmigrados- es ya significativa la oposición a la cultura dominante, resistencia que no se confina únicamente a las universidades y que se extiende a otros territorios de la sociedad civil (parte de la prensa nacional, sindicatos independientes, sectores campesinos, grupos marginales). Por lo pronto, sin embargo, la cultura dominante no parece enfrentarse a mayores problemas. Se ha ajustado a los requerimientos tecnológicos, ha renunciado a sus nunca arduas insistencias humanitarias, ha dejado que las preocupaciones pragmáticas a corto plazo se impongan sobre los proyectos históricos, ha alentado la identificación de «cultura» con goces efímeros de fácil renovación, ha desalentado los intentos críticos y en el ámbito de las mayorías ha sacralizado a la «cultura» declarándola rara o inaccesible, lo opuesto al ritmo y las necesidades de la vida cotidiana, lo ligado eternamente al disfrute de privilegios y a la opresión. Hacer gozosa y cotidiana la experiencia cultural diseminándola y volviéndola parte vital de la resistencia a la explotación no es una de las tareas menores de la sociedad civil en México.