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María Luisa Puga: Inmóvil sol secreto. La Máquina de Escribir, México, 1979, 32 pp.

La historia personal en Las posibilidades del odio, interpuesta a la narración del proceso de dependencia de Kenya, fracturaba el carácter sociologizante de esta novela. Ahora, con Inmóvil sol secreto, María Luisa Puga ofrece tres relatos cuya atención recae en la precisión de lo íntimo. El primero que da título al libro, se acoge bajo un epígrafe de Onetti y reconstruye un fracaso amoroso: una pareja busca en una isla griega la supervivencia de su relación amorosa por encima de la sospecha («En ese momento teníamos miedo. Los dos. Su cara había vuelto a ensombrecerse y yo lo odiaba. Teníamos miedo de ver esfumarse ese alivio que habíamos creído sentir y quedar atrapados eternamente en la horrorosa incomodidad en que habíamos estado viviendo»). Diario del miedo, registra las decepciones mutuas, la fatiga y el acecho del odio sordo, la duda el remordimiento, el temor y, finalmente, el aliento de la separación. El segundo relato, «Picnic», recoge las observaciones -no desprovistas de obviedad- de un día de campo familiar: «Ese desorden típico de picnic en el cual el jamón queda junto a las peras y todos van dejando caer ciertas maneras, la pulcritud tan necesaria en la mesa. Y las manos se rozan y se mezclan y se cruzan y las madres se esfuerzan por dar todo a todo el mundo». Con «Joven madre», que cierra el volumen, Puga describe, en el desenlace sorpresivo, la angustia y soledad «post-natal» de una muchacha, más allá de toda clasificación médica o sicológica («…la depresión post-natal, es normal, se pasa en unos días, y el grito que se formaba dentro de mí, que no encontraba salida, y mi bebé sin saber, confiada, sola como yo, sola».)

Lo alentador de Inmóvil sol secreto reside -además del rumbo personal decidido, la delimitación intimista- en la comprobación de un oficio atento a sus posibilidades, pulido por la sencillez, la exactitud buscada en toda expresión que despliega un acento confesional siempre fresco, pero a la vez delata oficio y, para decirlo también con Onetti, más una interrelación que un dominio. Con todo, lo mismo insinúa que, a través del ejercicio narrativo, Maria Luisa Puga cubrirá enteramente la distancia entre las meras reminiscencias autobiográficas -los cuentos se entregan como si lo fueran- y la vuelta a la propia intimidad como paso hacia una tarea literaria de mayor riqueza; una sagacidad narrativa donde la frescura, esa creatividad inédita y renovable, no sea tan solo credencial y justificación de la escritura, sino atinado recurso de madurez.