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Vera Figner, Vera Zasúlich, Praskovia Ivanóvskaya, Olga Liubatóvich, Elizabeta Koválskaya: Cinco mujeres contra el zar. Compilación y notas de Barbara Alpern Engel y Clifford N. Rosenthal. Prólogo de Alix Kates Shulman. Ediciones Era México, 1980. 254 pp.

Cinco mujeres contra el zar rescata la participación de las mujeres en el proceso revolucionario de la Rusia zarista. Rescate del ruso al inglés, del inglés al español (cinco años después) posible por la importancia que ha cobrado el movimiento de las mujeres en nuestro país. Con los testimonios de las revolucionarias populistas podemos entrever el papel de las mujeres en la historia, en la lucha por la liberación, así como las condiciones que permitieron el triunfo socialista en Rusia, el camino del populismo a la social-democracia. Relatos autobiográficos (con todas las limitaciones que este género implica) armonizados por la opresión, el deseo, el suelo y la fantasía, y transformados en una dedicación absoluta -más allá de lo personal- a la praxis revolucionaria. Mujeres que asumen su compromiso con sublimación monástica, rígida, única posibilidad histórica de participar cuando el ejercicio de la expresión y el pensamiento arriesgan la vida misma. La aventura, desde el trabajo de base quizás oscuro -como en el caso de Praskovia Ivanóvskaya, tipógrafa de cuatro paredes- o bien la heroína individual que lucha contra su propio mito -como Vera Zasúlich- o el relato casi novelado, épica revolucionaria de Elizabeta Koválskaya en el Sindicato de Obreros rusos del Sur. O la experiencia según la cual todo revolucionario no tiene el derecho a la calidad cotidiana del descanso, de la familia o del amor, como en Olga Liubatovich. Para todas ellas, el único amor posible es la revolución, desde abajo, desde las raíces populares.

«Las amazonas de Moscú», término inadecuado en la excelente y escueta introducción de Alpern y Rosenthal, están completamente circunscritas dentro de su momento histórico y su circunstancia. Las cinco comparten y rechazan su condición de mujeres decimonónicas, y materializan su posibilidad de rebelión con el régimen de 1869 -que concede a las mujeres el derecho a la educación superior- o mediante la posición económica que les permitirá viajar al extranjero, a la Europa más burguesamente civilizada. A partir de la educación, se plantean los brotes de inconformidad, primero ante las limitaciones impuestas a su sexo, y que no se detienen sino hasta que se vuelven revolucionarias de tiempo completo, lo que implica en todas un largo y doloroso proceso de conciencia. Es el caso de Vera Figner, quien va de la filantropía de la clase media acaudalada a la revolución, se confiesa cuestionándose ella misma como explotadora y asume la teoría hasta el espacio de su vida cotidiana, de su personalidad y su mundo. Hay una coherencia distinta, esencial, entre los relatos autobiográficos de estas mujeres y los de revolucionarios consagrados en el panteón socialista.

No es posible ni justo cuestionar a Vera Zasúlich, Vera Figner, Praskovia Ivanóvskaya, Olga Liubatóvich y Elizabeta Koválskaya desde los márgenes estrictos del feminismo actual; en este sentido, ninguna de ellas sería feminista. Para todas ellas, la cuestión de la mujer es un paso preliminar que prepara grupos mixtos hacia la práctica revolucionaria total. No se plantean claramente como mujeres, no ven diferencias con sus camaradas, si no es en el estricto campo de ‘lo político’. Cinco mujeres contra el zar recupera, alimenta la historia de la mujer y de su igualdad dentro del partido y la lucha.