Anais Nin: Hijos del albatros. Edit. Grijalbo, Barcelona, 1979. 185 pp.

Todo contacto con el mundo exterior es una invitación a la incertidumbre. Por esa circunstancia los personajes de Hijos del Albatros, de Anais Nin (1914-1977) están sumergidos en el laberinto de una existencia que los confina a la duda; toda sospecha es un escudo contra la realidad en que zozobran, donde navegan al garete porque el pasado solo constata fracasos, el presente inventa pesimismos y el futuro es un hueco impredecible.

El hilo conductor del texto de la Nin es Djuna, mujer que al ganar una beca salta del orfanatorio al estudio dancístico. Es un sujeto visto con una cercanía que en ocasiones rompe volúmenes texturas y esquemas; un personaje captado como un boceto al que siempre se puede borrar alguna línea, agregar o repintar un contorno Sus características esenciales aparecen y desaparecen, siempre concreta y a la vez difusa al igual que todos los personajes.

En Hijos del albatros las dubitaciones son parte del recinto, un lugar donde las inseguridades se esconden para reaparecer como certezas; esa evidencia es parte del vacío existencial en el que se mueven Djuna y sus amigos. Anais Nin plantea una dialéctica en la que ninguno de los sujetos tiene una mínima opción: todos están encerrados en su peregrinaje. Deambulan de un lugar a otro, de una pareja a otra, de una circunstancia a la siguiente, sin que su trayectoria llegue más allá de fronteras demasiado estrechas: son los antihéroes perfectos para una sociedad domesticada. Sus rebeliones son caprichos.

Djuna comenta a uno de sus conocidos: “íSu mayor forma de actividad es huir!”. Escapan porque el territorio en que se desplazan está minado; si en la superficie todo simula una apariencia rutinaria, bajo ella late una intranquilidad que puede estallar en cualquier momento. Sólo en ocasiones la monotonía se quiebra, entra la ceremonia del enfrentamiento y de la confrontación; es entonces cuando los personajes pueden acceder incluso a la ternura y el erotismo: “Ella puso la mano sobre su cabeza como una reina reconociendo su adoración. El permaneció arrodillado sobre una pierna mientras la falda, como una flor en plena eclosión, se abría para permitir que depositase un beso en el cáliz”. O más adelante: “Amantes ciegos lanzándose al vacío del deseo, acostándose juntos para una noche sin alba”.

En el texto, París, antes que ser una fiesta, está más cerca del funeral. Los bulevares o los cafés son tribunas o hipogeos donde los personajes se encierran. Ahí dudan de todo, ahí saltan sus rencores y se derrumban sin que nada pueda aminorar sus caídas.

Hijos del albatros es un texto en el que Anais Nin confirma que su patria es el exilio. Europa o Estados Unidos, los países son lo menos importante: el peso real lo establece la experiencia, que está en pugna constante con esa huída, con la incertidumbre en la que el destierro significa porque concreta los temores. Transmitir esos miedos a un espacio y a un tiempo compartidos por personas gratas o no, ha sido una de las intenciones de la escritora norteamericana.

Un texto de la calidad prosística de Hijos del albatros requería de una traducción por demás cuidadosa; de otra manera los riesgos serían múltiples. Por ejemplo, el de quedar convertido en una vulgaridad sensiblera y melodramática, que es lo que puede parecer el libro de Anais Nin debido a la pésima e infectísima traducción de Francesc Parcerisas. Cacofónica, solecística, cualquier calificativo es poco para un trabajo tan defectuoso: “en una danza en la que había descubierto el aire, el espacio y la ligereza de su propia naturaleza”, “El piano ligeramente desafinado, las vibraciones del suelo, el olor a transpiración henchían la sensación de excitación”, “Djuna cobraba intensa conciencia del tobillo”, “Por un instante, sentada allí con Paul, escuchando la Sinfonía en Do menor”. ¿Habría que preguntar a Parcerisas por qué le adjudican a César Frank una sinfonía que nunca compuso? Seguramente el “traductor” ignora que en la llamada notación musical alfabética -empleada sobre todo en Gran Bretaña y en las Alemanias- la letra D es el equivalente al re, que corresponde a la clasificación guidoniana, más usual en los países latinos. Ese error lo vuelve a repetir en los páginas 111 y 117. Cuando traduce: “Jay estaba en el suelo jugando con unas cerillas, desapercibido”, (p.146) el catalán comete el yerro infantil de creer que desapercibir es lo mismo que inadvertir.

En esas circunstancias la lectura es un trabajo indigno. La editorial Grijalbo debería continuar en su línea: los bestsellers; si desea publicar otra clase de lecturas, tendrá que desechar sus criterios habituales. Y olvidar proyectos que en su ambición les resultan imposibles de llevar a feliz término.