Las calles que rodean las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro del Seguro Social (IMSS) son seguramente algunas de las que más vendedores informales reúnen en la Ciudad de México. Esto, por supuesto, resulta difícil de apreciar desde la entrada principal del IMSS sobre Paseo de la Reforma, donde lo que se impone es más bien un edificio monumental de arquitectura modernista, cuyas puertas están custodiadas por dos majestuosas esculturas que, a mediados del siglo pasado, buscaban representar el vigor del trabajo y la familia mexicana —ambos salvaguardados por el Estado a través de la seguridad social. Pero a sólo unos pocos metros, en las calles que rodean la espalda y los costados del edificio, esas promesas se diluyen en una experiencia laboral y urbana muy distinta.

Ilustración: Belén García Monroy

Tan solo la calle de Toledo, donde viví durante varios años, queda tapizada desde antes del amanecer y hasta mucho después de que cae la noche con un variado repertorio de vendedores informales con productos y servicios destinados a cubrir buena parte de las necesidades cotidianas. Poco más de una cuadra y media separaban a mi edificio de Reforma, donde llevaba a los perros a caminar todas las mañanas. Pero ya desde las 7 a.m. tenía que sortear, en el siguiente orden, un puesto de carnitas (de un aroma tan intenso, que me hacía pasar rápidamente del estado somnoliento en el que todavía me encontraba a la vigilia absoluta), uno de servicios de cerrajería, otro de jugos frescos (“El Sabroso”, cuyo vendedor, quizás en honor a su nombre, alburea a toda su clientela), dos puestos de pan dulce y café, uno de sándwiches y yogurts bebibles, uno de pasteles y tartas, uno de tamales y atole, otro de tlacoyos (que sostengo son los mejores de la ciudad), y tres boleros que desde las 6 a.m. lustran los zapatos de los oficinistas de la zona.

A partir del medio día varios de estos vendedores se van, y llegan en cambio más puestos de tacos, uno de verduras provenientes de Milpa Alta, otro con todo tipo de semillas y botanas, uno de sushi, otro de joyería (del cual conservo un bonito collar amarillo de una piedra cuyo nombre desconozco), otro par más de flores y plantas, varios de dulces, ropa, juguetes, café y chocolate en polvo, y uno de costura exprés. En la noche llegan en cambio los trabajadores sexuales masculinos que esperan a su clientela recargados sobre los coches, los puestos de tostadas de guisado, los esquites, los tacos a la parrilla y las conchas con atole.

Este paisaje urbano dice mucho sobre la falta de crédito y de empleos en el sector formal en el país. Pero las transacciones diarias en la calle de Toledo, que por años atestigüé, y en las que muchas veces participé, hablan también de las diversas y complicadas relaciones entre el mercado formal e informal. Entre los principales consumidores de esta diversa oferta de artículos y servicios están, precisamente, los miles de empleados de las oficinas centrales del IMSS, para quienes el acceso a comida, ropa y artículos de bajo costo debe resultar bastante atractivo (como lo es para la gran mayoría de las personas en un país de salarios bajos y estancados). Y por lo menos uno de los vendedores informales, don Vicente, llegó a vender camisas y ropa para oficinistas enfrente de mi edificio como pensionado, y después de que cerrara la fábrica de ropa en la que había trabajado durante décadas como obrero del sector formal. La pensión para la que contribuyó durante toda su vida adulta simplemente no es suficiente para sostener a una persona en la Ciudad de México, mucho menos a una familia.

El país en el que nací y viví mi primera década de vida fue de devaluaciones y crisis económicas recurrentes. En cambio, el país en el que entré a la adultez, a la universidad y después al mercado laboral, es uno en el que las crisis de las décadas anteriores se institucionalizaron en recortes permanentes a salarios, en pensiones congeladas, y en la disminución de los empleos con seguridad social; donde yo —como la mayoría de mis coetáneos— no tengo ninguna certidumbre de que podré gozar de una pensión de retiro en mi vejez; y donde la mayoría de las veces se habla de la informalidad como si fuera un problema estético o una falla personal de quienes trabajan en ese sector. El país que quisiera ver en el futuro es uno donde, por lo menos, se pueda hablar de “defender el empleo” y exigir una pensión sin que nos digan que hacerlo es anticuado y de mal gusto.

 

Sara Hidalgo
Candidata a doctora en historia por la Universidad de Columbia, Nueva York.