La primera vez que vi esa playerita con letras que dicen en inglés aquello de que el futuro es femenino, me pareció curiosa. Todos los tiempos de mi vida han sido femeninos, presente, futuro y copretérito. No sólo por la obviedad de que nací, crecí y espero reproducirme con el cuerpo de una mujer y su género en el espíritu, sino porque he vivido siempre entre mujeres que han sido dueñas de sus destinos y el de sus familiares, incluídos todos los miembros masculinos del equipo. En el presente, me doy cuenta del privilegio que ha sido para mí que mi formativo pasado estuviera envuelto en una verdadera y absoluta equidad de género, nada común en nuestro país, y en la mayoría de los otros. Crecí con una equidad que me dijo siempre —sin decírmelo— que cualquier cosa que se me ocurriera querer o hacer estaría limitada por un sin número de cosas, pero ninguna que tuviera que ver con el hecho de que soy mujer. Me doy cuenta también de que esa absoluta equidad de mi pasado familiar vino de una falta de igualdad en el poder de género de mis familias. Hoy me doy cuenta de que crecí en un matriarcado. Un matriarcado de verdad, económico y social. Crecí rodeada de mujeres adultas que vivían sin hombres y —por lo menos en apariencia— sin extrañarlos con algo más que la nostalgia de sus corazoncitos, (cosa romántica, pero por suerte no fundamental). No quiero que me mal entiendan: tengo hermano, papá, primos y tíos, fuertes, inteligentes y poderosos. No es que no haya hombres fuertes en mi familia, es simplemente que hay muchas más mujeres fuertes. Hoy estoy convencida de que fue esa falta de igualdad la que me dio el privilegio de un ejemplo igualitario. Tan igualitario, que rayó en la ingenuidad. Hoy de pronto me doy ternura recordando interacciones que tuve en la adolescencia, o en los primeros años de adultez, con lo que vine a conocer como “el patriarcado”, sin darme cuenta. Recuerdo interacciones sociales que simplemente no entendí, que conté y procesé como quien procesa tratos a los que les falta un pedazo, que eran simplemente mis primeros encuentros con la misoginia más comuncita y corriente. Años después de pronto me acuerdo de ese maestro de educación física con el que tuve un diálogo de sordos sobre el uso y desuso de la sudadera de mi uniforme, y me cae el proverbial veinte de que mis argumentos, por lo demás racionales, no lo convencerían nunca porque eran los argumentos de “una niña”, de manera genérica y sin detenerse en mis específicos. Me acuerdo de ese ejemplo y de muchos otros menos mundanos en los que, a veces, hasta me asusta mi absoluta ingenuidad. Hoy veo que de todos los privilegios desde los que hablo, ese ha sido siempre el más fundamental.


Ilustración: David Peón

Se preguntarán ustedes qué tendrá que ver toda esta reflexión, que se lee como el diario de una presumida desequilibrada, con el futuro de este México. Y mi respuesta es tan parcial como contundente: el futuro de México es femenino. Ni modo, a veces los facilismos de playerita llevan razón, por algo se mantienen en playeritas cuarenta años y más. El futuro del mundo es femenino, porque la inclusión cabal del cincuenta por ciento de la población en las posibilidades completas del mundo, es indispensable para la subsistencia de su cien por ciento dentro de él. El futuro de México es femenino porque en su presente nos queda lejos esa inclusión. Y tiene que empezar por las mujeres.

Las mujeres que podemos empezar por ahí tenemos que promover esa absoluta desigualdad que llevó a la equidad de mi pasado, para que haya luz colándose por las paredes de todos nuestros futuros. No digo nada nuevo diciendo que las mujeres tenemos que promover a otras mujeres, que contratar a otras mujeres, que admirar a otras mujeres. A veces es bueno repetir las cosas aunque no sean novedad. Las mujeres tenemos que escuchar y repetir lo que otras mujeres dicen cuando dicen lo que nosotras quisiéramos decir; y argumentar de igual a igual cuando otras mujeres dicen lo que no. Las mujeres tenemos que cuidar a otras mujeres, entre otras cosas, educando mejor a los hombres. La cultura de este mundo post-Harvey Weistein se cambia primero en femenino.

Hay muchas cosas urgentes en este futuro mexicano —en femenino y no—, pero no hay palabras que alcancen y con algo hay que necear, aquí mi necedad puntual, alcanzable entre inalcanzables, para mañana mismo: tenemos que creerle a las mujeres cuando nos dicen que alguien les hizo algo. Entre miles de otras cosas que desearle al futuro, mi deseo más urgente es que la respuesta de todas las mamás y tías y hermanas y amigas a la frase: “Alguien me hizo algo”, sea siempre: “¿Quién? Y ¿de qué modo?”. Jamás: “¿Y qué hiciste tú para que te hicieran eso?”. Es el paso más fundamental y el que más trabajo me ha costado reconocer como un paso difícil desde mi presente, por siempre cernido por la ingenuidad de mi pasado. El futuro tiene que ser de esos primeros, primeritos pasos. De ahí, el mundo.

 

Catalina Aguilar Mastretta
Escritora y cineasta. Directora de Las horas contigo y Todos queremos a alguien. Ha publicado la novela Todos los días son nuestros.