A la memoria de Jesús García Ramírez (1949-2005), pilar de esta casa editorial.

Se desarrolla un intercambio de monólogos en los taburetes contiguos al mío en la barra del Mexico-City de Ámsterdam, un bar que me recuerda —a pesar de sus notables diferencias— al del The Stanley Hotel en Colorado, es decir, el bar (en la vida real) del hotel de la novela El resplandor, de Stephen King. El tema de los monólogos es un país. El derrumbe de un país. Su ruina. Sus males (la lista es interminable). Los parroquianos del bar —dos angloparlantes, uno visiblemente mayor que el otro— no parecen alterados por mi presencia. Saben que los escucho. Continúan. Uno asevera que se llegó a un punto de no retorno en ese territorio. El otro advierte la posibilidad de un cambio. Parecen estar bien informados por la impresionante cantidad de cifras lúgubres que arrojan. Los datos duros son escabrosos. Los escándalos no terminan en ese lugar y hasta la madre naturaleza aparenta estar en su contra. Resaltan, en sus monólogos, la incertidumbre y la rabia de los habitantes. El descontento y el vacío. Versan sobre el fracaso en sus múltiples acepciones. Pero hay una noción particular que los perturba. El fracaso del lenguaje. Ponen de relieve una insólita desaparición de éste para resolver la suma de problemas. Una cierta tendencia del ánimo colectivo parece dominar sus reflexiones, la sensación coyuntural del vencimiento y de la indignación. Las voces de los hablantes están dentro de esta atmósfera anímica de impotencia y animadversión. Inquina y derrota. Se sostienen en sus soledades y no se sustentan en la praxis política. El más joven habla de un campo angosto, repleto de sombras. Pienso en la debacle del país al que se refieren. Se trata de un proyecto monumental que quedó inconcluso. Sombras atenuadas. Ambos describen el dolor de la vida. Insisten en que el futuro está en tinieblas. Sé de qué hablan, pero prefiero no inmiscuirme con un tercer monólogo.


Ilustración: Alberto Caudillo

El más joven de los dos evoca la muerte:

—Piense en el sueño de B., el poeta enfermo de los estados del alma: “La muerte./ El vacío. (Sentimiento de vacío infinito)”. Su corazón multiplicado lo lleva a identificarse plenamente con cualquier transeúnte y a experimentar los dramas de vidas que considera diferentes a la suya. Se convierte en receptáculo de cualquier alma. Y contempla el vacío a través de la niebla. Hablo de un país desnudo parecido a los polos.

El hombre mayor, tranquilo, le dice al más joven, en un intento por reestructurar el monólogo y convertirlo en diálogo:

—Recuerde las palabras de B., el suicida en Portbou: “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

El más joven sabe que ese huracán es lo que nosotros llamamos fracaso. Finaliza su monólogo:

—No olvide la perfecta ecuación de B., el dramaturgo intrépido de estilo sintético que murió en París: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Adenda
Percibo que México está cifrado de alguna manera en las obras de los tres B.: Baudelaire, Benjamin, Beckett. Y en las diatribas en el bar Mexico-City de La caída de Camus.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.