Me gusta concebirme como acción y consecuencia de un México posible. Uno de derechos y libertades que puede ser y suceder y que, desafortunadamente, ha sido y sucedido solo para unos cuantos. Me anima pensar que, como mujer y profesionista, soy el fruto del enorme esfuerzo de otras generaciones que lucharon porque yo viviera en un México donde la cuna ya no es destino y donde el medio ya no es el fin. Tristemente, como defensora y beneficiaria de ese micro-México de posibilidades, me angustia saber que, en tiempos recientes, lejos de concretar el país que merecemos, nos aprestamos a vivir en el que no queremos: ese donde la guerra, la desigualdad y el conservadurismo se vuelven la norma.

En mi visión positiva del país debo reconocer que mi propia vida es testimonio fehaciente de que en las últimas tres décadas se han conquistado avances políticos, económicos y sociales importantes, y que incluso, ciertas oportunidades se han democratizado. Yo, por ejemplo, soy esa niña a la que ya no se le cuestionó su derecho a la educación y pudo acceder a ella por medio de becas; esa adolescente que pudo transitar libremente por su país sin temor a ser victimizada e inició su sexualidad desde la seguridad de los anticonceptivos. Soy esa joven que logró ir a la universidad y pudo combinar esquemas de trabajo y estudio que luego la convirtieron en una mujer libre y determinada, capaz de hacerse de una voz en el debate nacional sobre drogas y seguridad.


Ilustración: Belén García Monroy

Reconozco que mi trayectoria personal, además de anclarse en el privilegio, se inserta en dinámicas virtuosas más grandes que sirven para inyectar aún más optimismo a la visión que tengo del México actual. Me refiero a la apertura democrática, al florecimiento de la sociedad civil organizada como motor de cambio y a la multiplicación de mecanismos y formas de exigencia de derechos que hoy en día nos permiten provocar, acelerar y delinear cambios importantes para nuestra vida y la de los demás. No en balde en este país se ha conquistado la alternancia, se han construido ciertos contrapesos al ejercicio del poder y se ha resistido más de un embate contra el reconocimiento de derechos en materias tan variadas como el matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana.

Mi optimismo, sin embargo, se modera cuando veo anulada la posibilidad de heredar ese México a las generaciones venideras. Y no lo digo tanto por el desvergonzado empoderamiento de una derecha moralista incapaz de adaptarse al nuevo milenio, como por el actuar negligente de una élite gobernante que, por acción u omisión, captura nuestro presente y se roba nuestro futuro. Quiera o no, una visión pesimista del país en el que vivo se apodera de mí cuando, a través de mi práctica profesional, constato que de esta clase gobernante no emana otra cosa más que un modelo de país donde detrás de la retórica patriotera se asoma sin pudor una creciente pulsión autoritaria que, ni con todos los avances conquistados, nos hemos podido sacudir.

El México imposible, ese que por su naturaleza antidemocrática no puede ser ni debe suceder, está más despierto que nunca. Los demonios andan sueltos y es imperativo detenerlos pues no es menor que quienes ensombrecen el porvenir sean los mismos que tienen en sus manos la posibilidad de optar por un México o por otro. Y lo peor es que ante la constatación de la total pérdida de realidad por parte de quienes nos gobiernan, quienes imaginamos un país distinto no tenemos otra opción más que organizarnos y actuar. Porque cuando a la crítica se le llama bullying y a los críticos amenaza, queda claro que la apuesta de aquellos en el poder no está con la ciudadanía; porque cuando al llamado organizado de “vamos por más” se responde con cargadas de fiscales a modo, es evidente que la vía de la representación ha sido cerrada; y porque cuando a la corrupción se responde con destituciones legalistas, va de suyo que lo que queda no es aceptar sino resistir.

Porque si el México posible no habrá de construirse de la mano de los partidos políticos y el gobierno —ambos ensimismados en organizar la próxima embestida a las instituciones y completar la rendición final de la autoridad civil frente a un mando militar, harto de ser usado pero ávido de poder— entonces habrá de hacerse a pesar de ellos. Y es bien sabido que el arte de hilar fino, con o sin, desde o a pesar del sistema, es patrimonio de la ciudadanía. Después de todo, maltrechos y maltratados como estamos, somos las y los mexicanos quienes mantenemos a este país de pie. Y es a partir de nuestras pequeñas historias de éxito que podremos convertirnos en lo que sí queremos ser: el México de derechos y libertades que aún no se nos va de las manos.

 

Lisa Sánchez
Maestra en gestión y gobernanza pública por la London School of Economics y directora del Programa de Drogas de México Unido contra la Delincuencia.

 

Un comentario en “Hilar fino

  1. Concuerdo con la mayoría de lo que plantea Liza, efectivamente una parte importante del el sindicato del rifle desea ejercer de manera directa el poder político,que la clase política a distorcionado para corromperse y abusar de la mayoría, sin embargo las conquistas dela sociedad civil, cadavez con mayor conocimiento impidiran que las clases políticas tradicionales sigan tomando decisiones que impiden la participación del pueblo.