I.

¿Qué no estoy viendo?
¿A quién, más bien, no estoy viendo?
Porque siempre hay un quién, ¿no?
Todo, ultimadamente, impacta a alguien.
Cada idea, por más abstracta que sea.
Cada ejercicio, por más bienintencionado que sea.

Los ejemplos abundan.

 

Ilustración: José María Martínez

 

Es el evento sobre igualdad que se organiza en un lugar que no es accesible para quienes tienen una discapacidad física.

Es el panel discutiendo los grandes problemas que enfrentan los mexicanos que está lleno de personas que rara vez los viven en carne propia.

Es la investigación sobre el sistema económico que no reconoce el papel que juega el trabajo del hogar en su reproducción.

Es la campaña basada en el combate a la pobreza que no toca el aborto porque asume que es un problema “de moral”, cuando a quienes más afecta la restricción es a las mujeres de escasos recursos.

No debemos dejar de preguntarlo:
¿A quién sí vemos y a quién no?
¿Qué sí vemos y qué no?
¿De quién y de qué más nos estamos perdiendo?

II.

Vivimos en un país en el que se van a disputar 2,770 cargos públicos. Por lo mismo, existe un esfuerzo por fijar “la agenda”, lo que incluye determinar los grandes problemas sobre los cuales los y las candidatas se van a tener que pronunciar. La lógica detrás de esto es simple: si quieren “representar a México”, tienen que conocer bien “sus problemas” y tener soluciones ideadas ya.

Pero: ¿quiénes definen los problemas?
¿Cómo los definen?
¿Qué definen como un problema?
¿Qué y a quiénes dejan fuera?

III.

Esto es crucial:
¿A quién le damos voz? ¿A quién no?
¿A quién escuchamos? ¿A quién no?
¿Por qué?

¿Hay ciertas caras que preferimos ver? (¿Cuáles?)
¿Hay ciertos lenguajes con los que nos sentimos más cómodos?
¿Cuáles son las estructuras narrativas que nos hacen sentido?
¿Cuáles son los discursos que nos mueven?

¿Somos capaces de ver las desigualdades que se reproducen en el campo mismo del activismo?
¿Nos importan?
¿Qué hacemos para subsanarlas?
¿Cómo redistribuimos estos “recursos”?
(¿Los reconocemos como “recursos”?)

IV.

Ahora: una cosa es quién se sienta en “la mesa”. (¿Es una mesa?)
Otra es: ¿qué se discute ahí?
Y, claro: ¿cómo una cosa afecta a la otra?

¿Sorprende, por ejemplo, que el trabajo del hogar no sea visto como un “problema público” cuando quienes siguen siendo la mayoría en el gobierno y en los medios de comunicación son sus principales beneficiarios y quienes menos lo realizan?

(Y es que: mientras yo discuto en la mesa, ¿quién la está sirviendo?)

V.

Tampoco se puede olvidar: qué es visto como un problema —y uno público, más aún— es en sí un asunto.

Porque, por ejemplo, quizá hoy nadie duda que el feminicidio deba, al menos, discutirse. Es una “violación grave de derechos humanos”. Hay, al menos, una persona que fue privada de la vida.

¿Pero el acoso?

¿Qué no son piropos?
¿Qué no es una nimiedad si se compara con los “grandes problemas” de la actualidad?
¿Qué no es, ultimadamente, algo que ocurre entre privados?
¿Por qué gastaríamos tiempo en eso?

(Porque ocurre lo mismo que con la corrupción, uno de los asuntos que nadie duda se va a discutir en el 2018: hay casos que, aislados, quizá parezcan insignificantes, pero que, en el agregado, nunca lo son. No todo siempre tiene que tratarse de un desfalco multimillonario para que reconozcamos lo pernicioso que es.)

No se puede olvidar:
lo obvio no siempre es obvio.

Hoy, el que las mujeres voten no se discute.
Se trata de una premisa democrática.
Pero por décadas (¿siglos?), no lo fue.

VI.

Esa es la pregunta:
¿Cuál es “la obviedad” que hoy ignoro?

 

Estefanía Vela
Responsable del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE.

 

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