“¡Teresa!”, escucho al casero por la bocina del teléfono celular, “el edificio está peor de lo que pensamos, debes desalojar ¡ya!”. El tiempo, los hundimientos del subsuelo y los movimientos sísmicos lo han deteriorado. Agobiada, comienzo a empacar.

Sacudo y guardo. Para despejarme salgo a la calle. En la esquina de siempre está Prudencio. Barrendero y voluntario de limpia. Fue al primero que conocí en el barrio. Desde la madrugada, sus manos comienzan a trabajar. Su madre, América, chiapaneca, huyó de su pueblo en un circo que la trajo a la ciudad. A él lo tuvo en los ya desaparecidos basureros de Santa Fe. Su adicción al juego, las cartas, no le han permitido jubilarse y aunque le duele un seno siempre ayuda a Prudencio.

Ilustración: José María Martínez

“¿Te sacan?”, pregunta Prudencio, “¿te ayudo a despachar?”. Respondo “sí”. En la tiendita pido que me regalen algunas cajas. Sólo tienen cartones de huevo. En el edificio vecino se queda el recuerdo de un amigo, poeta, que murió dormido por un descuido. En otra esquina, está el puesto de “El sabroso”, vende fruta picada y jugos. Viene desde Pachuca, cuando nuestro poeta murió, él también lloró.

A media cuadra se acomodan los puestos itinerantes de tacos y guisados. Cuando los cruzo me chiflan. “¡Mami!”, me grita uno, “¡corazón!”, le sigue otro, y yo les regreso el chiflido y un “¿qué pasó mi amor?”. Junto, Malvina, con su carrito y un tanque de gas, ofrece la mejor chuleta ahumada. Es la única mujer entre los taqueros, saca casi siete mil pesos al día, envidia de los que sí pagan impuestos. El dueño del puesto es un político que “ya está lo suficientemente inflado”, así que ella se cobra “a lo chino”.

Continúo descolgando cuadros y desencajonando recuerdos. Empaco utensilios, un vaso se rompe, una lámpara también. “¿Quién quiere adoptar una planta?”, pregunto entre mis amigos pues durante los últimos años se han multiplicado.

La tripa me cruje y regreso a la calle. El encargado del estacionamiento público me chifla, volteo, “que ni se te suban los humos”, chacotea, “que le chiflo al patas peludas, el perro del vecino”. “Yo te lo invito”, me dice uno de los taqueros, “que el sol sale para todos”, y me entrega un Boing de guayaba, un plato envuelto en plástico con bistec con queso y dos tortillas.

La puerta del departamento comienza a sonar. Han llegado a recoger las plantas. Cada quién escoge la que le gusta, la que puede cargar. Entre cinco, desaparecen un cactus gigantesco. Contra los muros de las escaleras va embarrando líquido blanco y perdiendo espinas.

Sigo moviendo cosas, descolgando cortinas y barriendo. “¿Qué?”, me dice Prudencio golpeando la puerta apresurado, “ya llegué, los del camión me traían en friega”. Con las manos mugrientas y dos bolsas negras separamos las chácharas que él puede aprovechar y vender en algún mercado. “Lo que te regalaron los muertos no se regala, tampoco se vende”, advierte.

“¿No tienes un vaso de agua?”. Estamos agotados. El filtro sigue conectado así que cada quién llena una taza. “¿Y ésta?”, pregunta sobre el futuro de una botella de vino. Pero él ya no puede beber, alguna vez abusó, ya no.

“¿Y cómo ves la ciudad?”, le pregunto mientras descansamos sobre el sillón. “Se va a poner cabrón”, concluye y vuelve a recordar cuando era un joven peleador, sin peso ni ley. Se enfrentaba en distintos barrios, cada vez que ganaba, se tatuaba. Me muestra los fragmentos de garabatos que se asoman tras la camiseta que cubre sus brazos. Sus hijos no conocen las cicatrices de su pasado, la que fue su esposa tampoco, creen que los dientes los perdió durante un accidente. Sólo él sabe lo que cuenta su piel.

Volvemos a separar y guardar. Hay tanto acumulado. La sala parece almacén de cajas. Afuera de la ventana, se escuchan pasos apresurados, máquinas de construcción y claxonazos. En la banqueta, un hombre comienza a tocar la trompeta, ha volteado su sombrero y pide ayuda, una moneda. Prudencio tararea la melodía.

Con la oscuridad, las calles vuelven a la tranquilidad. Ya no queda ni una planta y Prudencio debe irse, le toma casi dos horas llegar a casa. Los boleros y taqueros han desmontado sus puestos. Silencio. Entre las sombras, los chichifos se esconden, venden su carne a los viejos hambrientos. En días de frío, los delata el vaho.

Es a la única hora en que la mudanza encuentra lugar para estacionarse. El cielo truena y comienza una tormenta. A la mañana siguiente, todo está mojado. “Algunas cosas se quedaron”, me llama el vecino y regreso, con el cambio de horario, el sol despunta temprano pero las avenidas ya están llenas y los perros callejeros andan rondando.

“Ya, ahora sí, despachado”, remata Prudencio que ha vuelto a ayudarme y bajamos más bolsas negras que contienen hasta cascajo. Le duele una pierna, dice que son los años y un ligamento que nunca se atendió. Queda un mural, ese no se puede llevar. Con un movimiento firme cierro el candado de la puerta.

Afuera un vagabundo explorador molesta a un joven uniformado. Prudencio se queda y yo me voy. La ciudad camina. En el que años fue mi balcón, sobre una jardinera agrietada, una buganvilia que parecía muerta florece.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.