Mis abuelos eran campesinos gallegos. En una España desmembrada por la Guerra Civil, uno de ellos emigró a Bilbao y trabajó como chatarrero hasta el final de sus días. El otro, que fue arrastrado a pelear por Franco y que siempre detestó la política y a los curas, aprendió el oficio de castrador y puso una tienda en su comarca. Años después, decidió hacer las Américas.

Mi familia es producto de lo que yo suelo llamar “el otro exilio”, esto es, no la persecución política, no la exclusión ideológica, sino la huida de una provincia hundida en la miseria en un país completamente desangrado.


Ilustración: Mariana Villanueva

En mi casa la política siempre fue un tema de conversación escaso y pedestre. Nunca se discutían ideas sino impresiones, opiniones de quienes durante décadas trabajaron de sol a sol para construir un porvenir y que, en el empeño de lograrlo, valoraban su entorno inmediato —Iztapalapa, donde mi abuelo tuvo por años una granja de pollos; la Guerrero y el Centro, donde mi padre trabajó en panaderías, hoteles de paso y de pasaje— y de él extraían sus juicios sobre el estado del país, que siempre era —a pesar de que en mi hogar nunca faltó nada— bastante pesimista. Quizá sea cosa de gallegos. En ese entorno completamente apolítico, si hago el esfuerzo la palabra que más escuchaba cuando algún adulto hablaba de México era “crisis”.

Tengo casi la misma edad que nexos. Nací en diciembre del 77 e imagino que por esas fechas, mientras mi madre, emocionada, paría a su primogénito, y mi padre calculaba sus ingresos y futuros gastos, en la calle de Prado Norte se estaba esperando con ansias otro nacimiento, probablemente con sentimientos parecidos.

En su primer editorial, nexos habla de un país “sacudido por la crisis” y con “escasas posibilidades educativas”. En su texto de portada de octubre del 86, cuando yo tenía nueve años y mi abuelo me contaba que la Guerra Civil española había estallado porque la mitad del país quería pintar las casas de rojo y la otra mitad de azul, Carlos Tello analizaba el espinoso tema de la deuda externa partiendo de la crisis de la década de los ochenta, a la que “aún no se le ve el fondo”.

Casi una década después, siendo yo un adolescente al que ya le correspondería cierta responsabilidad política, mientras en mi casa ese tema seguía teniendo nula importancia y en mi escuela (de monjas) se abordaba de una manera bastante superficial entre los compañeros (digo en su descargo que, hoy día, algunos de ellos ocupan brillantes lugares en la escena pública y académica), el “error de diciembre” era ya el eufemismo consumado para llamar a la devastación económica que nos esperaba.

Tuvo que pasar prácticamente otra década para entrar de lleno a la boca del lobo de la agenda pública de la mano del periodismo. Desde entonces, mi visión del país quizá no ha cambiado en lo esencial (la idea de crisis sigue siendo rectora) pero acaso se ha complejizado.

Ahora bien, asumo que mi forma de entender México fue (y en ocasiones sigue siendo) la de millones de mexicanos: personas de a pie para los que la Revolución es una cosa de significados pétreos, para quienes la Independencia es algo que solo ocurre en el Zócalo y para los que el 68 es una noticia completamente ajena. Gente cuyo horizonte no puede ser más amplio que lo que su quincena le permite.

El asunto aquí, la obviedad, es que esa es la cosmovisión que nos rige, mientras que en páginas más ilustres que esta, apenas un puñado de intelectuales tratan de darle forma y sentido a este maremágnum que llamamos México.

Ignoro si en la era de las redes sociales la permeabilidad de estas ideas sea o será mayor. Ignoro también si los millones de millennials que van a votar por primera vez tengan conciencia de la responsabilidad y el poder que este año tienen entre las manos. Ignoro, por último, y entre muchas otras cosas, si la forma de entender el país que viví durante años —y que millones de personas han vivido, viven y vivirán durante décadas— es legítima o no (el grado de desconexión entre la forma en que se discute en las calles y en las altas esferas me resulta francamente descorazonador). La única certeza que tengo ahora es que este año pueden y van a pasar cosas serias, importantes, graves; y que de no preverlas y meditarlas, de no cambiar las impresiones por ideas, la palabra crisis seguirá instalada en el corazón mismo de cada discusión, de café o concilio, cada vez que pensemos en la palabra México.

 

César Blanco
Editor y traductor.

 

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