Vivo en un país que lleva dos siglos y medio en construcción. El proyecto no cuaja porque sus arquitectos, en el fondo, desprecian —pero no entienden— la materia prima con la que cuentan para construirlo. En su ignorancia, la élite, una y otra vez, solapa las peores partes de las prácticas históricas que pretende sustituir —el patrimonialismo, la corrupción, la arbitrariedad, el clientelismo, el uso de la ley como mercancía—, e intenta, una y otra vez, suprimir las piezas indisponibles del rompecabezas —el multiculturalismo, la biodiversidad, la civilización mesoamericana que es, obligadamente, su cimiento—.


Ilustración: Daniela Martín del Campo

Las élites que se han rotado el mando en poco más de dos siglos son herederas de un proyecto de modernización autoritaria que arranca cuando los Borbones pretendieron estampar la Ilustración sobre un imperio que poco conocían y menos entendían. La modernidad que inspira a ese proyecto, enamorada de los principios, la universalidad y la racionalidad, no logra dotar de sentido a la complejidad contingente, parroquial y contradictoria que somos. Herederos de las reformas borbónicas, nuestros ilustrados —desde entonces hasta la fecha— creen que “el modelo funciona, pero no le hemos sido fiel”. Ignoran que los modelos son abstracciones y éstas, por definición, excluyen la mayor parte de la realidad. Así, obviando la realidad, cíclicamente reproducen las taras que pretenden erradicar. Hoy vemos en el gobierno a una tecnocracia triunfante sepultando su propio legado por conflación con la cleptocracia rancia que ayudó a encumbrar.

Si México ha de salir de esta crisis tiene que forjar una narrativa distinta a la de una marcha inexorable hacia la modernidad. Una narrativa que nos permita depurar y culminar ese proyecto de modernidad siempre inacabado; pero que a la vez reconozca, revalore y respete eso que el país es y siempre ha sido: accidentado, fragmentado, plural, mesoamericano. De la modernidad habrá que rescatar los derechos sociales conquistados hace un siglo y mermados desde entonces; defender los derechos políticos conquistados hace una generación, y hoy sofocados por mañas regulatorias impuestas por una partidocracia; debe, finalmente, hacer realidad la promesa de los derechos civiles —libertades de expresión, de tránsito, justicia expedita, debido proceso, presunción de inocencia, transparencia y rendición de cuentas— y erradicar la incompetencia, la arbitrariedad, la opacidad, la impunidad, la tortura y la ejecución extrajudicial de nuestros sistemas de represión y de justicia.

Sobre todo, los habitantes de este proyecto de modernidad debemos ser más humildes y abiertos, conocer mejor el país que habitamos y abandonar la creencia de que fuera de la Ciudad de México, todo es Cuautitlán. Tenemos que reconocer a una parte del país que no participa, ni quiere participar, del proyecto de la modernidad occidental. Nuestro México mesoamericano —que vive más cerca de la tierra, que se yergue arraigado en su orografía, su hidrología, su flora y su fauna— tiene derecho a encarnar uno o varios proyectos distintos. Pero también tiene más que contribuir de lo que nuestra cultura urbana e hispánica es capaz de reconocer. No sólo resguarda y conserva una enorme riqueza —biológica, cultural, política y social— sino que, además, ha demostrado, a lo largo de la historia y hasta la fecha, ser enormemente fértil en ejecutar alternativas de organización económica, política y social.

Quienes nacimos y vivimos en ese proyecto que se quiere moderno y que hoy está a la deriva, debemos aceptar y valorar la pluralidad en el seno de nuestras comunidades: debemos terminar de reconocer las múltiples configuraciones familiares y respetar las diversas identidades sexo-genéricas; debemos entender que la filia política no tiene que ser también fobia política del otro; debemos, sobre todo, erradicar la violencia y la desigualdad de género. Pero de igual forma debemos valorar la pluralidad en esas otras comunidades indígenas y rurales —múltiples, complejas, infinitamente distintas entre sí— que, literalmente y en sentido figurado, han nutrido desde siempre a este país; y lo siguen nutriendo. La uniformidad nunca ha sido el pegamento que ha permitido que siga existiendo este país, contra viento y marea. Dejemos de tratar de imponerla.

Culminemos el proyecto modernizante, sí; pero no en todo y no para todos. Muchos lo queremos y durante generaciones nos hemos invertido en él. Pero no todos. Respetemos, pero también valoremos y rescatemos el legado mesoamericano: respeto y aprovechamiento de la biodiversidad, versatilidad de los sistemas de cultivo y alimentación, vocación de autosuficiencia de ciertas economías locales y regionales, formas de organización más horizontales, y un largo etcétera. Si no dejamos atrás el etnocentrismo, la corrupción, el clientelismo, el patrimonialismo, la arbitrariedad, la discriminación y las demás formas de violencia largamente usadas para suprimir las tensiones y contradicciones que hay entre los muchos proyectos que somos y el país que algunos hemos imaginado ser, las violencias nos van a sepultar. Entendámonos y aceptémonos contradictorios, contrastantes, diversos y plurales. Eso somos.

 

Alejandro Madrazo Lajous
Profesor-investigador del CIDE y coordinador del Programa de Derecho a la Salud.

 

Un comentario en “En construcción (y a la deriva)

  1. La elite de america latina -la misma desde siempre- es extractiva, escolástica y pre-científica. Sus pecados originales no le dan permiso de construir su propio futuro. Subsistía por azar y suerte, a la espera de una nueva edad media…y no vio llegar el fin de la historia.

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